Misioneros Oblatos o.cc.ss
sábado, agosto 24, 2019

LECTIO DIVINA PARA EL 14 DE ABRIL DE 2019

LECTIO DIVINA PARA EL 14 DE ABRIL DE 2019
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor (Ciclo C)

POR MEDIO DE LA CRUZ HACIA LA GLORIA:
La entrada a Jerusalén y el itinerario de la Pasión en Lucas
Lectio de Lucas 22 14-23

Introducción

Tiene sentido celebrar el Domingo de Ramos si estamos dispuestos a perseverar con esas mismas palmas hasta el Domingo de la Resurrección, recorriendo la procesión que pasa por el triduo pascual, aprendiendo que la verdadera palma de la victoria es la de la Cruz. Comenzamos así la Semana Santa, de la cual decía San Juan Crisóstomo:

“En ella se han verificado para nosotros dones inefables:
Se ha concluido la guerra, se ha extinguido la muerte,
También se ha cancelado la maldición, se ha removido toda barrera,
Se ha suprimido la esclavitud del pecado.
En ella el Dios de la paz ha pacificado toda realidad, sea en el cielo sea en la tierra”.

En este Domingo de Ramos “en la Pasión del Señor” nos ofrece un abundante banquete de la Palabra. La liturgia nos propone la “procesión de los ramos”, en la cual se proclama el pasaje de la entrada de Jesús en el Templo, según la versión de Lucas. Luego, en la Eucaristía, se proclama la Pasión de Jesús según san Lucas. Los invitamos a degustar estos pasajes.

1. En la entrada triunfal a Jerusalén: La oración de los discípulos ante el “Rey” (Lucas 19,37-40)

Lucas es el evangelista de la oración. Abordemos este año el relato de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, destacando la lección que se nos da sobre la oración:

“37 Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto.
38 Decían: ‘¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!. Paz en el cielo y gloria en las alturas’.
39 Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: ‘Maestro, reprende a tus discípulos’.
40 Respondió: ‘Os digo que si éstos callan gritarán las piedras’”.

Profundicemos en el texto…

La entrada Jesús a Jerusalén en Lucas se realiza en medio de la celebración festiva de “la multitud de los discípulos” (19,37b). Notamos tres detalles que la caracterizan:

1 El sentimiento de alegría: “Llenos de alegría”
2 La forma como la expresan: “A grandes voces” (=gritos)
3 El contenido: “Se pusieron a alabar a Dios”

Veamos aspectos sobresalientes del contenido de la oración.

1.1. Una oración que da testimonio

La oración de los discípulos parece intentar resumir lo que han visto a lo largo de su caminar con Jesús; en la práctica esta oración es un testimonio del acontecer del Reino en lo inédito del ministerio de Jesús: “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!” (10,23-24). El primer testimonio de los discípulos en los Hechos de los Apóstoles consistirá en proclamar a todo el mundo “las maravillas de Dios” (Hechos 2,11).

Esta alabanza es ante todo un reconocimiento agradecido a Dios, o sea, al Padre como fuente de la obra realizada por Jesús. Ya antes se había dicho que en Jesús “Dios ha visitado a su pueblo” (7,16). Ahora se alaba a Dios con mayor precisión “por todos los milagros (=obras de poder) que habían visto” (19,37).

1.2. Una oración que aclama al Mesías

El evangelista Lucas nos dice con qué palabras se expresaba la alabanza de los discípulos: “¡Bendito el Rey que viene / en nombre del Señor! / Paz en el cielo y gloria en las alturas” (19,38; Lucas omite la aclamación “Hosanna” incomprensible para un lector que no sea judío). Como puede verse, se trata de dos aclamaciones que se han juntado.

(1) Bendito el que viene…

Se trata de una cita del Salmo 118,26, la cual era bien conocida en la liturgia del Templo de Jerusalén. Con esta aclamación se recibían a los gozosos peregrinos en el momento de su ingreso al Templo.

En labios de los discípulos aparece una palabra que no estaba en el texto original del Salmo: ¡Rey!, “Bendito el Rey que viene…”. En realidad esto no hace más que interpretar el sentido genuino del saludo, el cual en principio era dirigido al rey, en los tiempos de la monarquía, cuando él se aproximaba al Templo para hacer la oración. Para los tiempos mesiánicos Zacarías 9,9 había profetizado: “¡Exulta sin freno, hija de Sión, / grita de alegría, hija de Jerusalén! / He aquí que viene a ti tu rey:…”. Antes de la entrada a Jerusalén, la última enseñanza de Jesús había sido la parábola de uno que había viajado a recibir la investidura real (ver 19,15). Así Jesús anunció la llegada próxima de su reinado (ver 19,11) y  también el rechazo que recibiría (ver 19,27).

Durante el viaje a Jerusalén, Jesús había profetizado que el pueblo de Jerusalén cantaría el “Bendito el que viene…” (13,35). Aquí no lo hace todo el pueblo sino apenas los discípulos, ellos anticipan su cumplimiento y las suyas son las primeras voces de un canto que debe abarcar a Jerusalén y al mundo entero.

(2) Paz en el cielo…

La segunda parte de la oración retoma el canto de los ángeles en la noche de la navidad (ver 2,14). La alabanza referida dos veces hacia lo alto (“en el cielo… en las alturas”) es un grito de gratitud a Dios por la venida del Rey-Mesías a quien se le había llamado “Príncipe de la Paz” (Isaías 9,5).

La primera vez habían sido los ángeles, ahora son los discípulos. Puede verse cómo con la aclamación de los discípulos la oración se vuelve circular: primero la aclamación venía del cielo hacia la tierra, ahora va de la tierra hacia el cielo.

Se debe notar un detalle, se trata de un pequeño cambio en el texto: ya no es “paz en la tierra” sino “paz en el cielo”. No es que el cielo necesite paz, sino que es de allá que proviene y allá es celebrada.

La “paz” en Lucas es signo de la salvación de Dios, pues si bien ésta ha sido enviada desde el cielo en la persona de Jesús, todavía no ha llegado a Jerusalén, quien de hecho la rechazará (“¡Si tú también conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculta a tus ojos”, 19,42). Durante la pasión de Jesús, Herodes y Pilatos harán las paces (ver 23,12) y desde la Cruz de Jesús vendrá la reconciliación entre Dios y los hombres. Esto se recordará en la predicación misionera: “Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos” (Hechos 10,36). Es así como la venida del Reino conduce a la paz.

1.3. Una oración imposible de callar

El fervor de los discípulos escandaliza a los fariseos. La reacción negativa, “Maestro, reprende a tus discípulos” (19,39), deja ver la importancia de esta escena de oración:

1 La aclamación de los discípulos es un reconocimiento de Jesús como el Mesías enviado por Dios. Es lógico que aparezcan adversarios que no estén de acuerdo.
2 La aclamación de los discípulos parece extravagante para este grupo piadoso: demasiada explosión de sentimientos les parece inadecuada.

Pero Jesús considera que la advertencia es inaceptable: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (19,40). Jesús admite la verdad de la aclamación mesiánica. Además, con este dicho que nos recuerda otro de Habacuc 2,11, Jesús deja entender que la alabanza es incontenible, quien experimenta la salvación no puede guardar silencio, y esto es precisamente lo que testimonian sus discípulos.

2. El camino de siervo sufriente y del mártir hasta la Cruz (Lucas 22-23)

Dejándonos guiar por el evangelista Lucas, acompañemos ahora el último trecho del camino de Jesús y sumerjámonos en el drama de amor de Dios por la humanidad, drama que también pone a la luz la mezquindad humana. De hecho, Lucas denomina el evento del Calvario “el espectáculo” (23,48), término que en este contexto significa: el evento digno de ser contemplado y absorbido largamente mediante un diálogo de confrontación.

Como gusta insistir Lucas, este es el camino del Mesías que, pasando por la misteriosa ruta de la pasión, entra en la gloria del Padre (ver 24,26).

Para una lectura orante del relato de la pasión y muerte de Jesús, o sea, de Lucas 22,1 a 23,56, invitamos a considerar atentamente –yendo despacio y con el texto bíblico ante los ojos- los 16 cuadros que van ordenando la narración de este grandioso acontecimiento.  Y puesto que cada uno de los relatos de la pasión tiene un énfasis propio, en esta ocasión trataremos de destacar brevemente dónde están los énfasis particulares del relato Lucano.

2.1. El complot contra Jesús (22,1-6)

El relato de la Pasión comienza con un preludio que nos inserta enseguida en el drama. Satán vuelve al ataque y se activan las fuerzas hostiles que tienen interés en la muerte de Jesús.

2.2. La última pascua (22,7-20)

Después de los preparativos por parte de los discípulos para el banquete (22,7-12), se prosigue con la celebración pascual misma (22,14-38).  Lucas destaca el ritual de la cena pascual judía a lo largo de la cual el cabeza de familia hace circular varias copas.  Hace un signo sobre el pan, el cual permanece como “Recuerdo mío” (22,19). En las palabras de Jesús sobre la copa (22,20) se cumple la profecía: “He aquí que vienen días –oráculo de Yahveh’ en que yo pactaré con la casa de Israel y la casa de Judá una nueva alianza... pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo... Cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme” (Jeremías 31,31.33.34).

2.3. El Testamento de Jesús (22,21-38)

Lucas enriquece la cena pascual con el discurso final de Jesús a sus discípulos.

1 Partiendo del gesto de infidelidad de un miembro de la comunidad (22,21-23), Jesús da las consignas para el comportamiento de la comunidad cristiana que permanece fiel a Él.

2 Desea que el poder no se ejerza a la manera de los paganos. No hay necesidad de títulos rimbombantes. Los reyes paganos se hacen llamar “benefactores”, pero no son el modelo de los discípulos de Jesús. Ellos deben imitar a Cristo quien se hace servidor de todos. Él, quien tiene una dignidad real y quien dispone de un Reino, se pone en medio de los suyos como el que sirve (22,24-27).

3 Desea también que los discípulos compartan su vida futura: la plenitud del Reino.  Pero para ello hay que perseverar, como el Maestro, en las pruebas (22,29-30).

4 En medio de la infidelidad del discípulo, Jesús pone en primer lugar su propia fidelidad: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca”.  Puesto que Satán no permanece inactivo y conociendo la debilidad de su discípulo, Jesús anuncia las sacudidas que va a sufrir Pedro, antes de su caída. La conversión de Pedro será ganancia: para el fortalecimiento de toda la comunidad (22,31-34).

5 Los discípulos vivirán dentro de poco la misión, allí se encontrarán –así como Jesús en la Pasión- con la hostilidad del mundo y evangelizarán un mundo de violencia.  Al respecto, Jesús le da nuevas consignas a los discípulos. A diferencia de lo que dijo en el primer discurso misionero, ya no los envía con las manos vacías. Llegan tiempos difíciles, el camino será peligroso y, en consecuencia, tendrán que protegerse (22,35-38).

2.4. La angustiosa oración en el monte de los Olivos (22,39-46)

La atmósfera se pone oscura cuando Jesús y sus discípulos se dirigen hacia el monte de los Olivos, donde la angustiosa oración de Jesús le hace contrapunto al momento de violencia que viene con el arresto. Lucas destaca que Jesús ora y hace orar conforme a la enseñanza que le había dado a los discípulos (en Lc 11,2-4). Retoma dos peticiones del Padre Nuestro. Al comienzo y al final del episodio, Jesús le pide a sus discípulos que oren de manera que no caigan en la tentación. Al Padre le dice: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”.  Dios acoge su oración y le envía un ángel para que lo reconforte. Lo mismo que Dios ya había hecho con el profeta Elías (ver 1ª Reyes 19,4-8).

2.5. El beso del traidor (22,47-53)

No se sabe cómo está compuesta la tropa que viene a capturar a Jesús.  La atención se fija en el traidor, uno de los Doce, y sobre la actitud de Jesús quien pone en práctica lo que ha dicho en el Sermón de la llanura: “Amad a vuestros enemigos”. Al contrario de lo que hacen tantos Judas -quien le entrega a la muerte- como los discípulos –quienes reaccionan con violencia-, el comportamiento de Jesús en este momento es el verdadero modelo de los cristianos.

2.6. La caída de Pedro (22,54-62)

En el patio de la casa del sumo sacerdote, en presencia del mismo Jesús (lo deja entender el v.61), Pedro niega ser discípulo (23,56-57), pertenecer a su comunidad (23,58) y haber hecho camino con Él desde Galilea (23,59-60). Las tres formas concretas de la vinculación con Jesús, Pedro las declara inexistentes: “¡No le conozco!... ¡No lo soy!... ¡No sé de qué hablas!”. Pero la mirada del Señor y el recuerdo de sus palabras producen la conversión de Pedro (23,62).

2.7. El rostro cubierto (22,63-65)

Los captores, golpean a Jesús y se burlan de él. Al contrario de Pedro, ellos no afrontan la mirada de Jesús: cubren su rostro pidiéndole que juegue con ellos el conocido juego de “la gallina ciega”.

2.8. Jesús ante el Sanedrín (22,66-71)

La mañana del viernes comienza con un primer interrogatorio ante la máxima autoridad judía. Hay que notar el tema. En la anunciación, el ángel del Señor le había anunciado a María que Jesús era Hijo de Dios en cuanto Rey-Mesías, pero también de manera particular, en cuanto participaba de la santidad de Dios.  Lo mismo sucede aquí.  La revelación se hace en dos momentos.  Jesús, en primer lugar, deja entender que Él es mucho más que un Rey-Mesías temporal.  A partir de la misteriosa figura del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo (anunciada por el profeta Daniel), enseguida hace entender que Él es el Hijo de Dios. Ante el Sanedrín finalmente no se realiza un proceso judicial: no hay testigos ni acusaciones ni sentencia.

2.9. Jesús ante Pilatos (23,1-7)

Esta vez sí hay proceso judicial. La acusación se basa en motivos políticos: “pervierte al pueblo prohibiendo pagar impuestos y diciendo que es el Cristo Rey”.  Pilatos afirma por primera vez que Jesús es inocente: “Ningún delito encuentro en este hombre”.

2.10. De Pilatos a Herodes (23,8-12)

En lugar de tratar a Jesús como uno de su jurisdicción y de hacerle justicia, Herodes se comporta de forma indigna. Al final le rinde –de manera involuntaria- un homenaje revistiéndolo con un manto real.

2.11. De Herodes a Pilatos (23,13-25)

Pilatos afirma por segunda vez que Jesús es inocente, esta vez coincidiendo con la opinión de Herodes. Con todo, hace flagelar a Jesús con intención de soltarlo después. Pero esto no satisface a los jefes ni al pueblo, que interviene aquí por primera vez.  Una ironía trágica aparece en el texto: aquellos que habían acusado a Jesús de subversión son los mismos que solicitan la liberación de un verdadero subversivo, pidiendo la muerte del inocente.  Después de afirmar por tercera vez que Jesús es inocente, Pilatos termina cediendo ante la presión popular.  Para Lucas, los principales responsables de la muerte de Jesús son los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo.  Se destaca la ausencia de los fariseos. Según el testimonio de Lucas, ellos no son enemigos mortales de Jesús.

2.12. Jesús carga la cruz (23,26-32)

La narración alcanza su vértice dramático durante el camino de la Cruz. Llevando la cruz detrás de Jesús, Simón de Cirene se convierte en modelo del discípulo que toma la cruz.  El pueblo también sigue a Jesús, contemplándolo a su paso. Se destacan la actitud de las mujeres y las palabras que Jesús les dirige a ellas. En términos proféticos Jesús anuncia la caída de Jerusalén.

2.13. Una muerte ejemplar (23,33-34)

Hasta el fin de su vida, Jesús pone en práctica lo que ha enseñado: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Mientras es crucificado dice: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

2.14. La muerte de un rey (23,35-43)

Los jefes de los judíos, los soldados romanos y uno de los malhechores desafían a Jesús para que se salve a sí mismo (23,35-41).  Jesús no lo hace. Él es “salvador”, pero no ejerce su poder para provecho propio.  Por decisión personal, introduce en el paraíso a un pobre hombre que pone su confianza en Él. La salvación no será solamente al final de los tiempos, cuando vuelva.  Jesús, desde la cruz, anuncia el “hoy” de la salvación (23,42-43).

2.15. La muerte del Hijo (23,44-46)

Las últimas palabras de Jesús en la cruz son una oración expresada en un grito de confianza. Si bien están inspiradas en el Salmo 31,6, ellas evocan sus primeras palabras en el Templo de Jerusalén, cuando cumplió sus doce años.  Jesús llama a Dios “Padre” suyo y en sus manos deposita toda su vida, en Él concluye su camino y a Él le entrega su causa.

2.16. Después de la muerte de Jesús (23,47-56)

Comienza una serie de reacciones frente a la muerte heroica de Jesús. Notamos la alusión continua al “ver” al crucificado:

1 El centurión romano “ve” y da su testimonio: la muerte de Jesús es una injusticia (23,47).  Jesús es el inocente ajusticiado profetizado por Isaías como “Siervo de Yahveh” (ver Isaías 53,11-12; Hechos 3,14; 7,52; 22,14).
2 El pueblo “ve” y comienza a convertirse, reconociendo su culpabilidad (23,48).
3 Los amigos que lo han acompañado desde Galilea “ven”, pero de lejos (23,49).

Viene entonces la sepultura (23,50-54). No todos los miembros del Sanedrín son enemigos de Jesús: José de Arimatea –“persona buena y justa”- le rinde los últimos homenajes a Jesús ofreciéndole una digna sepultura.

En este momento final, las mujeres “ven” todo hasta el último instante posible (23,55-56). Su fidelidad las lleva más lejos que al resto de la comunidad. Ellas, las testigos de la sepultura de Jesús, serán igualmente las primeras testigos de la resurrección.

La “visión” del Resucitado no se puede desconectar de la “visión” del crucificado. Es así como la contemplación de las actitudes de Jesús en su Pasión y Crucifixión en esta narración que se desencadena sin pausa –que se escucha con la respiración contenida por la emoción-  es el preludio de la “conversión” pascual que está a punto de suceder.  Tal como lo hace sentir Lucas, el final es tranquilo y lleno de suspenso: una extraña calma que interroga el corazón. La serenidad orante del final abre las puertas a una gran expectativa... que tendrá respuesta.

3. Releamos el Salmo responsorial y el Evangelio junto con un Padre de la Iglesia

“Lo que Dios no quiso que fuera callado por sus Escrituras, tampoco debe ser callado por nosotros y por vosotros debe ser escuchado. La Pasión del Señor, como sabemos, ocurrió una sola vez: Cristo murió una vez apenas, el justo por los injustos (1 Pedro 3,18).
También sabemos y tenemos por cierto y mantenemos con fe inamovible, que Cristo una vez resucitado de los muertos no puede volver a morir, la muerte ya no tiene ningún poder sobre él (Romanos 6,9) […]

A pesar de que este Salmo (22) fue compuesto muchos años antes de haber nacido el Señor de la Virgen María, con todo, la Pasión de Cristo es recitada en él de una forma tan clara como en el Evangelio. Era un heraldo que anunciaba al juez futuro

Recordemos lo que padeció: fueron contados sus huesos, fue escarnecido, repartieron sus vestiduras y echaron a suertes su túnica, lo rodearon enfurecidos y crueles, y dispersaron todos sus huesos: oímos esto en el Salmo y lo leemos en el Evangelio. Veamos el motivo. ¡Oh Cristo, Hijo de Dios, que no padecerías si no quisieras, muéstranos el fruto de tu Pasión!”. (San Agustín, Sobre el Salmo 22)

4. Para cultivar la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:

Cuando tomemos las palmas en este domingo hagámoslo con el deseo sincero de iniciar un camino junto con Jesús:

4.1. ¿Quieres entrar con Jesús a Jerusalén, incluso hasta el Calvario?

4.2. ¿Qué implica contemplar con serenidad y amor cada uno de los pasos de Jesús en camino de Pasión, allí donde culminan los pasos de tu Dios?

4.3. ¿Qué vas a hacer para estar con Él allí donde Él está por ti?

Sólo así la alegría del Domingo de Ramos será una verdadera anticipación de la inmensa alegría del Domingo de Pascua.

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

LECTIO DIVINA PARA EL 14 DE ABRIL DE 2019

Santa Sede

LECTIO DIVINA PARA EL 14 DE ABRIL DE 2019