CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA HOMILÍA PARA EL III DOMINGO DE CUARESMA CICLO C. Ex 3,1-8ª. 13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6. 10-12; Lc 13,1-9. Queridos Hermanos y Hermanas. Insertos en este tiempo de cuaresma, Dios nos regala su Palabra para que edificando nuestra vida sobre la roca de su […]
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lunes, noviembre 23, 2020

HOMILÍA PARA EL 28 DE FEBRERO DE 2016

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL III DOMINGO DE CUARESMA CICLO C.
Ex 3,1-8ª. 13-15; Sal 102; 1Cor 10,1-6. 10-12; Lc 13,1-9.

Queridos Hermanos y Hermanas.

Insertos en este tiempo de cuaresma, Dios nos regala su Palabra para que edificando nuestra vida sobre la roca de su Hijo, demos fruto y fruto en abundancia.

En la parábola que nos ofrece el Santo evangelio según San Lucas en el  capítulo 13, podemos extraer tres puntos para nuestra meditación. En primer lugar  de cara a la expresión textual: “Uno tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró”, podemos  decir que se trata de la higuera de nuestra propia vida, en ocasiones cultivada, frondosa y fructífera  y en otras ocasiones, abandonada, marchita y muerta; y siendo Dios la persona que fue a percibir los frutos de la higuera, sintió tristeza porque no encontró nada, encontró vacío y  desolación; abandono y agobio; angustia y desesperanza; tales fueron los sentimientos de quien visitó la higuera.

Probablemente estos sean también los sentimientos de los padres cuando su hijos no han respondido a sus expectativas de progreso y desarrollo en los ámbitos de la vida académica, de la vida laboral y familiar; posiblemente los sentimientos de Dios arriba mencionados sean los de aquellos hombres y mujeres que confiaron en sus hermanos y que recibieron traición y desesperanza; es verosímil creer que la higuera estéril de la cual habla el evangelio no es otra cosa sino el retrato de un escenario nacional en el que fácilmente se perciben los frutos podridos de la injusticia, del descalabro fiscal, del hambre y la miseria, de personas pobres pagando los impuestos con la venta de su propia vida; de paros sin soluciones y de muertes sin sentido desde hace más de un siglo; y en el contexto del mundo, se perciben los frutos de la carencia de Dios en medio del mar de la secularización creciente, del desenfreno de la fuerza y de la poca fe en las instituciones.

En segundo lugar  y en medio del anterior contexto,  sombrío -  por cierto -  permitámonos escuchar la decisión del dueño de la viña: “El hombre le dijo al viñador, han pasado tres años que llevo viniendo a percibir los frutos y no los he encontrado… Córtala... Para qué ocupar terreno en balde”. Posiblemente estos tres años de los cuales habla el autor sagrado  se refieran a  la vida pública de Jesús y a su predicación, de la cual Dios esperaba frutos de su pueblo, el fruto de la transformación interior y de la conversión, el fruto de la interiorización de los valores del evangelio tales como la justicia, el amor y la paz; en síntesis el fruto de una vida nueva cargada de humanidad y de buenas obras. En el momento en que los hombres y mujeres rechazaron, rechazan y rechazarán el mensaje de Jesús, se escuchó y se escuchará siempre del Señor: “Córtala, para qué ocupar terreno de balde”; y en medio de esta voz escucharemos el silbo dulce y suave del divino viñador de nuestras vidas: Jesús, diciéndole a su Padre: “Déjala este año, yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto; si no el año que viene la cortarás”.

Finalmente y producto de la anterior petición de Jesús, hemos de comprender que lo que se esconde en esta expresión es puro amor, es misericordia infinita, es plena compasión, propias de un corazón que lo único que sabe es amar sin medida y que a manos llenas nos otorga su perdón porque sabe de qué estamos hechos.

En este tiempo de cuaresma que hemos empezado es importante permitirle al Señor que cave en nuestra tierra humana, que remueva nuestra tierra endurecida, que la abone con su divina presencia, y que con su Palabra la haga fructificar abundantemente.

De nuestra parte supliquémosle a María Santísima que nos regale docilidad para permitirle al Señor su acceso a nuestra tierra humana, deseosa de su acción y de su misericordia infinita.

P. Ernesto León D. o.cc.ss