CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA HOMILÍA PARA EL DOMINGO DE RAMOS. CICLO C Isaías 50, 4-7; Sal 21, Fil 2,6-11; Lc 22,14-23 Queridos hermanos y hermanas: La figura del siervo sufriente del cual habla el profeta Isaías, manifiesta y siente el dolor de todos hombres que sufren en su […]
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lunes, noviembre 23, 2020

HOMILÍA PARA EL 20 DE MARZO DE 2016

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL DOMINGO DE RAMOS. CICLO C
Isaías 50, 4-7; Sal 21, Fil 2,6-11; Lc 22,14-23

Queridos hermanos y hermanas:
La figura del siervo sufriente del cual habla el profeta Isaías, manifiesta y siente el dolor de todos hombres que sufren en su cuerpo y en su alma; sus dolores están asociados a los de toda la humanidad, pero no se trata de un dolor como sinónimo de muerte y de tristeza, sino de un dolor redentor, de un dolor que salva, de un dolor que inaugura la manifestación de la nueva vida.

En este sentido el siervo doliente, Jesucristo, quiere ser palabra de aliento para todos los abatidos, palabra de esperanza para los débiles, palabra de luz para quienes viven en sombras, y palabra de vida en medio de la incertidumbre de la muerte.

El siervo doliente, escucha el clamor de sus hermanos, “cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados”; y así las cosas, siervos dolientes son todos aquellos que escuchan los clamores y sienten los dolores de sus hermanos, de esta forma en éstos últimos, se redime el dolor.

En el siervo sufriente, Jesucristo, se redime el dolor de tantas mujeres viudas a causa de la muerte; se redime el dolor en los huérfanos a quienes les ha sido vedada la posibilidad de tener a sus padres con ellos porque los constructores de la guerra lo quisieron así; en el Siervo sufriente  se redime el dolor de muchos que no contaron con la oportunidad de estudiar, convirtiéndose de esta forma en náufragos en el inmenso mar de la ignorancia; en Cristo se redime el dolor de quienes han sido vejados en su dignidad humana, en todos aquellos que han sufrido las consecuencias de una guerra obtusa; en todos los hombres y mujeres que han sido subyugados por el poder de la fuerza y de las ideologías, en Cristo se redime el dolor de los excluidos y de quienes son tratados como si fueran cosas, finalmente, en Cristo el siervo sufriente se redime la deshumanización a la que asistimos en el concierto del mundo actual.

En el siervo sufriente las palabras del salmo 21 se vuelven una plegaria elevada a Dios Padre y nacida de las entrañas de la humanidad: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”; “se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica, me cerca una banda de malhechores, me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos”, estas expresiones manifiestan la vulneración de la vida en todas sus formas y la degradación de la misma hasta límites inexplicables, y en medio de este escenario de muerte y de congoja no se hace esperar la fuerza de la palabra del Siervo sufriente para con su Padre, el grito de la humanidad dirigido a Dios: “Pero, tú Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme”, y con seguridad el Señor como siempre lo hace, saldrá presuroso a tomarnos entre su manos con amor y con ternura, y con llanto en sus ojos nos dirá, su dolor es mi dolor, porque su vida es mi vida.

En esto último, cobra sentido lo plasmado en la carta a los Filipenses, cuando el apóstol dice, que en el abajamiento de Jesucristo, “Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame, Jesucristo es el señor, para gloria de Dios Padre”. Esto significa paradójicamente  que en el vaciamiento, en el anonadamiento, en el abajamiento del Señor Jesús, Dios su Padre lo configuró como Rey pero no de un reino, ni tampoco de un territorio, sino de la vida de todos los hombres y mujeres de buena voluntad , quienes abriendo su corazón lo aclaman como Rey , ya no sólo con palabras como lo ocurrido en su entrada triunfante a Jerusalén producto de una gran carga emotiva; sino con la vida que hondeando las palmas del respeto por el otro, del amor incondicional por los demás y del perdón ilimitado en medio de los más hondos resentimientos, proclaman al siervo doliente como Rey y centro de sus corazones.
Hermanos y hermanas que la celebración de este domingo de ramos en sintonía con lo expuesto anteriormente sea para nosotros por intercesión de María Santísima la oportunidad que estábamos esperando para aferrarnos al Señor y para proclamarlo Rey de nuestra historia personal.

P. Ernesto León D. o.cc.ss

enero 17-3

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