Martes, diciembre 06, 2016

SEVERIDAD Y PACIENCIA EN LAS ACCIONES DE JESUS. III DOM CUARESMA. CICLO C.

Queridos Hermanos y Hermanas:
En este tercer domingo del tiempo de cuaresma, queremos plantear nuestra meditación en torno a tres tópicos que nos ofrece la Palabra de Dios hoy.
En primer lugar fijando nuestra atención en el libro del Éxodo, encontramos el pasaje donde Dios le manifiesta a Moisés su nombre diciéndole: “Yo soy el que soy”, expresión que habla de Dios como el fundamento de todo cuanto existe, como el principio y el fin de todo lo creado, habla de la identidad de Dios como el que siempre ha sido, es y será. A través de esta expresión Dios abandonando su silencio y venciendo todo afán por ocultar su identidad, se manifestó a Moisés como el que ES, como el siempre existente y como el que nunca dejará de ser. Con esta expresión Dios abrió el camino dialogal con Moisés y con su pueblo, ya no es el Dios del silencio, ahora es el Dios de la palabra que antes había hablado con Abraham; ahora ya no es el innombrable, es el Dios que acompaña a su pueblo y que necesita de instrumentos como Moisés para enarbolar la libertad  por encima de toda sombra de esclavitud. Desde esta perspectiva hermanos y hermanas nuestro Dios ante todo es un Dios que comunica no solamente palabras sino fundamentalmente su amor y su ternura, es un Dios que nos escucha, podemos hablar con Él y a su vez nos es posible escuchar su palabra que es aliento y esperanza.

En segundo lugar, con las siguientes expresiones tomadas también del libro del Éxodo, queremos mostrar cuáles fueron los motivos que movieron a Dios a bajar a la tierra, al seno del pueblo de Israel para ser garante de justicia y libertad: “He visto la opresión de mi pueblo”, “he oído sus quejas” y “me he fijado en sus sufrimientos”; estas  frases salidas del corazón de Dios hablan de su amor infinito por la humanidad entera, hablan de su deseo de no vernos esclavizados por nada ni por nadie; hablan de su actitud siempre abierta a recibir nuestras plegarias, súplicas, quejas y ruegos; expresan el rostro de un Dios compasivo y misericordioso, el rostro de un Dios que se conduele del dolor ajeno, es el rostro que expresa  consuelo, cuidado y protección.  Ésta es la imagen de nuestro Dios que más tarde fue revelado por Jesucristo su Hijo amado.
En tercer lugar y para finalizar, queremos  hacer una comparación entre el texto de San Mateo 21,18-22, que lleva por título: “La higuera estéril y seca: Fe y oración”  y  el evangelio de este domingo según San Lucas 13,1-9 que se titula: “Parábola de la higuera estéril”, con el ánimo de evidenciar en los relatos antes mencionados dos actitudes que no están necesariamente contrapuestas, se trata de la SEVERIDAD y la PACIENCIA.
El primer texto es este: “Al  amanecer cuando volvía a la ciudad, sintió hambre, y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: “Que nunca jamás brote fruto de ti.” Y al momento se secó la higuera. Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: ¿cómo al momento quedó seca la higuera?  Jesús les respondió: “yo os aseguro; si tenéis fe y no vaciláis, no solo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís a este monte: quítate y arrójate al mar, así se hará, y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.”
Con respecto a este primer relato podemos decir que si bien no era tiempo de higos, en todo caso Jesús con esta acción simbólica quería manifestar la fe de las persona, situación ya tratada por el profeta Jeremías 18,1; cuando por medio de la higuera seca se refiere a Israel  estéril y castigada, alejada de Dios y por tanto sumida en la más profunda desesperanza.
Las palabras de Jesús “que nunca jamás brote fruto de ti”, dirigidas a la higuera, da cuenta de una actitud severa y estricta, y por tanto sin margen y sin posibilidad de permitir a la higuera dar fruto ni siquiera a corto plazo. Aquí se nos ofrece el rostro de un Jesús con autoridad, que exige de quienes le siguen corrección y resultados; de lo contrario sobrevendría el corte definitivo para la higuera que equivale a la muerte y por tanto a la experiencia del infierno, concebido como el total y abierto distanciamiento del hombre para con Dios.
El segundo texto es este: “Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces el viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro, córtala, ¿para qué va a ocupar tierra en balde?”  Pero él le respondió: “Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no la, la cortas.””
En este relato nos encontramos con el rostro de un Jesús paciente, de un Jesús que espera porque ama, que confía en nosotros y en nuestras capacidades y que no recibe por tanto traiciones o frutos débiles que hablen de una vida cristiana semejante a la higuera del evangelio. La anterior parábola nos revela la presencia amorosa del Señor al lado de nuestra vida, Él se convierte en el viñador que poda nuestras hojas, que remueve nuestra tierra, que nos abona con los nutrientes de su cuerpo y de su sangre, y que a la vez no permite que la mala hierba acabe con nosotros.
Hermanos y hermanas, la anterior comparación tiene como conclusión el hacernos caer en la cuenta de que en este tiempo de cuaresma estamos llamados a dar frutos abundantes que hablen de la vida de Cristo en  nuestros corazones; que ojalá con la ayuda del Corazón Inmaculado de María y nutridos por el abono de la Palabra de Dios, de los sacramentos y de la oración,  podamos dar frutos de amor y solidaridad para el mundo.

 

P. Ernesto León D. o.cc.ss

Superior Viceprovincial de Oblatos