Miércoles, diciembre 07, 2016

SERMON DE LA SOLEDAD DE MARIA. CAPILLA NTRA SRA DEL PILAR

Todo lo sucedido el viernes santo, no indica que ahora todo es luto, duelo, silencio, muerte; el descenso al sepulcro de Jesucristo deja un manto de dolor; sin embargo estamos ante un momento espiritualmente denso, rico de contenido, con grandes lecciones para nosotros.

Es importante dejar hablar al corazón. Nuestra fe debe tener contenidos claros en la cabeza, pero la fe no es solamente asunto de cerebro y de la razón, la fe también vive del ímpetu, también necesita del sentimiento, la fe muere pronto sin el calor de la devoción; no subsiste sin ejercicio frecuente de piedad, necesita del amor, de la alegría, de la tristeza, porque todas las emociones tienen que brillar al impacto de la luz divina y por eso debemos dejar hablar el corazón y preguntarnos cuál es la condición en que se encuentra esta Mujer.

La hermosa imagen de la Virgen de los Dolores, desolada pero puesta en pie, triste pero firme en su corazón, sola y sin embargo capaz de acompañar: esa es la Virgen Dolorosa, esa es Nuestra Señora de los Dolores.

Reconozcamos que Ella no tuvo ninguna otra razón de existencia, ningún otro tesoro, ninguna otra misión, otra empresa, únicamente ese HIJO, Jesús Nazareno; no tuvo nada distinto y al perder a Cristo lo ha perdido todo, increíblemente doloroso e imposible de describir con palabras es lo que tiene que padecer una Madre cuando pierde uno de sus hijos.

Pero aquí hablamos del único Hijo, la razón, su razón de la existencia: peor aún, ha tenido que ver ella cómo un juicio inicuo impone pena de muerte el más inocente de los hombres. ¿Qué sintió su corazón cuando la multitud gritaba crucifícale y sin embargo, este no era el primer dolor:  desde el comienzo de la existencia del Verbo encarnado, el dolor la acompañó.  Ella no empezó a ser Nuestra Señora de los Dolores ese día, el dolor la acompañó como acompañó el dolor a Jesús y así como El ha sido llamado Varón de Dolores, ella es la Señora de los Dolores durante el tiempo en que su Hijo peregrinó sobre la tierra.

Pero como ya dijimos, desolada pero puesta en pie, triste pero firme en su corazón, sola y sin embargo capaz de acompañar, nos lleva a proclamar con firmeza que en la Pasión,

María es la mujer fuerte: La Dolorosa es Nuestra Señora de la Esperanza

Tengamos presente que María vive este momento de su historia de fe de manera plenamente humana. Se trataba de la muerte de “su” Hijo, aquél con quien estuvo profundamente unida de cuerpo y de corazón. 

En un momento así la madre pierde el centro de su vida.  La herida es profunda, un vacío interno se produce. Para María la ruptura con el Hijo amado que le entrega su último suspiro al Padre, le desgarra su corazón materno. La madre sufre.

Pero el de María no es un dolor que se encierra en sí mismo, y cae en la desesperación.  Es más bien un dolor fecundo.  En aquella “hora” decisiva María vuelve a ser Madre, un nuevo parto se realiza en su existencia fecunda de amor. La maternidad de María se expande para acoger en sí al “discípulo amado” y en él a toda la Iglesia del cuál él es figura en ese momento.

María al pie de la Cruz no es la mujer derrotada que se apaga ante el dolor. Sucede todo lo contrario: ella es verdaderamente la mujer fuerte que desde su identidad femenina y maternal encuentra fuerza en el dolor y así se convierte en expresión viva del evangelio y en aporte concreto a la redención del mundo.

Y ella ahí de pie, junto a la Cruz, como la cruz está de pie, parece estar desafiando todo ese dolor de la  cruz: si la cruz está de pie para torturar, María está de pie para consolar. Si la cruz está de pie para dar muerte, María está de pie para recibir la vida y para dar vida.   

En la Pasión, La Dolorosa es Nuestra Señora de la Fe

En la oscuridad que la envuelve bajo la Cruz, María aparece misteriosamente radiante por una luz interior.  Ella no lanza un grito de maldición ni de protesta a Dios porque su Hijo le es arrebatado. María participa, aún en contra de sus sentimientos de apropiación maternal, en el desgarrador sacrificio, siendo ella misma sacrificada.

Toda su vida terrena fue una peregrinación de fe. Porque caminó como nosotros entre sombras y esperó en lo invisible. Conoció las mismas contradicciones de nuestra vida terrena. Se le prometió que a su Hijo se le daría el trono de David, pero cuando nació no hubo lugar para Él ni en la posada. Y María siguió creyendo. El ángel le dijo que su Hijo sería llamado Hijo de Dios; pero lo vio calumniado, traicionado y condenado, y abandonado a morir en la cruz como un ladrón. A pesar de ello, creyó María «que se cumplirían las palabras de Dios», y que «nada hay imposible para Dios».

Esta mujer de fe, María de Nazaret, Madre de Dios, se nos ha dado por modelo en nuestra peregrinación de fe.  De María aprendemos a rendirnos a la voluntad de Dios en todas las cosas.  De María aprendemos a confiar también cuando parece haberse eclipsado toda esperanza.  De María aprendemos a amar a Cristo, Hijo suyo e Hijo de Dios.

María vive su fe en la entrega de sí misma al proyecto de Padre.  Y esta fe llega a su punto culminante, a su momento más dramático, cuando se despoja de su Hijo entregándoselo al Padre por la humanidad.

En este sentido, María supera a Abraham, nuestro padre en la fe. En el libro del Génesis se cuenta que Dios le pidió a Abraham que le entregara a su hijo Isaac como prueba de su fe (Génesis 22,1-19). También la fe de María se pone a prueba cuando se le pide que se despoje de su hijo al pie de la Cruz.  Pero, a diferencia de Abraham cuyo hijo no murió, porque el sacrificio fue detenido a tiempo, el hijo de María sí le fue arrebatado por la muerte violenta. La experiencia de María fue más allá que la de Abraham. 

La madre dolorosa es verdaderamente nuestra madre en la fe, que no vacila  sino que espera contra toda esperanza, que continúa creyendo en las promesas de Dios y que repite su “Fiat”, su “Sí”, aún cuando todas las circunstancias externas la empujen para decir lo contrario. Ella no cesa de esperar en Dios, a pesar de su aparente ausencia en la noche oscura de la fe, esta fe no es destruida por el sufrimiento, sino más bien conducida a su maduración.

En la pasión, La Dolorosa es Nuestra Señora de la Oración:

Y contemplamos a la Virgen con los labios pálidos por el dolor y el miedo y los labios apretados en silencio de oración.  El silencio es la expresión propia de la Dolorosa y vemos también el silencio del sepulcro, el silencio de María hizo posible que a ella llegara la palabra de Dios.  El silencio de María es la acogida,  escucha profunda.

María es aquella que precisamente por virgen no tiene oídos para los engaños de este mundo pero si que los tiene para el querer de Dios.  El silencio de María es acogida a la Palabra de Dios, una Palabra qué había de dar su fruto en el debido tiempo.  El silencio del sepulcro que es también el silencio de este sábado santo es también acogida de la Palabra, una Palabra que también aquí permanece en silencio pero que pronto según vamos a celebrar en la Vigilia Pascual, proclamará el mensaje de la Resurrección y la Victoria.

Maria dialoga. María no está encerrada en sí misma sino en una gran apertura de amor, un amor dilatado por el sacrificio del Hijo, ella está en diálogo con el acontecimiento y con el Señor.  En su corazón orante cabe el dolor del Hijo que se transforma en oblación de amor. Y así nos enseña a transformar  todos los dolores en actos de amor que producen salvación, asociando todo dolor a la pasión del Señor.

Pero lo más hermoso es que este Jesús que fue despedido entre improperios, insultos y humillaciones, este Jesús que fue arrojado de la tierra de los vivos entre alaridos de guerra, la primera palabra que tiene cuando se aparece a los discípulos es Paz a vosotros y así demuestra Jesús que la bondad que hay en él es mayor y superior a toda la maldad que pueda haber en el mundo así muestra Cristo que es, que siempre fue y que por los siglos de los siglos será Hijo del eterno Padre.

La Virgen del Sábado es el reflejo de las mujeres que sufren en nuestro tiempo el drama del desplazamiento, el dolor de ser madres solteras, madres que han perdido hijos en accidentes, en la guerra, por enfermedades, el dolor de madres con hijos secuestrados, con hijos encarcelados, con hijos desaparecidos, con hijos perdidos en el mundo extraño y opresivo de la droga o de los vicios, mamás que colaboraron en la muerte de sus propios hijos.

Todos los dolores de los hijos están en el corazón de la Madre.  Y ella nos invita a hacer de nuestra oración una manera de dilatar el corazón para que la realidad del mundo sufriente también nos quepa dentro y allí la transformemos en impulso de amor.

Y situémonos también ante nuestra propia manera de asumir el dolor.  El  amor de la Virgen amorosa, creyente y fuerte que conoció como nadie el significado de la ofrenda sacrificial de Jesús nos puede capacitar para recibir como don una nueva humanidad.

En 1965 en el Mensaje del Concilio Vaticano II a las Mujeres, dijo el Papa Pablo VI:  “…Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del evangelio pueden ayudar mucho a que la humanidad no decaiga”

La frase está en presente. Nos interesa recordarla pues insiste en que es ahora cuando la vocación, la misión de la mujer se puede cumplir en sí misma y en la sociedad con toda su fuerza y en todas sus dimensiones.


El tiempo que vivimos, como nunca antes en la historia, ofrece a la mujer que siente la necesidad y el deseo de penetrar el campo profesional, amplias posibilidades para hacerse presente en la sociedad, con todo su «genio femenino», es decir, con todas las cualidades y riquezas de su feminidad. Ella puede, ahora, ejercer un influjo creativo, renovador, humanizador, en todos los ámbitos de la vida social: empresa, política, ciencia, medicina, educación, cultura, medios de comunicación, etc.

El mundo de hoy, por lo tanto, se abre ante la mujer, como un campo, para que ella plante la semilla de su feminidad y ésta pueda dar fruto. La mujer puede salir, prolongar su «don de sí» más allá de su ámbito familiar, como una forma de multiplicar su capacidad de donación y, con ello, su realización como mujer.

Con razón dice un diario salvadoreño al analizar la mujer en el mundo contemporáneo:

“Los aportes de la mujer son intangibles. Los resultados encomiables. La misión inmensurable”.

En materia de liderazgo, es reconocida esta definición: 

“LIDER ES QUIEN SE COMPROMETE A HACER LAS COSAS BIEN, CON ÉTICA, HUMANISMO Y CON ASPIRACION TRASCENDENTE DE MEJORAR EL MUNDO, MEJORANDOSE PRIMERAMENTE A SÍ MISMO”.

Esa fue MARÍA: mujer que se comprometió con ese SI INCONDICIONAL A HACER LA VOLUNTAD DEL PADRE, que confió, que esperó, y por ello fue asunta.

Pidamos a la Gran Intercesora, a la Mediadora, a la Corredentora, que podamos como ella, ser esas verdaderas LIDERES que se necesitan para HACER UN MUNDO MEJOR.

 
Luz Adiela Castro