Sábado, diciembre 03, 2016

SERMÓN DE LA DOLOROSA

CAPILLA DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR

Misioneros Oblatos o.cc.ss

Sábado Santo 2013 – Sermón de la Dolorosa

 

Veamos dos momentos de la historia de la cristiandad:

Del santo Evangelio según San Lucas. (Lc 1, 26-38)

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.  Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»…

… Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el Ángel dejándola se fue.

Treinta y tres años después:

Del santo Evangelio según San Juan. (Jn 19, 2-29)

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Dos momentos de Gracia y de Gloria, dos momentos que definen la salvación de la  humanidad y en los dos momentos, el amor supremo del Padre y la presencia sublime de la Madre.

El Padre celestial abre las puertas de nuestra salvación cuando, al escuchar el Fiat supremo de María, le dice a su Hijo: “He ahí a tu madre”.

Y Jesús, antes de su triunfo final y definitivo en la Cruz, asume toda la humanidad en la persona de su apóstol amado San Juan, para decirle a esa humanidad “He ahí a tu Madre”

Y es una sola esa madre, es ella “una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. (Ap 12, 1-2)

María va llevando su vida entre el desconcierto y la fe, entre la obediencia y la confianza, sin que jamás su vida revele nada distinto al más perfecto comportamiento de lo que debe ser el verdadero discípulo. Ella es, sin lugar a duda, el ejemplo por excelencia de lo que debe vivir y ser el verdadero cristiano.

Y siguiendo su itinerario vamos a acompañarla  en este momento en el que el sacrificio alcanza, como en Jesucristo, la cúspide de su realización, vamos a contemplarla en su misión de colaboradora por excelencia de la misión de su Hijo: la salvación del hombre, la salvación de cada uno de nosotros.

María, es la criatura ideal, como Dios la había soñado; una criatura en la que jamás hubo el más pequeño obstáculo a la voluntad divina. Por el hecho de estar totalmente penetrada de la gracia, en el interior de su alma todo es armonía, y la belleza del Ser Divino se refleja en Ella de la manera más impresionante.

Nosotros debemos comprender el sentido de esta perfección inmaculada a la luz de la obra redentora de Cristo. La creación de un alma llena de gracia aparecía como la acción de Dios sobre la degradación producida, tanto en la mujer como en el hombre, a consecuencia del drama del pecado. Según el relato bíblico de la caída de Adán y Eva, Dios infligió a la mujer una sanción por la culpa cometida, pero incluso antes de formular esta sanción, comenzó a desvelar un designio de salvación, en el que la mujer se convertiría en su primera aliada.

En el oráculo, llamado Protoevangelio, Él dictaminó a la serpiente tentadora que había llevado a la pareja al pecado: "Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo: Este te aplastará la cabeza y tú le acecharás al calcañal" (Gén 3, 15). Al establecer una hostilidad entre el demonio y la mujer, manifestaba su intención de tomar a la mujer como la primera asociada en su alianza, con miras a la victoria que, el Descendiente de la mujer, reportaría sobre el enemigo del género humano.

Y es en este designio en el que vamos a detenernos en este día de dolor y de Gloria. María Santísima configura el modelo perfecto de la mujer que Dios quiere, Ella conoció las dificultades cotidianas y las pruebas de la vida humana; vivió en la oscuridad que muchas veces lleva consigo la fe. Ella, no menos que Jesús, experimentó la tentación y el sufrimiento de las luchas íntimas. Sería un error pensar que la vida de Aquella que era llena de Gracia, haya sido una vida fácil, cómoda. María compartió todo lo que pertenece a nuestra condición terrena, con cuanto tiene de exigente y penoso.   Podemos imaginar cómo se vería sacudida por el drama de la Pasión del Hijo.

Ahora hemos llegado para acompañar su soledad y su pena y nuestra actitud debe trascender el sentimentalismo para dar paso a le reflexión, a la decisión que nos conduzca a caminos de conversión, una conversión que llegue a nuestros hogares, que llegue hasta la sociedad, es encontrar en el modelo de su vida, la opción permanente por Dios, y ser como ella un fiat eterno al amor, a ese amor que hoy se ha crucificado por nosotros.

Ella sabe que son nuestros pecados los que lo han sacrificado y sin experimentar el más mínimo asomo de rechazo, acepta ser Madre de quienes lo han torturado hasta la muerte, su Hijo en la agonía, le pide que nos ame y ella se da en entrega de amor, otra vez en ese fiat supremo, ahora por nosotros. 

A ese modelo está llamada la mujer, cada hija, cada madre, cada hermana, estamos llamadas a ser parte de la obra de la redención,  para dar al dolor de María a los píes de la Cruz, el valor infinito de haber conquistado para la obra redentora de su Hijo, las voluntades de las mujeres que Dios, desde el comienzo, llamó a ser parte de su obra, de su alianza perpetua.

María a los píes de la cruz llora y sufre por los pecados de sus hijos, se ofrece en sacrificio constante, se hace intercesora perfecta, enfrenta al demonio con el poder de su Gracia y nos rescata de la tentación y del peligro, para ofrecernos a Jesucristo, su Señor y su Dios, nuestro  Señor y nuestro Dios.

Sin embargo requiere de nosotros, de nuestra decisión, de ser valientes por amor, por el amor a nuestros hijos e hijas, a nuestros padres, a nuestros esposos, a nuestro prójimo, para asumir como ella un hermano en cada prójimo y amar si descanso, sin tiempo, sin límite… como ella ama.

Aquí con Ella, a los pies del sepulcro aguardando con su misma fe, con su misma esperanza, nosotros con la seguridad de que El Señor ha resucitado, démosle gracias por su gloriosa maternidad, por su fidelidad, por su intercesión ante la Santa Trinidad que tanto la ama, por ser la Hija pura y obediente, la Madre Santísima y la Esposa perfectísima.

OREMOS

Oh María, Aurora del mundo nuevo, Madre de la Iglesia, a Ti confiamos la causa de la vida: Mira, Madre, y ruega por el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, por los jóvenes a quienes se induce a la perdición de la droga o a quienes se les hace esclavos de su cuerpo y sus deseos, por los pobres a quienes se hace difícil vivir, desplazados de su hogares, arrancados de sus raíces, apartados de su historia, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana que explotan su fuerza, su capacidad de trabajo, su necesidad de pan, techo y educación para sus hijos, por los ancianos olvidados o abandonados a su debilidad y a su incapacidad de ser productivos, desconociendo la riqueza de su sabiduría y su bondad, por los enfermos postrados a causa de la indiferencia, de la lástima que no se hace compasión.

Madre Santa ruega por tu hija la Iglesia,  coloca bajo tu mano, la mente, el corazón y la vida  misma de  nuestro Pastor Francisco, ese hijo que tanto te ama, que de tu mano Señora, la Iglesia encuentre caminos de salvación para tantos hijos tuyos que viven sin el don benéfico de la fe y la esperanza.

Haz que quienes creemos en tu Hijo sepamos anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo, el Evangelio de la vida. Alcánzanos la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda nuestra existencia y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.

María, Madre de Misericordia, cuida de todos para que no se haga inútil la Cruz de Cristo, para que el  hombre no pierda el camino del bien, no pierda la conciencia del pecado y crezca en la esperanza en Dios, «rico en Misericordia» (Ef 2, 4)

Hermanos Subamos hoy al Calvario. Acerquémonos a Ella con su Hijo muerto en los brazos y digámosle con el alma de rodillas: "Virgen de los Dolores, Reina del universo, Madre de los Siete dolores, Tú, la abandonada por nuestro abandono, en tu soledad pide por nosotros para que nunca te abandonemos, ni a tu Hijo ni a ti. Y, si a pesar de todo, te volvemos a abandonar, Señora, tú no nos abandones nunca. Aunque mi amor te olvide, tú no te olvides de mí. Virgen de los Dolores, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte."

Silencio, hermanos, Dios habla en el silencio y en la soledad de María. Dios no es el que siempre calla. Está hablándonos a través de María. ¿No lo escucháis? Nos está pidiendo a través de Ella un “sí”, ahora en el Calvario, ahora el pie de la cruz. Y ojalá que como María, Reina de Reina de Soledades, nuestra respuesta sea:

¡He aquí, la esclava del Señor. Hágase en mí según tu Palabra”.

enero 17-3

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