Viernes, diciembre 02, 2016

PROTECCIÓN MARIANA

María

El año de 1898, como digo en el párrafo anterior, fue sumamente aciago para mí, pero también colmado con singulares muestras de protección de la Santísima Vir­gen, en mi favor.

 

En los primeros días de Diciembre de dicho año, en­tró en Cuenca el General Dn. Manuel Antonio Franco, enviado desde Quito, por Alfaro, el dictador de entonces para arrasar el catolicismo en esta Provincia y cimentar en ella el radicalismo. Desde que Franco pisó en Cuen­ca principió una persecución tan feroz contra el Clero y los católicos, como no se había visto jamás otro semejante en esta región; basta decir que todo el clero tuvo que ausentarse de la ciudad y en la Catedral cesaron las misas llamadas de nueve, lo que no había sucedido jamás. Yo no quería ausentarme de la ciudad, porque tenía conciencia de no haber dado motivo alguno de que a las autoridades; pero todos los radicales tenían contra mí la más rabiosa inquina, porque, durante la administración de los presidentes Caamaño, Flores y Corde­ro, había yo defendido la causa católica así en la Con­vención de Quito del año 1884, como en los congresos siguientes hasta la entrada de Alfaro, para apoderarse del mando de la República. Tan pronto como el general Franco llegó en Azogues, con su tropa, preguntó por mí y añadió: "Recuerdo muy bien los malos ratos que en la Convención me hizo pasar ese clérigo", y resolvió per­seguirme hasta matarme, si era necesario, para efectuar sus planes.

La protección del cielo en mi favor brilló, entonces, de manera admirable; porque, estando yo resuelto a no salir de Cuenca en tales circunstancias, una persona me instó para que lo hiciera, avisándome que los radicales tenían contra mí las más negras intenciones; y para obligarme a salir de la ciudad me proporcionó un caballo. Advertí que no debía obstinarme en mi resolución, sino aprovechar de las facilidades que me brindaban la divina Providencia, para evadir los peligros que me cercaban.

Era ya tiempo, pues en esos momentos entraba ya el Ge­neral Franco con su tropa (eran las cuatro y media de la tarde); al instante ensillé mi caballo y partí para Paute, por la vía de Jadán, donde pasé aquella noche. Uno de los primeros actos de Franco fue despachar contra mí una escolta, para que me tomaran preso; pero, por una protección visible del cielo había yo escapado ya de sus garras.

Llegué a Paute, donde no permanecí sino dos días y a buena hora, pues apenas había salido de Paute con dirección a los yungas de Cañar, a la hacienda del "Ro­sario" del Sr. Dn. Juan de Jesús Pozo, cuando otra escolta de Franco llegó a Paute, en mi persecución, pero también cuando había salido yo de ese pueblo, por segunda vez, pues, y por otra protección visible del cielo, escapé también de las garras del radicalismo.

En la hacienda del Rosario, que está a tres jorna­das de Cuenca, me creía ya seguro, pero no fue así, por­que pasados quince días el gobierno (Franco era enton­ces el gobierno de Cuenca), que sabía mi paradero, por medio de espías, uno de los cuales fue el Sr. D. V. M. A., despachó una escolta contra mí, con dirección a la hacienda del Rosario; pero hicieron lo con tal cautela, que los soldados de esa escolta salieron de Cuenca a las seis de la tarde, y no en pelotones, sino cada uno separadamente de los otros. Llegaron en Azogues, a eso de las diez de la noche, unieron se con los otros soldados que estaban acantonados en esa ciudad y a esa misma hora salieron para Cañar. El Bueste lo pasaron con fa­roles a eso de la una de la mañana, con mucho trabajo, por ser días de lluvias, tanto que un soldado cayó en uno de esos baches, y se rompió un brazo. Avanzaron hacia adelante y a las cuatro de la mañana llegaron a Cañar. Sin detenerse allí, toda la escolta, compuesta de cin­cuenta hombres, al mando del capitán Avelino Acosta (nativo de Tulcán) prosiguió, incontinenti, la marcha ha­cia la hacienda del Rosario, a donde llegaron a eso de las siete de la noche, habiendo caminado penosamente to­do el día, por ser época de lluvias y por esos caminos que en todo tiempo son pésimos, pero especialmente en el invierno.

Llegaron todos esos hombres en la hacienda del Rosario, por ser ya de noche, hospedaron se en las casas de Gúlag, que están al principio de dicha hacienda, por el lado de Cañar; inmediatamente apresaron a toda la gente que encontraron en esas casas, hombres y muje­res, niños y adultos y los encerraron en .una pieza, para que nadie pudiera escapar de allí y fuera a la hacienda principal, donde yo me hallaba, a dar noticia de la llega­da de la escolta. Pero no fue así, porque un muchacho, como de quince años, logró horadar las paredes, dentro de las que estaba encerrado, huyo de allí y, marchando de prisa, bajó a la casa principal de la hacienda, donde yo me hallaba y dio aviso al Sr. Pozo, dueño de la hacienda, y a mí, que había llegado la escolta en Gúlag. Ese posta improvisado nos refirió todo lo que había hecho el capitán Acosta y cómo indagó minuciosamente cuanto se refería a mi persona, esto es a qué horas co­mía, me acostaba y celebraba la Santa Misa, etc., de lo cual parecía claro que todo su empeño era dar conmigo y toda su comisión se reducía a apresarme y fusilarme. Preguntaba Acosta a esas pobres gentes a qué hora ce­lebraba yo la Misa, porque la consigna que llevaba era caer con su escolta al tiempo que estaba yo en el altar celebrando el santo sacrificio y allí mismo hacer una des­carga de fusilería sobre mí y matarme. Así lo declararon después a personas dignas de toda fe (una de ellas el ya finado dueño de El Rosario, Dn. Juan de Jesús, que me lo refirió), así lo declararon, repito, el jefe político del Cañar Dn. Aurelio Ochoa y el gobernador de Azo­gues, en ese entonces, Dr. Dn. Gonzalo Córdova. Con­fieso que cuando esto supe, años después, me arrepentí de haber fugado del Rosario, pues había estimado como una gracia insigne, el que me inmolaran, en odio a la religión, mientras yo celebraba la Santa Misa, pues así habría yo unido mi muerte al sacrificio divino del Calvario, renovado místicamente cada día en la Santa Misa y mi sangre se habría confundido con la divina de Jesús en el mismo cáliz. Ignoraba yo las negras inten­ciones que traían contra mí el capitán Avelino Acosta y su escolta, aunque sí calculaba que venían a aprehen­derme y conducirme preso a Cuenca, para presentarme ante el general Franco. A esa hora, en que recibí el a­viso, entre las diez y once de la noche, tomé una bestia que me dio el dueño de la hacienda y, acompañado de un guía y del ya finado Sr. Dn. Abel Landívar, por ca­minos excusados y de montaña, en una noche oscurí­sima y lluviosa partí a un lugar distante de la casa de hacienda, como dos horas. Nos hospedamos en una cho­za abandonada, desde donde veíamos claramente un continuo movimiento de luces en la casa de hacienda que habíamos dejado. Juzgamos que ese movimiento de lu­ces será motivado por la llegada de la escolta; pero no fue así: al siguiente día, a la hora precisa en que yo sa­lía a celebrar la Santa Misa en la capilla de la hacien­da, llegó allí la escolta que iba en mi persecución.

El capitán (o comandante) Acosta apenas llegó en la expresada casa preguntó por mí, y como le dijesen que me había ausentado durante la noche anterior, no lo creyó e hizo atormentar a algunos peones de la hacienda, para que declarasen dónde me había ocultado yo; los peones declararon que yo había marchado a San Vi­cente, porque me vieron tomar ese camino; pero yo, mientras marchaba por esa senda, advertí que podían delatarme, como así sucedió efectivamente, Y tomé otra dirección en mi marcha. Viendo la escolta frustrados sus planes, salió de la hacienda y fue hacia otro lugar y, después de pocos días, regresó a Cuenca, sin haber lo grado apresarme.

¿Quién frustró las medidas tan bien tomadas por el gobierno de Franco (teniente de Alfaro) para apresar­ me?... Mi única respuesta es que la divina Providencia, mediante la intersección poderosa de la Santísima Virgen y de San José, frustró los planes de los furiosos radicales que andaban en persecución mía y que seguramente me habrían no sólo apresado sino muerto, sin esa manifiesta intervención del cielo a mi favor.

Así me atrevo a creer, porque algunos meses antes, hallándome en Cuenca, tuve esta visión. Me pare­ció que andaba yo en compañía de la sagrada familia por cerros y por bosques, lejos de todo camino no transitado y de toda población, cuando en esto sobrevino la noche y tuve que, hacer una parada en un lugar agreste y solitario; la Santísima Virgen y el Niño Jesús, así vestidos como estaban, se recostaron' en el duro suelo, a dormir y descansar un poco; San José y yo nos alejamos un tanto y, descansamos igualmente vestidos, sobre el suelo. En esto, apercibió San José que ardía una peque­ña brizna de paja y, como si nos persiguieran y, por esa pequeña llama, pudieran los perseguidores dar con nosotros, me hizo el Santo señal de que apagara aquella pequeñísima luz y desbaratara la fogata hasta que no que­dara ni rastro de humo, como lo hice efectivamente. Desapareció la visión, pero yo quedé persuadido que iba a armarse contra mí una persecución y de que en ella debería andar yo tan cauteloso, que no diera yo el menor indicio, por el que pudieran dar conmigo mis perseguidores; y así se verificó efectivamente, como dejo referido.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com