Viernes, diciembre 02, 2016

PARA ESTA SEMANA: SEPTIEMBRE 7 DE 2015.

Hombres y mujeres enamorados de Jesús.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Feliz semana para cada uno y todas las bendiciones para los días que llegan. Dios nos siga colmando de su amor para que desde Él siempre estemos dispuestos a dar lo mejor a los demás. Que todos, a través de nosotros, se alegren por la presencia de Dios en la vida.

Nos dice la oración colecta de este domingo (23 del tiempo Ordinario) que de Dios nos viene la redención. Para mí esto significa que el proyecto del Reino de los cielos o de Dios, al cual todos y a todas horas estamos siendo invitados a participar y que marca una manera de vivir centrada en el misterio del amor, es de origen divino. Ha sido por iniciativa de Dios.

Jesús ha venido a revelar el querer del Padre sobre cada uno. Ha venido para que ninguno se pierda, para que tengamos vida, para saciar nuestra hambre, para liberarnos de toda opresión y todo porque el Padre así lo ha dispuesto.

En Jesús llegó el tiempo de Dios, el tiempo de la redención, el tiempo del amor que salva y redime. Y Dios nos envió a su Hijo, el mismo que siendo coherente, llegó hasta la muerte en cruz y la asumió con la plena convicción, no que en la cruz era salvador, sino que su amor era tan grande que fue capaz de llegar hasta la cruz. El amor de Dios nos salva. Esa es la verdad que Cristo nos reveló. Amor que nos hace capaces de una vida nueva, de un mundo mejor.

El Reino de Dios es para todos, pero de manera especial para los que amamos a Jesús. Y es que somos nosotros los creyentes, los que posibilitamos que la experiencia de Dios sea real y creíble con la palabra, con el ejemplo.

Anunciando, enamorando de Dios. Siendo coherentes y estando al servicio del perdón y del amor, hacemos que el Reino esté y se quede para siempre; que hombres y mujeres conozcan por nuestras palabras y obras al amor y que entiendan que nuestra fuerza y poder; nuestra capacidad de amar y de perdonar; nuestra paciencia y ternura, vienen de lo alto. Todo lo hemos recibido como un don del Padre en Jesús que nos ha hecho herederos, hijos en adopción.

Hombres y mujeres enamorados de Jesús hacen de su vida una ofrenda constante al Padre Dios para que en el amor que le entregamos Él ame a todos los que se encuentran con nosotros. Por eso el creyente es generador de espacios de paz y de bondad, de espacios de generosidad y de entrega, de espacios de vida y de alegría. Si a nuestro alrededor las cosas son contrarias es bueno preguntarnos por nuestra fe y el testimonio que damos de la misma porque a lo mejor nos creemos cristianos pero no lo somos.

Acabamos siendo creyentes por tradición pero no por convicción. Y la fe es Jesús, es Cristo y amar en Él, a Dios, a nosotros y al prójimo.

Cuando nos abrimos a Dios, cuando hay experiencia de Dios, la vida es alegría y no porque no haya dificultades sino porque sabemos que la esperanza no defrauda. Dios ha venido a darnos vida; saltamos, gozamos, vivimos, amamos en Dios y desde Dios. Esa es la gran experiencia que el cristianismo debe compartir. Dios es el culmen y la plenitud de todas nuestras ansias.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd

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