Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: SEPTIEMBRE 22 DE 2014.

No miremos desde la pequeñez de nuestro corazón.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo en este domingo que marca el inicio de una nueva semana la cual espero venga cargada de bendiciones y de grandes anhelos, por parte de cada uno, de acoger con amor a las personas que llegan a nuestras vidas. Que aprendamos a mirar a los demás con ojos de bondad y sobre todo sin envidias ni rivalidades. Que Dios que habita en nuestro corazón sea el que se pueda expresar en la relación con los demás. Dejemos que Dios hable y actúe a través de nuestros actos de bondad.

La plenitud de la ley está en el amor a Dios y al prójimo, nos los dice la oración colecta que inspira la semana y que escuchamos este domingo XXV del tiempo ordinario.

La ley, cuando se aplica con amor, se hace justicia porque es capaz de poner en una balanza, a la hora del juicio, no solo las obras malas y las faltas, sino también las cosas buenas; eso nos llevará, como lo hace Dios, a ser justos en el juicio y no quedarnos solo en los errores o pecados sino también en las obras buenas. Por esta misma razón no debemos dudar de la misericordia, de la bondad ni de la justicia de Dios. Estamos en sus manos pero también en su corazón.

Cuando cumplo la ley, cuando impongo la ley, lo hago con amor y con la plena conciencia que es por el bien propio y de los demás. Las leyes han sido pensadas, también los mandatos de Dios que han nacido de una experiencia real con su pueblo y con un deseo grande que sepan vivir en paz y en justicia. Son frutos del amor a su pueblo.

La ley de Dios ha sido hecha para el bien, para la plenitud. Pero la ley hay que llenarla de contenido, es decir de humanidad; la ley hay que llenarla de amor, es decir de Dios. La ley tiene que pasar primero por mi experiencia, de saber ponerme en la realidad de la otra persona, llevarla al corazón y luego tomar decisiones.

Y antes de la ley, del juicio, de la condenación, debemos aprender de Dios; ser piadosos como el Señor que está dispuesto a acoger al pecador cuando abandona sus caminos o sus planes. Dios es rico en Perdón y nos hace capaces de trabajar en su viña. Que ni la maldad ni el pecado nos alejen de tal manera de Dios que dejemos de anhelarlo, de invocarlo, confiar en él. Dios es bueno, nos ha elegido, ha salido a nuestro encuentro, nos ha dado lo necesario para vivir y para compartir. Esa bondad y justicia es la que nosotros debemos hacer vida en la relación con los demás. Aprender a alegrarnos con el hecho que muchos hermanos nuestros lleguen a la viña, nos ayudarán. Alegrarnos con que muchos hermanos nuestros acojan la Palabra de Dios y acepten la invitación a una vida nueva. Dios seguirá llamando, seguirá buscando y espero que te alegres por la alegría de los demás que pueden llevar con gozo la experiencia de Dios en sus vidas.

No nos enojemos con Dios porque es bueno o porque trata con el mismo amor con el que nos ha tratado a los demás. No pensemos que Dios es injusto porque es bueno. No miremos desde la pequeñez de nuestro corazón. Aprendamos a mirar desde Dios. Todos tenemos necesidad de Él afortunados los que hemos sido encontrados desde hace tiempo y dichosos los que aun siendo tarde siguen siendo encontrados. Deseemos que todos vivamos en Dios, trabajemos en su viña y sirvamos con su amor a tantas personas.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd