Lunes, diciembre 05, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: SEPTIEMBRE 17 DE 2015.

Desde el corazón…

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que con su bondad y amor sigue queriendo entrar en nuestras vidas y por eso pasa anunciando el Reino e invitándonos a la conversión. Con Él podremos hacer que el mundo viva la dinámica del amor que se hace servicio y solidaridad con los más necesitados.

Las palabras de Jesús a los discípulos en este texto de Mc.9, 30-37, que encontraremos el próximo domingo, pienso que solo las pueden entender, porque las ponen en práctica todos los días, consciente o inconscientemente, las personas que aman. Solo aquellas personas que saben de la grandeza y dignidad de los demás no buscan sino dar contento, contentar y hacer la vida agradable en el lugar que se encuentren.

Las personas enamoradas prefieren siempre los últimos lugares, ellas saben que ya son importantes, que son el motor de la vida de los demás. Las personas enamoradas están dispuestas a llevar todo el peso con tal que sus seres amados anden livianos y ligeros de equipaje, caminen más rápido y mejor y sin distracciones hacia la meta.

La grandeza del ser humano está en el corazón, en el amor que en éste guarda y el espacio que al amor le deja ocupar. Del corazón sale la maldad o la bondad del ser humano, del corazón del hombre sale Dios como experiencia de vida o el mal como expresión de envidias, egoísmos, resentimientos. Para Dios el corazón es su casa, su lugar de mando, su sede de gobierno. Desde que decidió tomar carne, abajarse, quedarse en Espíritu, el corazón es el objetivo número uno que los creyentes debemos conquistar y convertir. La batalla no debe comenzar con supuestos, todos los seres humanos somos dignos de amor, de perdón, de oportunidades. Por eso el bálsamo suave del amor que acoge y estrecha luego en brazos gana batallas.

El corazón lleno de Dios nos hace grandes y nos mueve a la apertura, disponibilidad, sencillez, ingenuidad y sobre todo al servicio y al reconocimiento de la grandeza del otro. El corazón será el sitio seguro de aquel que desengañado de un amor que no es correspondido sabe esconderse; el sitio seguro de aquel que por defender la verdad viene acusado; el sitio seguro que aquel que viviendo en el mundo sabe que su mundo es Dios y con Él se encuentra en el amor a solas que guarda en el corazón. El corazón es el lugar de Dios, el lugar de quienes le buscamos.

Jesús nos invita a abrir un espacio en la vida, en el corazón, a los pequeños, a los que necesitan protección, a los débiles: a los que son como niños. A los que van viviendo el día a día entre realidad, sueños y esperanzas. Poco a poco debemos ir aprendiendo que en el nombre de Jesús podemos vencer nuestros egoísmos, acoger a los demás y descubrir esa identidad que existe entre Jesús y su Padre que lo ha enviado. Este mundo es de Dios y debe ser recuperado para Dios. La tarea es de nosotros: camino de humildad, de entrega, de cruz, de muerte, de esperanza; camino como el de Jesús. No es el camino de los que se buscan así mismos y quieren en todo los primeros lugares; los que quieren ser reconocidos. El mundo cambiará cuando acojamos y abramos un espacio en el corazón para los demás y de manera especial para los que no están contando, siendo importantes en la importancia de la humanidad.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd