Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: SEPTIEMBRE 15 DE 2014.

El amor de Dios tiene sus efectos

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, comenzamos una semana en la que le pido a Dios que cada uno de sus proyectos de bien se hagan realidad y que nos regale la luz de su Espíritu para saber tomar las decisiones a tiempo y correctamente.

“Míranos Dios creador y guía y para que experimentemos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón”. Eso le hemos pedido al Señor en la oración colecta de este domingo 24 del tiempo ordinario.

El amor de Dios tiene un efecto directo sobre cada uno de nosotros, un efecto que hay que sentir, experimentar. ¿Qué produce en mí el amor de Dios, el que Dios me ame que genera en mi vida? Interesantes preguntas sobre todo cuando es la misma oración colecta la que nos dice que al servir a Dios se experimenta su amor. A Dios se le sirve en las personas, en el prójimo; en los demás. A Dios se le sirve de manera especial en el que sufre, en el pobre. Se le sirve en los hambrientos, sedientos, encarcelados, desnudos, forasteros. A Dios se le sirve cada vez que nos damos, nos entregamos y procuramos un mundo digno y justo.

En otras palabras el que se da a los demás, el que ama y perdona y sirve a los otros, experimenta el amor de Dios. Hay un efecto directo en su vida. Dios no se queda con nada y está dispuesto a devolver el ciento por uno al que todo lo entrega. Ahora entiendo aquello de quien deja casa, padre, madre, hermanos por mí. Aquel que va y vende todo lo que tiene y se lo da a los pobres. Ahora entiendo eso de ser radical, de tomar la cruz, de perder la vida para ganarla. El amor de Dios tiene un efecto para aquellos que confiando lo dejan todo, lo entregan todo, se dan del todo.

Hay una invitación cierta a la confianza, a la esperanza. Una invitación a servir a Dios en los demás y ser capaces de experimentar el efecto del amor de Dios. Por eso no hay miedo a vivir aquello a lo que nos invita san Pablo: “Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor” (Rom. 14, 7-9)

El amor de Dios no es inactivo, tiene un efecto directo en las personas que dando lo mejor de sí a los demás y viviendo en confianza se atreven en la vida a cumplir el proyecto de felicidad y de vida que se nos ha encomendado. Hemos venido para vivir el Reino, para hacerlo palpable y creíble; un Reino que se vive desde el amor y en el amor y que obviamente tiene efectos directos sobre la creación. Hay que experimentar el amor de Dios; hay que amar para saberse realmente plenos de otro amor que se convierte en fuente inagotable de amor. Hay que dar agua para tener sed de Dios y hay que ser pan para tener hambre del Pan que da la vida eterna.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd