Domingo, diciembre 11, 2016

PARA ESTA SEMANA: SEPTIEMBRE 1 DE 2014.

No nos dejemos tentar.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, de Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo.

Terminamos otro mes pero comenzamos una nueva semana. En la vida todo llega a su final pero el fin implica un principio. Por eso no hay que pensar que todo está perdido y que no vale la pena el morir para vivir eternamente. Los frutos son al final, la siembra es dolorosa. Pero hay que sembrar para cosechar, vivir para morir y amar para sentirse plenamente humano.

Después de haber leído el texto del profeta Jeremías (20, 7-9) me quedé con la firme esperanza que cuando seamos nosotros los que tengamos que hablar Palabra de Dios no nos vaya a pasar lo mismo que al profeta que tuvo que anunciar, desde su experiencia de Dios, violencia y destrucción a su gente.

En una sociedad, en una cultura y ambiente donde prima la mentira, el rostro desfigurado de Dios reflejado en la tristeza y el dolor de la violencia, la pobreza, la guerra, la persecución, la calumnia. La Palabra anunciada tiene que ser violenta y destructora. Y la esperanza con la que quedo, radica en nuestra capacidad de escucha y acogida del mensaje. Aspiro a que nosotros seamos terreno fértil donde la Palabra produzca frutos sobre todo donde hay pecado y expresión del mismo en sus diferentes matices. Tengo la esperanza que las personas que amen sean cada día más y más y desde el amor cambien sus vidas.

Hombres y mujeres seducidos por Dios y alimentados con su Palabra, con su Pan de vida, tenemos que gritar. Puede dar risa lo que se anuncia, podemos volvernos el hazmerreír de las gentes, pero nunca podremos callar una verdad: el amor cambiar corazones y comportamientos. El dar genera plenitud y el perdonar salva personas condenadas a la soledad y a la tristeza, condenadas a ser pecadores.

La Palabra de Dios es para devorarla ya que esa misma contiene un poder que nos sacude, que nos mueve, que nos hace gritar.

Pidamos a Dios, como nos lo dice la oración colecta de este domingo XXII, que infunda su amor en nuestros corazones para que haciendo más religiosa nuestra vida, aumente en nosotros todo bien y lo conserve con solicitud.

No es tiempo de desfallecer, no es tiempo de darse por vencidos. Ahora más que nunca la Palabra de Dios debe ser anunciada, proclamada. No importa que genere violencia en los que siguen pensando que el egoísmo, el orgullo, la prepotencia, el desamor, la infidelidad, son posibilidades de triunfo. Los que le apostamos al amor, a la justicia, a la bondad y a la ternura de Dios debemos salir, dar testimonio de vida. Debemos llevar paz a las casas que visitamos, debemos estar al lado del que sufre, debemos anunciar el año de gracia y ayudar con amor a que del corazón de las personas desaparezca todo sentimiento malo.

No nos dejemos transformar por los criterios del mundo, escribió Pablo en su carta a los Romanos dejemos que una nueva manera de pensar nos transforme internamente y así sepamos distinguir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que agrada, lo perfecto (Rm. 12, 1-2)

Muchos buscan la caída, muchos buscan el poder, muchos no quieren el dolor de la entrega, el precio de la cruz. No nos dejemos tentar. Que se aparte Satanás de todo aquello que el corazón sienta en su amor que debes hacer.

Sigamos a Cristo, caminemos tras las huellas de Jesús, dejemos que el Espíritu Santo ilumine lo más íntimo, las sendas del Ser. No nos detengamos a calcular nuestras perdidas cuando damos. No nos detengamos ante el miedo y la sensación de haber perdido el tiempo. Recordemos siempre que el Reino de los cielos es como la levadura que fermenta la masa o como el Trigo que al final vence sobre la cizaña. Todo tiene su tiempo, los frutos han de llegar y por esos nos conocerán.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd