Domingo, diciembre 11, 2016

PARA ESTA SEMANA: OCTUBRE 6 DE 2014.

Las delicadezas de Dios, su ternura y amor son dignas de agradecer.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, reciban mi saludo que lleva los mejores deseos de paz y bien para la semana que comenzamos. Dios colme nuestras ansias y bendiga nuestros anhelos.

Acercarse con confianza a Dios, sabiendo que nos ama generosamente y que también colma nuestras propias expectativas con respecto a la bondad, ternura y misericordia, eso nos tiene que generar paz interior. Dios que se deja encontrar, que se nos hace cercano, que ha decidido ser “con nosotros”. Nos tiene que alegrar. Nos tiene que enamorar. Las delicadezas de Dios, sus locuras de amor, son dignas de agradecer, de alabar.

Con la certeza del perdón de Dios, que es misericordioso, nosotros debemos vivir libres de toda inquietud de conciencia. Debemos vivir en paz, apreciando y disfrutando de las cosas de Dios.

Dios de amor y misericordia se hace digno de nuestro amor, de nuestra confianza y de nuestro abandono. Él quiere llevarnos de su mano a la viña para que trabajemos y demos frutos a su tiempo. Él quiere cargarnos cuando estamos cansados o hemos abandonado el redil. Él nos espera para perdonarnos como lo hizo con su hijo menor que malgastó la herencia.

Vale la pena dejarnos llevar por Dios que nos pagará lo justo como lo hizo con aquellos que parados en la plaza fueron llevados a trabajar a la viña. Vale la pena dejarse cargar, por Dios, como la oveja perdida o abrazar como el niño que puso en medio para explicar que el Reino de los cielos es de los que son como los niños. Vale la pena dejarse abrazar, tocar como el hijo que regresó a casa después de haber pecado. Vale la pena darle la cara a Dios y no seguir caminando de espaldas al proyecto de salvación.

Dios está dispuesto a darnos lo que le pedimos, pero antes debemos abrirnos en confianza, en fe, a su acción salvadora. Dios está dispuestos a darnos lo que le pedimos pero debemos primero pedirle la paz del corazón para que todo lo que hagamos sea para el bien de los demás.

Él nos desborda en misericordia para que nosotros confiados, enamorados, plenos de su amor y cargados de posibilidades llevemos a plenitud la obra que Él mismo nos ha encomendado. Somos administradores de su gracia.

Pareciera, por experiencia propia lo escribo, que mucha gente tiene en su conciencia que Dios no le ha perdonado aunque varias veces ha confesado su pecado y se ha arrepentido; viven con una culpabilidad tan grande que no son capaces de gozarse en el amor de Dios.

Otras muchas personas solo tienen una lectura de la propia vida desde su pecado y asocian que no pueden ser felices porque han fallado o sencillamente entienden los problemas del presente, sus tristezas y enfermedades, como un castigo de Dios.

No sé por qué a tantos cristianos les cuesta convertirse al amor de Dios. Por qué no quieren renunciar a la imagen de un Dios castigador y vengativo o convertirse al Dios padre misericordioso, que sabe dar cosas buenas a quienes le piden y que hace llover sobre justos e injustos y comenzar a escribir una historia no desde el pecado sino desde la bondad, la misericordia y el amor de Dios.

Es hora de trabajar, de llenar de frutos la viña y de entregar a Dios lo que le corresponde. Es decir nuestras buenas obras. No seamos egoístas con lo que tenemos, con lo que Dios nos ha dado y pongamos todo al servicio de los demás.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd