Martes, diciembre 06, 2016

PARA ESTA SEMANA: OCTUBRE 5 DE 2015.

Es fácil enamorarse de quien no es.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Un feliz inicio de semana y todas las bendiciones para los días que están por llegar. Que sea una semana de volver al amor y a los detalles que hacen del amor la fuerza que mueve nuestras vidas.

Inspirado en el texto de Mc. 10, 2-16 anoto lo siguiente:

En nuestro interior, en lo íntimo del ser, en cada uno, existe lo que a nosotros mismos nos puede dar plenitud, compañía. Amar a una persona es fundirse, es amarse así mismo, es verse reflejado, saber que todo va y viene porque la relación de amor es un retorno constante en el que nos perdemos y ganamos, morimos y resucitamos, somos y no somos, pero nunca dejamos de existir, y por lo tanto en el amor el ser es nuevo cada día, como lo es también el saber. Amar a alguien es saber y es sentir que somos tan uno que acabamos por pertenecernos. El amor nos hace capaces de ir dejándolo todo porque hemos encontrado lo que desde la intimidad del ser anhelábamos.

Encontrar a la persona adecuada, la que encaja perfectamente en nuestros anhelos, sentimientos, deseos, en nuestra carne, en nuestra piel, es algo delicado que debe tomarse tiempo. La persona que elegimos calma nuestra soledad pero al mismo tiempo tiene que ser tan complementaria que podamos decir que es carne de nuestra carne, que nos pertenecemos, que sentimos que le hemos dado vida porque existe en nuestro más profundo sueño. Dos seres que se encuentran, dos seres amados por Dios y engrandecidos por Él. Dos seres perfectos que deben encajar tan perfectamente que parezcan uno solo siempre siendo dos en uno. Y por eso es fácil equivocarse, por eso es fácil enamorarse de quién no es. Pero también por eso antes de unirse en matrimonio deben conocerse no tapando las diferencias sino por el contrario, siempre mostrándose cada uno como es y como actúa en las circunstancias buenas y malas de la vida. El problema no radica en la institucionalidad de un vínculo sino en un amor que no es amor y de un otro que no es el complemento de la propia existencia.

Esto del amor nace, es complementario, es fusión. El amor soy yo buscando mi lugar y mi espacio en la otra persona, por eso si no me siento cómodo si no me hallo, tengo que tomar decisiones a tiempo porque de lo contrario nos acabaremos rechazando o haciendo daño. No hay amores indisolubles cuando son de verdad, cuando son capaces de fundirse, de reconocerse, de saberse complementarios, de entregarse por completo. Los amores solubles son aquellos que en el fondo no se reconocen y que no son capaces de tolerarse, ni de soportarse, ni de ser pacientes, ni comprensivos, ni serviciales y todo porque no se aman de la manera que desde Dios deben amarse, de esa manera como Cristo nos amó desde el respeto, el perdón, la misericordia, la acogida. En los amores solubles los únicos culpables son los inmaduros que, tratando de escapar a la soledad, a la propia intimidad, a la necesidad, hacen complemento lo que no es y se funden en dónde son tan distintos que siguen siendo dos sin jamás haber llegado a ser uno solo.

Lo que Dios une pasa por nuestra realidad, por eso si decimos sí a alguien es siempre con la conciencia de estar preparados para batallar la vida. Y es que el amor se acrisola, se purifica, se alimenta de detalles. Si el amor de Dios pasa por nuestra realidad eso significa que somos capaces de amar como Dios nos ama y como Cristo ama a la Iglesia.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd