Miércoles, diciembre 07, 2016

PARA ESTA SEMANA: NOVIEMBRE 25 DE 2013.

El Reino de Dios es para los humildes y sencillos

 

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Hemos iniciado la última semana del año litúrgico y el próximo domingo comenzaremos la preparación para la Navidad con el tiempo del Adviento. Esta semana estamos siendo invitados, de manera muy especial, a dar testimonio de la fe sobre todo en los momentos difíciles y a que nos comprometamos definitivamente con el proyecto del Reino de Dios. Siempre será más fácil juzgar y condenar, como lo hicieron las autoridades con Jesús el día de la crucifixión, que comprometerse, sobre todo cuando ese compromiso cuestiona y toca nuestra manera de vivir.


Nos dice la oración colecta de este domingo de Cristo Rey que en Cristo, Dios quiso renovar todas las cosas, liberarlas de la esclavitud y que la creación de esta manera le sirva y glorifique. Que nosotros seamos imagen de su ser, que por nosotros Dios sea conocido y amado.


Liberar las cosas, liberarnos a nosotros de la esclavitud significa volvernos a la esencia, a nuestro ser de bondad y de amor. Es redescubrirnos como seres capaces de vivir en paz y en armonía con todo lo creado. Libres y “para liberarnos vino Cristo”, significa que podemos hacer el bien que queremos, que hemos enderezado las sendas, hemos retomado el camino, hemos regresado a casa.


Jesús en su entrega que nos ha liberado también nos ha hecho agradables al Padre.

Jesús se convierte en la certeza de la salvación, en la verdad y en modelo de vida, de aquellos que le reconocen como Mesías.


Jesús también nos muestra que la serenidad propia en el momento del dolor, del sufrimiento, de la agonía de la muerte, la da el saber que el Padre nos espera, que nos acompaña. Que el Padre es fiel.


Es Dios nuestra fuerza, nuestra fortaleza. Con Dios podemos resistir y no caer en la tentación ante las burlas de los demás. Firmes en la fe y en la esperanza podremos construir un mundo nuevo.


El Reino de Dios, nos lo ha enseñado Jesús, es para los humildes y sencillos. Para los pobres de corazón, para todos aquellos que han reconocido en los débiles y en los que sufren al mismo Jesús. El Reino es para los que esperan en Dios y no se encierran en sus propias grandezas.


El Reino en que reina Jesús, hace parte de un mundo nuevo, está en todos los lugares y va creciendo, va fermentando, va iluminando y dando sabor y por eso es como la sal, como la levadura o como la lámpara. El Reino está en cada uno de nosotros y por eso está en todas partes.


El Reino es fundado en el amor y pretende que todos nos amemos y que en el amor seamos capaces de darnos para que nadie más tenga hambre ni sed. Por eso mismo es que nuestro Rey se atrevió a afirmar: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados” o también pudo identificarse y reconocerse en los niños, en los pecadores, en los hambrientos, sedientos, encarcelados. Y es que el Reino es vida, es justicia.


El Reino es Jesús en cada uno cambiando el rumbo de la historia. El Reino que nace en la cruz es de entrega, de coherencia, de sangre derramada. Es un Reino de perdón. Es el Reino de Jesús querido por el Padre.


Todos estamos invitados al Reino, todos tenemos lo básico, lo necesario para que el Reino produzca, todos tenemos los dones, los talentos. Hemos sido llamados a distintas horas pero el Padre justo dará a cada uno su merecido. Somos administradores en el Reino, pero siempre la opción del bien o del mal, siempre la decisión de la luz o de las tinieblas, siempre la elección del camino, será nuestra.


Jesús Rey te pide amor, solo eso. Amor a ti, a Dios y a los demás. Esto hace que el Reino de Dios crezca y sea palpable.


Con mi bendición:


P. Jaime Alberto Palacio González, ocd