Lunes, diciembre 05, 2016

PARA ESTA SEMANA: NOVIEMBRE 18 DE 2013.

Dios ama a los humildes

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Un abrazo y todas las bendiciones para la semana que comenzamos. Que la paz del corazón y el amor sea la característica de cada uno durante estos días que se nos aproximan.

Desde la oración colecta de este domingo 33 del tiempo ordinario digamos que lo que más puede alegrar el corazón del ser humano, lo que lo hace plenamente feliz es la fidelidad a Dios, a su creador. Y es que Dios para el creyente es y si no, debe serlo, el “polo” a tierra de sus decisiones. Es Dios el que a través de su Palabra, de su revelación en Jesús, el que alienta nuestro caminar, ilumina nuestras noches oscuras, nos da la sabiduría para tomar las mejores decisiones y nos llena de esperanza y de consuelo en los momentos de tribulación.

Por eso, en la experiencia del cristianismo, servir a los demás, ayudar a las personas, perdonar a los que nos ofenden, dar al que lo necesita, no despreciar a nadie ni por condición ni por raza, respetar siempre la diversidad de las personas, son actos de fidelidad al Señor. Estas cosas, estos comportamientos muestran nuestro “ser” de Dios y el “señorío” de la vida que llevamos. Estas vivencias nos dan la vida eterna. Son las realidades del camino angosto, del tomar la cruz de cada día, de la puerta estrecha. Es el valor real de saber abandonarse, dejar todo por el Reino, no mirar atrás.

Es la interioridad de la que tanto habló Jesús. Estas cosas expresan un corazón generoso y por lo tanto lleno de amor. Ser cristiano, ser feliz, ser de Dios tiene un sinónimo en acción que se llama amor. En pocas letras como nos lo escribe y enseña san Juan: “Dios es amor y quien ama a Dios ama a su hermano” y el amor es la plenitud humana y lo que hace de esta vida y esta humanidad una divinidad, una eternidad, un cielo.

La plena felicidad no son o no está en las cosas materiales, aunque son importantes; no son los muchos títulos o reconocimientos; no es la riqueza, ni el poder ni el dinero. La verdadera y plena felicidad es vivir convencidos de Dios Padre que en su amor nos ha rescatado, que por amor nos ha confiado el mundo y el rumbo del mismo y que nos acompaña en su Espíritu hasta el día en el que lo encontremos cara a cara. Ese día que nos “permita contemplar la luz de su rostro”.

Dios es el autor de todo bien por eso la maldad nace cuando decidimos estar sin Él, cuando creemos que las cosas son solo para nosotros y cuando dejamos que el corazón se llene de soberbia. Dios autor del bien “aborrece” al soberbio y al malvado y ama eternamente a quien por causa de éstos sufren la desnudez, el hambre, la injusticia, la sed. Dios ama en quien siendo humilde y sencillo es capaz de transformar el mundo y contagiar eso mismo a los demás.

Que esta semana que comenzamos y que nos prepara para la fiesta de Cristo Rey y también de la clausura del año de la fe sirva para evaluarnos sobre cosas tan sencillas como el por qué no somos o nos sentimos lo suficientemente felices. ¿Será porque hemos buscado la felicidad más allá de Dios, que nos es esencial y por tanto de nosotros mismos? Vivir el proyecto del Evangelio, el proyecto de Dios es servir, ayudar, perdonar… ¿está mi corazón lleno de amor, del amor de Dios?

En la vida hay que saber quedarse con lo fundamental, con lo definitivo, nuestra opción debe seguir siendo el mismo Dios. Por eso mantenerse en la fe, cuidar la fe y hacer todo para que nada ni nadie nos separe de Cristo y de su amor es fundamental.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd