Sábado, diciembre 03, 2016

PARA ESTA SEMANA: NOVIEMBRE 11 DE 2013.

El mal puede saturar el amor

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo para esta semana lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor y que como escribe san Pablo “Cristo, el Señor, les abra el corazón al amor de Dios y les comunique su propia paciencia” (2Tes, 3, 5) que en el amor todo lo sepamos esperar y soportar.

La reflexión para esta semana viene inspirada por la oración colecta de la misa que nos dice que para cumplir libremente la voluntad de Dios, debemos tener bien dispuestos el alma y el cuerpo (domingo 32 del tiempo Ordinario).

Esto significa una plena armonía entre la realidad de lo que somos y hacemos; de lo que pensamos y realizamos; de lo que amamos y la forma como lo expresamos. Alma y cuerpo son nuestra interioridad y exterioridad; son la divinidad y la humanidad fundida en nuestro ser; es vida y muerte; son principio y fin. No podemos desligar esas dos realidades que la reflexión de la fe ha separado para darnos una catequesis de lo que somos y de la tarea o voluntad de Dios que estamos llamados a realizar. Tener dispuestos el alma y el cuerpo significa que lo que hacemos nace del corazón, expresa en realidad lo que tenemos dentro. Tener dispuestos el alma y cuerpo significa estar abiertos a lo que Dios nos pide y que no es otra cosa distinta a la de acoger a Jesús en el corazón y desde él amar y servir.

El cristiano dispuesto de alma y cuerpo es coherente; está atento a la voz de Dios, a la necesidad de los demás y es capaz de reconocer en los otros a Jesús que camina a su lado sobre todo en los que sufren y carecen de tantas cosas.

No vivimos la dualidad de alma y cuerpo, no se vive una cosa separada de la otra. No somos alma un instante o cuerpo en otro, aunque no podemos negar que muchos se dejan guiar por el cuerpo, la carne y otros muchos por el espíritu. Nosotros (alma y cuerpo) debemos ser armónicos para que nuestras obras sean según Dios, es decir estén cargadas de amor y por lo tanto de buenas intenciones.

Lo que rompe la armonía, la unidad del ser y su expresión es el mal. Esa realidad tan sutil que puede ocupar el corazón, el alma, el centro de nuestro ser muchas veces sin darnos cuenta. Es importante estar revisando los actos y escuchando a los demás para saber en qué andamos en realidad. El mal hace batallar el pensamiento y el amor porque no le deja expresarse.

Cuando caemos en cuenta de esto, movidos por el amor de Dios, por su misericordia, debemos tener la valentía para convertirnos. Es decir para volver a los caminos de Dios. A la realización de su voluntad. Apartados, lejos del mal somos totalmente libres para cumplir la voluntad de Dios.

Todo este pensamiento de la oración Colecta lo expresa bien san Pablo cuando escribe:

“Que Dios nos de aliento y firmeza de espíritu para poder obrar y decir siempre el bien y que nos libre de la gente perversa. No todos son de fiar. Pero el Señor sí es fiel: Él nos fortalecerá y nos librará del malvado” (2Tes 2, 16-3,5)

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd