Domingo, diciembre 04, 2016

PARA ESTA SEMANA: MAYO 26 DE 2014.

Jesús ha conocido nuestra fragilidad y sabe de nuestros miedos

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo y mis deseos de paz y bien para la semana que comenzamos sabiendo que no estamos solos en la lucha y que Jesús está dispuesto a dar razón de la esperanza que motiva lo que hacemos de bien por nosotros y por el bien de los demás.

En el Evangelio de este domingo (Jn. 14, 15-21) nos damos cuenta cómo Jesús va preparando a su comunidad, nos prepara a nosotros, sus discípulos, para su regreso al Padre y para nuestra misión en medio de la humanidad. Nos corresponde, a los que hemos creído, seguir la lucha. Anunciar, predicar, sanar, perdonar. Amar y hacer amar. Como creyentes, que hemos aceptado a Jesús y por lo tanto sus mandamientos, asumimos el reto de ser misericordiosos, de tener un corazón limpio, de trabajar por la justicia. Estamos llamados a la verdad, a la humidad, a la sencillez y a liberar de toda atadura a las personas que vamos encontrando. No todos están llamados, nos todos son elegidos. Tú y yo hemos sido llamados y elegidos para que vayamos y demos frutos. Llamados y elegidos para hacer palpable, con hechos, la experiencia de Dios en el mundo. De nosotros debe seguir resonando el anuncio: Está vivo y ha resucitado.

Jesús ha conocido nuestra fragilidad, sabe de nuestros miedos. Él sabe que difícilmente somos capaces de perseverar y que con facilidad dejamos que el corazón se nos llene de odio. Pero también sabe que existe, en la mayoría, un deseo de hacer el bien, de servir a los demás, de amar porque hemos ido comprendiendo que en el amor todo lo podemos. Pero necesitamos claridad, fortaleza. Necesitamos sentir que vale la pena perseverar y luchar por el bien. Necesitamos entender que aunque no siempre el amor es correspondido vale la pena darse. El proyecto del Evangelio, de Reino de los cielos debe llenarse de Dios. Luchamos porque sabemos que la vida es eterna, porque los bienaventurados serán consolados y confortados por el Padre y porque seguimos creyendo en un mundo nuevo, basado en la verdad, en la justicia y en el amor. Y es por eso, por nuestra fragilidad y grandeza; por nuestra pequeñez y aspiración de bien; por nuestros cansancios y esfuerzos y porque vale la pena que el mundo se llene de Dios, que el Padre nos enviará el Consolador que al mismo tiempo es palabra, sabiduría, consejo. Es el que nos da la alegría que a ratos nos falta; la esperanza que se debilita y la vida que sabe a eternidad. Nos llenará de amor.

El “Consolador” que está siempre con nosotros, es el que el Padre nos envía. Este “Consolador” es el Espíritu de verdad. El Espíritu nos habita y llena nuestras relaciones. Nosotros vemos a Dios, le conocemos en el mismo Jesús. Dios sigue con nosotros, en nosotros. En el Espíritu nos hace templos del Espíritu. Somos el lugar en el que Dios habita, vive y se manifiesta. Por eso es tan importante reconocer la grandeza de este don y la dignidad de nuestro ser.

Nosotros veremos a Jesús cuando nadie lo vea. Nosotros tendremos la vida cuando todo sea muerte, nosotros seremos fuertes cuando todos quieran sucumbir. Tendremos esperanza cuando nadie crea y lucharemos por el bien cuando todos busquen el mal. Y es que tenemos el Espíritu. Jesús ha intercedido ante el Padre. Y es que Jesús nos habita y está dispuesto a obrar si se lo permitimos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd