Viernes, diciembre 09, 2016

PARA ESTA SEMANA: MAYO 11 DE 2015.

“Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor. Que esta semana que estamos comenzando sea la oportunidad que tenemos para dar lo mejor de cada uno a las personas que encontraremos. Que nuestros actos sean una prolongación de amor con el que Jesús nos ama, de sabernos amados por Dios que nos elige para que vayamos y demos frutos.

Nada más sagrado que el amor; el amor es lo más semejante que tenemos de Dios y no hay nada más que nos revele los misterios y la grandeza de Dios que el amor. El cristianismo es una cuestión de amor. Es la historia de una vida.

Dios que se abaja por amor para salvar a quien es lo más grande y sublime de la creación: el ser humano. Más allá de una doctrina el cristianismo vincula, desde el corazón, desde el amor, a las personas. No es un vínculo racional, todos sabemos que el corazón va más allá de cualquier razón. El corazón tiene razones que la razón no entiende.

Lo nuestro es amar, lo de Dios es el amor. Dios quiere existir en el mundo y nosotros somos la manera que Él tiene de existir: en nuestro amor Él se hace sentimiento, afecto y acto para los demás. Por eso nos invita a vivir en el amor, a que nos amemos. Si esto fuera imposible ten la seguridad que no nos lo pediría. Dios tiene la certeza que el amor siempre triunfará y que solo el amor le pude dar sentido a todo gesto altruista que tengamos por los demás. El amor lo es todo. San Pablo ya nos lo decía: “Si no tengo amor nada soy” (1Cor. 13,2) el amor le da sentido a lo que hacemos. Es el tono de la melodía que debemos interpretar a una sola voz.

“Este es mi mandamiento que se amen los unos a los otros como yo los he amado”

El amor de Dios se ha revelado, es concreto; se ha hecho carne. El amor nos salvó, nos dio nueva vida. En el amor de Dios existimos y el amor existe para dar vida a todos los que lleguen a Jesús. Nuestra tarea es encantar, seducir, enamorar de Jesús para que todo el que tenga sed beba, el que tenga hambre coma y el que pierda la vida la encuentra. El amor lo es todo. El amor es nuestro todo que debe resplandecer en actos concretos de acogida y de perdón. Ese amor que tenemos es para darlo y hacer que el mundo se enriquezca en la medida que yo me entrego. Dios nos ha elegido, nos ha llamado a caminar con Jesús, nos ha hecho de su familia en cuanto oyentes de su palabra. Él nos ha amado, ha visto en cada uno cualidades que nos hacen capaces de anunciar el Reino.

Lo que mantiene sólida la experiencia de la fe es el amor que nos podamos tener los unos a los otros. Con las diferencias que cada uno tiene, con los pecados que cargamos, cada uno debemos amarnos así, de la misma manera que Jesús nos amó y que el Padre lo amó a Él. Estamos invitados a vivir en comunión de corazón, en comunión de amor.

Estar siempre alegres, ser solidarios con los demás, perdonar el pecado de quien nos ofende, anunciar la conversión, son algunas de las tareas que como discípulos Jesús nos encomendó. Pero que la alegría, la solidaridad, la misericordia, la predicación salgan del corazón, que en éste solo habite el amor de Dios para poder sacar de nuestro interior lo más exquisito y delicado que tenemos como un tesoro: a Jesús que nos ama.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.