Sábado, diciembre 10, 2016

PARA ESTA SEMANA: MARZO 9 DE 2014.

Hay razones y convicciones que ni el hambre ni la sed, ni la soledad ni la necesidad nos las pueden arrebatar.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo especial en este primer domingo del tiempo de Cuaresma.

El miércoles de Ceniza sonó la alarma invitándonos a reconocer nuestra fragilidad, se nos invitó a convertirnos y a creer en el Evangelio. Creer en la Buena Noticia: ¡Dios es amor, está con nosotros! Esa alarma que anunciaba: ¡Llegó la Cuaresma!

Ahora comienzan los 40 días que, en un proceso gradual, nos irán adentrando y por lo tanto preparando para el gran acontecimiento de la Pascua. No podemos llegar de cualquier manera. Hay que disponer el corazón para recibir esa lluvia de amor que se derramará en la Cruz. Hay que llegar dispuestos para recibir el Espíritu que Jesús exhalará para que seamos fuertes y salgamos de los encierros y miedos y seamos anunciadores de la Buena Nueva.

No es llegar a la Pascua, es saber llegar, bien dispuestos, para reavivar el don de la fe y celebrar el hecho de ser creaturas nuevas en el Señor.

Este tiempo de Cuaresma sea una muy linda oportunidad para que cada uno de nosotros, con la gracia de Dios, pueda o podamos progresar en el conocimiento del misterio de Cristo. Eso le hemos pedido al Señor en la oración Colecta de este primer domingo de Cuaresma. Y es que esa es la idea: que cada día nosotros nos apropiemos más de Cristo, lo asimilemos desde el amor que podemos sentir hacia las personas y hacia Dios y que cada día que pase nos identifiquemos de tal manera con él y nos sumerjamos de tal manera en él para que, como escribió san Pablo, no seamos nosotros los que vivamos sino que sea Cristo quien viva en nosotros.

Y es que solamente en Cristo, desde Cristo, nuestra vida cobra toda su dignidad y por lo tanto todos nuestros comportamientos serán conformes al querer de Dios. Responderán a la dignidad que tenemos.

Tener conciencia de nuestra dignidad, tener claro qué es lo queremos y soñamos en la vida; saber que nacimos para el amor y que estamos siendo invitados por Dios a ser protagonistas de la historia de la salvación, eso, todo eso, es lo que nos hace fuertes para resistir cada una de las tentaciones que el mundo, los nuestros, nos ofrecen. Hay razones y convicciones que ni el hambre ni la sed nos las puede arrebatar.

La Cuaresma nos pide una revisión real de nuestra vida. Hay que tomar conciencia que hay cosas que venimos haciendo que no responden a una conducta digna de quien ha sido amado, salvado y hecho creatura nueva en el misterio redentor de Cristo.

La Cuaresma nos invita al desierto, es decir, a un encuentro real con nosotros, con nuestro ser y a fortalecernos en la fidelidad al proyecto de Dios que no es distinto al de ser libres del pecado, soberanos de nosotros mismos y corredentores de una humidad en la que parece que lo único válido es triunfar sin tener en cuenta ni el dolor, ni la miseria de los demás. Ese deseo de reconocimiento tan grande y evidente en los que en su corazón no le ha abierto un espacio a Dios.

Cuaresma nos habla de templanza necesaria cuando, como Jesús, nos dejamos guiar por el Espíritu a que nos dispongamos para una misión.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd