Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: JUNIO 23 DE 2014

“El Pan que baja del cielo es comida de viajeros”

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que no se cansa de amarnos, de entregarse en el amor, ni de alimentarnos en este caminar de la vida, en este “pasar” por el desierto hacia el feliz regreso a la casa del Padre. Esta semana, convencidos del misterio de amor que expresa la Eucaristía nosotros proclamaremos la fe con la alabanza que aparece en la secuencia que la liturgia propone: “El pan que del cielo baja es comida de viajeros. Es un pan para los hijos. ¡No hay que tirarlo a los perros!

Esta semana y cada día los quiero invitar a sentir de nuevo hambre de Dios. Jesús es alimento, es pan. Seguramente casi todos nosotros sabemos de memoria que Jesús es Pan de vida, que Jesús ha venido y él mismo ha querido quedarse para siempre como pan. Ese pan que sacia, que da vida eterna. Ese pan que alimenta al pobre y al rico. Pan que alimenta al justo y al pecador. Pan que se hace sangre en la sangre y vida en el cuerpo y por lo tanto presencia de Dios. Pan que nos llena de Dios.

“Pan vivo, Pan del cielo, divina Eucaristía, ¡Oh misterio sagrado, regalo de tu amor…!
Ven a habitar mi alma, Jesús mi blanca Hostia,
¡Nada más que por hoy! (Santa teresita, poesía 5, 8)

Seguramente nosotros comulgamos con frecuencia pero seguramente que muy pocas veces somos conscientes de lo que hacemos. Y la Eucaristía es más que un rito, que un rezar, darse la paz o comulgar sin tener conciencia.

Es en la Eucaristía que la presencia de Dios se prolonga. La Eucaristía que recibo se convierte en banquete para los demás cuando realmente he participado de la comida.

En la Eucaristía Jesús nos dejó el memorial de su pasión. Esto significa que en cada Eucaristía él se entrega al Padre y con su pasión y muerte nos redime, nos salva. Así como en el Pan su presencia es real, así también de manera real se obra la redención en cada Eucaristía.

Él se hace víctima, él se ofrenda al Padre; él de nuevo pide perdón a Dios con su propia vida.

Si en la Eucaristía morimos en la entrega de Jesús al Padre, tengamos la seguridad que con él resucitaremos.

Puede ser que nos falte un gesto de fe, de humildad, de abandono, de confianza para que podamos sentir todo el misterio de amor, toda la fuerza que se derrama en la Eucaristía y el Espíritu del resucitado que se nos da para impulsarnos a salir y a vivir realmente la misa. Es tal vez por esta razón que en la oración colecta de la misa propia de esta festividad hemos pedido a Dios que nosotros experimentemos el fruto de la redención. Es un gozo, es paz interior. Es sentir el interior, el corazón, pleno, satisfecho de Dios.

Tengamos hambre, añoremos a Dios. Nuestro interior lo reclama, nuestro ser lo reclama. En nuestras angustias y soledad lo necesitamos; en la debilidad lo anhelamos porque Él es fuerza. No dejemos de comulgar. Mejor cambiar de vida que morir de hambre; mejor soñar con la eternidad que morir en lo efímero. Aspiremos a vivir con Cristo y en Cristo. Este mundo es de ambos y esta abra es para ambos.

Cuando dejamos que la vida entre a lo más íntimo entonces somos vida, nos llenamos de vida. Cuando dejamos que Dios nos invada entonces ya somos de Él. Se pude decir que somos lo que comemos. Cuando aún en el pecado le recibimos entonces nos llenamos de gracia y de fuerza y ya sabemos que Él está en nosotros, está presente.

Hagamos todo lo posible para no opacar esa presencia. Ser de Dios, llenarse de Dios significa cambiar desde Dios, llevar a Dios. Vivir en Dios.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd