Sábado, diciembre 10, 2016

PARA ESTA SEMANA: JUNIO 15 DE 2015.

Que la semilla, en nosotros, se haga fecunda.


Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo que lleva los mejores deseos de paz y bien y la invitación a que dispongamos el corazón para que la semilla de amor que Dios ha sembrado en cada uno no solo crezca sino que también produzca los frutos propios del amor, ese amor que como escribe san Pablo en su primera carta a los Corintios es paciente, comprensivo, servicial y llena de sentido todo que hacemos y estamos invitados a hacer.

“Así como la semilla va creciendo sin que tengamos qué hacer mayor esfuerzo, así es el Reino”. Ya lo escribimos la semana pasada: El Señor siembra en cada uno y la obra se va realizando pero para que produzca los frutos debemos entrar en la dinámica del cambio, de la conversión y tomar conciencia sobre todo el bien que podemos hacer.

Y como la semilla que ha sido sembrada por Dios en nuestro corazón da el fruto cuando nos disponemos; así mismo sucede en la relación con los demás.  Nuestras palabras pueden también calar profundamente en las personas con las que hablamos. Lo nuestro es sembrar en el corazón de los demás y lo hacemos con la palabra y con el ejemplo. Muchos de nosotros producimos frutos, con tal o cual comportamiento, porque se quedó en la mente y en el corazón cierta enseñanza, alguna palabra. Porque lo vimos, porque lo oímos, porque lo aprendimos de niños o hace poco tiempo…. Generalmente lo bueno de los demás, cuando nos toca el corazón se nos viene a la acción y a la palabra los frutos se notan.

Cosas que silenciosamente, calladamente, sin esfuerzos o sin darnos cuenta entraron en la vida y crecieron y produjeron el fruto esperado.

Hay que cuidar la palabra, hay que cuidar el ejemplo. No sabemos a quién puede afectar lo que digo o lo que hago en su proceso de vida. Nunca se nos olvide que vivimos, la mayoría de las veces, en el inconsciente de las personas que nos son más cercanas.

No siempre somos conscientes del bien que podemos hacer a los demás: la palabra oportuna, el gesto de acogida, la alegría que rompe las barreras, el abrazo que llena de paz. Son esas realidades, esas cosas, sencillas que nacidas del corazón transforman la vida de los demás y contribuyen a un mundo más distensionado y lleno de experiencia de Dios.

Ante tantas malas noticias, ante los odios, las guerras, la indiferencia, el hambre la violencia, los cristianos estamos llamados a dejar que la palabra de Dios, la semilla, se haga fecunda; dejar calar en lo más íntimo a Dios para que los frutos, la buena noticia de la salvación y del amor lleguen a los demás.

Así es el Reino, un compromiso tuyo y mío, una tarea de los dos pero en la que cada uno aporta lo que le es propio, lo que Dios le ha dado para el servicio a los demás. Sembremos semillas de la mano de Dios; con humildad podremos logar un mundo nuevo y con nuestro amor podremos hacer de la vida un reino de paz y de justicia. Dignifiquemos los lugares, las personas. Dignifiquemos a Dios con nuestras obras. Con palabras y gestos, con abrazos y pruebas de amor, hagamos del mundo un lugar grande y majestuoso donde todos tengamos abrigo.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd