Domingo, diciembre 11, 2016

PARA ESTA SEMANA JULIO 7 DE 2014

Las cosas del Reino son para los humildes.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor.

Mañana comenzaremos la novena a nuestra señora la Virgen del Carmen, los invito a que nos unamos en las diferentes celebraciones a darle gracias a Dios por el don de la fe de María, por su entrega incondicional a Jesús del que se hizo la primera discípula y pidámosle que como ella acojamos la Palabra de Dios y la pongamos en práctica; que guardemos en el corazón, como un tesoro la fe porque cuando tengamos dudas, ésta será nuestra luz en la oscuridad y pidámosle también que seamos fieles a Jesús haciendo lo que él nos dice.
 
Después de haber leído el texto del Evangelio propuesto para este domingo (Mt. 11, 25-30) Podría preguntarme y que nos sirva de reflexión para la semana, ¿vale la pena que las cosas de Dios me sean reveladas? 

Y me hago esa pregunta porque a ratos ni yo mismo entiendo lo que quiero de Dios; siento que peco originariamente porque pienso que Dios no debe ir más allá de mi pensamiento, de lo que siento o de lo que le pido. ¡Quiero a Dios tan a mi estilo!, ¡me muevo en la fe tan a mi capricho! Siento que la mayoría de las veces me relaciono con Él solo desde mi comodidad, desde mi subjetividad, desde mis terquedades.
 
¿Será que yo me comporto en la fe, en mi relación con Dios Padre y con Jesús, de la misma manera que lo hacen los niños caprichosos? Esos que creen que con gritar, llorar, rebelarse o guardar silencio van a conseguir de sus padres lo que solo ellos creen y entienden que está bien mientras que los padres solo se dan cuenta, y por eso no les conceden lo que piden, que muchas de sus necesidades caprichosas obedecen a un deseo de poseer, a un egoísmo desenfrenado a una prepotencia que solo busca reconocimiento en lo que se tiene y no en lo que sé es.
 
Jesús se da cuenta que en el soberbio, en el terco, en el que siempre cree que tiene la verdad, en el que se basta así mismo, el Reino de Dios no cabe, no entra. Y es que esas propuestas de servir, de amar, de perdonar, de ayudar, de acompañar, de darle al otro la dignidad, de detenerse ante el que es asaltado, de liberar al que está oprimido… esas cosas no van sino con los pobres, con los humildes, con los que han abierto su corazón solo al amor y a la entrega.
 
Las cosas de Dios, del Reino; el mismo Jesús, no son para los que se las saben todas, para los dueños de la ley que no permiten vinos nuevos y que prefieren paños viejos y gastados por aferrarse a las tradiciones. Por eso son bienaventurados los pobres en el espíritu que saben esperar de Dios y que se fían de tal manera que saben, que tienen la certeza, que con Él nada les faltará.
 
Jesús ha venido a confortarnos, a quitar nuestros agobios. Nos ha incluido en un proyecto de salvación y solo nos pide apertura de mente y de espíritu: conversión y capacidad para tratar con dignidad a los demás así sean nuestros enemigos. En una palabra nos invita que nos demos, nos entreguemos a Él para que desde él seamos ofrenda de salvación para este mundo que a pesar de tanta ley y de tantos amos, reyes y señores, está caminando hacia la destrucción.
 
Aprendamos de Jesús que se humilló, es decir se abajó de su cielo para hacerse uno de nosotros y desde esta realidad animarnos a luchar por un mundo mejor. Es por eso mismo que él puede decir que aprendamos de él que es manso y humilde de corazón. 
 
Siento que en la humildad podemos gozarnos de las alegrías de la fe y de la esperanza; de las alegrías eternas que se nos han dado como el Espíritu Santo dado después de la resurrección, que si le dejamos, si somos de Cristo, puede conducir nuestra vida.
 
Con mi bendición:
 
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd