Domingo, diciembre 04, 2016

PARA ESTA SEMANA: FEBRERO 9 DE 2015.

Luchemos por no perder la esperanza.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo.

Mi saludo para esta semana pretende ser una voz de esperanza para todos aquellos que sentimos, en muchos momentos de la vida, que se nos acaban las fuerzas o las razones para seguir adelante en el proyecto del Reino que es de amor y de justicia.

La esperanza marca la vida de tal manera que cuando ésta se pierde no quedan razones para vivir, pero incluso es tan fuerte la esperanza que hasta la muerte se espera con la certeza que muchas cosas que nos causan dolor o sufrimiento se van a acabar. Irónicamente la desesperanza se acaba viviendo en la esperanza de que muriendo o dejando de creer, las cosas podrán ser diferentes. Y no es mentiras porque la vida sin Dios es tan vacía que solo acabamos viviendo para el cuerpo y muriendo para la nada.

La esperanza es un grito en el desierto que desahoga los miedos. Un grito a lo alto que nos hace sentir cercanos a Dios. Un grito en la soledad que pretende llenar vacíos, una lágrima en la tristeza que nos deja el sabor de querer terminar y no llorar más. La esperanza es el motor que genera la fuerza para seguir creyendo y por eso en los cristianos es un don de Dios.

La esperanza hace que sigamos amando a pesar de todo, que sigamos luchando aún en el cansancio, que esperemos el amanecer en la noche oscura y que también lo esperemos todo de Dios aunque sus silencios se hagan eternos y creamos que le hemos dejado de importar.

Luchemos por no perder la esperanza de lo contrario acabaremos siendo una carga para los demás, fatal es vivir con alguien que deja de soñar, de esperar, de confiar. Triste vivir con un enfermo que no quiere entender que mientras haya vida hay que dar lo mejor; desconsolador es tratar de ayudar a alguien que se ha resignado a su mal, a su maldad, a su pecado.

Pesado y complicado es vivir con alguien que se cree condenado a un destino y no lucha por cambiarlo. Dios es de esperanza, la resignación es desde la lucha y la noche se vive y se combate con la fuerza del día y con la esperanza de un mañana.

Que el Señor nos defienda y nos proteja a quienes nos apoyamos sólo en la esperanza de la gracia celestial.

La esperanza nos hace vivir con la alegría del que espera las buenas nuevas del Amado, las gracias de Dios. La esperanza hace que llevemos a los enfermos a Jesús, que le contemos y entreguemos a Dios nuestras necesidades. Lo que hace que nos pongamos a sus pies, que le escuchemos y que hasta lloremos ante su presencia.

La esperanza nos hace pensar en una muerte que se vence en la resurrección; nos hace gritar confiadamente aunque parezca que nadie nos escucha. Es la que nos dice que serán bienaventurados los que todo lo esperan de Dios y que mientras tanto luchan por la paz y la justicia siendo mansos, humildes, limpios de corazón y fuertes en las tribulaciones y persecuciones.

No perdamos la esperanza porque junto con la fe y el amor son dones que llena la vida de plenitud y hacen de nuestro servicio y de nuestra vida un regalo para los demás. Esos regalos que alegran la vida.

Alegrémosle la vida a los demás.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd