Viernes, diciembre 09, 2016

PARA ESTA SEMANA: FEBRERO 17 DE 2014.

El Señor habita en los corazones rectos y sinceros

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Para todos lo mejor en la semana que estamos comenzando. Un abrazo de bendición que lleva el deseo para que cada uno sepa entregar lo mejor del corazón a las personas que encontraremos.

Nos dice la oración Colecta que escuchamos hoy domingo en las misas, que el Señor ha prometido habitar en los corazones rectos y sinceros; por eso no estaría nada mal que diéramos una mirada al interior, al corazón; examináramos lo que mueve nuestro obrar y qué es realmente lo que tenemos en el corazón.

Un corazón recto es el que se deja llevar por el Señor, el que se abre a su amor y bondad y se llena de tal manera de Él, de Dios, que se transforma en un cielo, un manantial de amor. Un corazón recto es el que vive el mandato del amor.

Un corazón sincero es el que está abierto siempre a vivir en la verdad, en Dios. Un corazón es sincero cuando es capaz de llenar de Dios los pensamientos, el obrar.

Es por eso que necesitamos de la fuerza, de la gracia de Dios. Necesitamos al mismo Dios para vivir en Él. Es por la gracia de Dios que podemos conservar el corazón recto y sincero.

Con humildad le vamos a pedir este don, este regalo, a lo largo de la semana: Que nuestro corazón sea recto y sincero para que Él habitándonos los demás también tengan su lugar en nuestro interior. Habiten en nosotros, sean parte esencial de nuestro ser.

Tener el corazón recto y sincero, el cumplir los mandamientos, el amar, serán una decisión nuestra. Elegimos libremente aquello que queremos abunde en el corazón.

Lo que Dios quiere ya lo sabemos, sabemos hacia donde ir en este camino de fe. Sabemos que tenemos que ir hacia el hermano, hacia el débil y más necesitado. Pero también debemos alejarnos de lo que no deja que vayamos por eso camino y que hace que vayamos hacia nosotros mismos.

Dejamos de caminar hacia Dios para caminar, dando vueltas ciegamente, hacia nosotros mismos. Esto hace que venga la soledad y la tristeza, que muramos solos, encerrados en las propias riquezas, sin saber que a la puerta alguien necesita de nosotros, de las cosas que Dios mismo nos ha regalado.

Dejemos llenar el corazón de Dios y de su amor. Vaciémoslo un poco de nosotros mismos, sobre todo purifiquemos ese amor egoísta que no hace posible que nosotros amemos a los demás como nos amamos o que le hagamos al otro lo que queremos que nos hagan. Nos ocupamos tanto en nosotros que ellos, los otros, dejan de existir. Dios a nadie ha mandado a ser impío y a nadie le ha dado permiso de pecar (Eclo. 15, 21) Esas decisiones siempre serán nuestras.

Hay que atreverse a amar como Jesús mismo nos ha amado y solo así podremos entender la ley y los profetas.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd