Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: FEBRERO 16 DE 2015.

Dios nos hace nuevos; en Dios somos nuevos.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor para la semana que comienza. Y que el amor de Dios sea la fuerza transformadora que el mundo necesita para vivir en paz.

No se puede negar que muchas cosas propias nos marginan de la vida de los demás, de los acontecimientos, de la cotidianidad y hasta de las personas que amamos. Pecados, enfermedades, temperamento. Cosas que nos son propias y que nos identifican, cosas que nos llegan cuando menos las esperamos, cosas contra las cuales luchamos. Cosas… esas cosas que no entendemos y que solo sentimos que son de Dios, que vienen de Él y que por lo tanto Él se convierte en el culpable y único responsable del bien o del mal de la vida; lo que vivimos. Ese “Dios me hizo así” que nos sirve para justificar justamente lo que Dios, en muchos momentos, no quiere.

Dios mismo nos hace caer en cuenta que no es así, que Él nos toma, nos asume con lo que somos, lo que tenemos y que Él llena nuestra pobreza, nuestro ser que clama plenitud; nos llena de vida, de amor, de paz y nos enseña a vivir la vida, desde lo que somos y tenemos, con amor.

Aceptarse desde Dios y no resignarse a la propia miseria es de las cosas más extraordinarias que nos pueden suceder. Pero… ¡hay que atreverse!

Él viene y sana, redime. Él viene y camina y pasa a nuestro lado y nos escucha. Dios nos ama. Ese es el dato más grande y fundamental para que seamos felices aunque estemos enfermos o pasando momentos difíciles en la vida. El amor que Dios nos tiene es la fuerza que transforma nuestra vida y nos abre a nuevas relaciones hacia los demás.

El amor de Dios nos lleva a aceptar en paz cada momento de la vida. Soy amado inclusive en mi mal y en mi pecado. Dios no me excluye, no me declara impuro, no me pone al borde del camino a gritar mi impureza o pecado. Al contrario. Él llega y nos toca, nos habla, nos perdona y nos llena de vida y por lo tanto de oportunidades.

Dios nos hace nuevos; en Dios somos nuevos.

El encuentro con Dios, la actitud humilde con la que nos acercamos a Él. Pedirle con insistencia pero también con confianza. Arrodillarse y dejar que Él se nos acerque y decirle que “si Él quiere” nos sane; cambia la vida. En el encuentro con Dios nacemos y en el bautismo en agua y Espíritu recibimos la plenitud del don de Dios mismo que nos habita. Nos hace suyos y para su proyecto.

Nos dice la oración colecta que Dios ha prometido habitar en los corazones rectos y sinceros por eso le pedimos vivir de tal manera que Él permanezca siempre en nosotros.

Vamos pues a limpiar el corazón, que desde el encuentro con Él ya nada ni nadie nos margine de la vida de los demás, del mundo, de la Iglesia. Que cada uno seamos capaces de ser testigos de su presencia en el mundo. Presencia de Dios que sana, que libera, que llena de amor cada momento y cada lugar. Que todos puedan declarar que quedamos sanos, que fue Jesús el que nos sanó y nos volvió al camino. Que ha sido Dios en su amor el que nos restauró la vida para que la sigamos gastando en el bien de los demás. Y que nos escribe san Pablo: “Todo lo que hagan ustedes… háganlo todo para gloria de Dios… yo procuro dar gusto a todos en todo, sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven” (1Cor. 10, 31-11, 1)

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd