Domingo, diciembre 04, 2016

PARA ESTA SEMANA: FEBRERO 10 DE 2014.

Llegó la hora de iluminar y dar sabor.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Ahora les escribo desde la parroquia del Carmen de la ciudad de Quito a donde llegué ayer y desde la cual mantendremos vivos nuestros lazos de unidad.

Me quedé pensando en aquello del Evangelio que cuando la sal pierde su sabor no sirve más que para tirarla y que la pisen y a ratos creo que he ido perdiendo esa capacidad de darle sabor a lo que vivo, lo que hago y que la vida se me torna también, por momentos, un poco insípida.

Es como si ya yo mismo no fuera sal o luz aún sabiendo que esencialmente he venido al mundo con una misión concreta: vivir a plenitud cada instante sanando las heridas propias o las que me causan; perdonando las ofensas que me hacen o hagan y siendo amor y amoroso inclusive para con los que me odian.

Perder la capacidad de darle sabor a las cosas es sentir que ya mi vida no está en las manos de Dios, que ya no es Él quien la orienta, sino que son mis propios miedos, pecados y egoísmos los que se han apoderado de mi ser.

Los invito para que durante la semana nos cuestionemos seriamente es descubrir qué es lo que hace que nos vayamos desvirtuando, perdiendo sabor.

Caigamos en cuenta que a muchos se nos acabaron las iniciativas, los aportes, la alegría.

¿Qué hace que pierda sabor y que por lo tanto deje de significar para tanta gente?

La invitación de Jesús no es a que reconozcamos que hemos fallado, que pecamos, que somos incoherentes. La invitación va un poco más allá porque todos sabemos que de gente capaz de reconocer errores y pedir perdón está lleno el mundo. A nosotros nos corresponde comprometernos con un proceso de cambio, de conversión. Hay que trascender el propio pecado y dar lo que en esencia somos.

Jesús nos dice: ha llegado la hora de iluminar; ha llegado la hora de que nuestra vida brille para los demás. Brillemos, iluminemos, demos sabor. Tengamos la seguridad que la vida necesita de nuestro aporte, que cada vez que hacemos un acto de amor, que cada vez que compartimos con los necesitados o que actuamos con bondad y justicia estamos siendo luz y dando sabor.

Que cuando abrazamos con sinceridad, cuando ayudamos al pobre, cuando consolamos y que cuando nuestra palabra es de fiar, estamos siendo luz y damos sabor a la vida.

Bien sabe cada uno lo que debe hacer para que de nuevo la luz brille y para que los frutos sean buenos. Llegó el momento de ser y de actuar.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd