Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: ENERO 12 DE 2015.

El Bautismo nos lanza al mundo para dar testimonio.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que en su amor nos llama para ser testigos privilegiados de la bondad, ternura y compasión del Padre.

Para esta semana quiero quedarme en solo un punto que nos lleve a la reflexión sincera de nuestro ser creyentes, ser cristianos: hemos nacido a una vida nueva del agua y del Espíritu y eso sucedió el día de nuestro Bautismo. Hombres y mujeres nuevos con un sentido real y concreto: existimos para ser de Dios. Fuimos consagrados para Él. Los cristianos existimos en el mundo para algo: para ser testigos de la verdad. Testigos del amor y de la cercanía de Dios.

Somos un signo de la eternidad, somos una voz que clama justicia. Somos gesto, expresión, caricia y palabra de Dios para la humanidad. Somos habitados por Dios y por lo tanto cielo, lugar de encuentro con Dios, para los demás.

Como cristianos somos hijos adoptivos del Padre. “Hijos” de Dios, en verdad somos todos, pero los cristianos “presumimos” de este don, de este privilegio, de este nombre.

Jesús nos ha hecho hijos y por lo tanto nos sentimos amados de manera especial (agradecidos por la bondad y la misericordia del Padre)

Dios nos ama como lo que es: Padre y nosotros desde el amor que sentimos del Padre amamos a los demás. Esto significa que somos compasivos y misericordiosos como lo es Dios; damos cosas buenas como el Padre nos las da y perdonamos a los demás como Dios nos perdona.

El Bautismo que hemos recibido nos llenó del Espíritu, de la fuerza de Dios. El Bautismo nos lanza al mundo para que con la vida y con la palabra demos testimonio y anunciemos las obras de amor que el Padre realiza por nuestra salvación, por nuestra justicia. El ser bautizado es un don, es puerta que nos abre a la misión del anuncio del Evangelio.

Somos elegidos por Dios, hemos sido llamados y tenemos un compromiso: dar lo que tenemos que dar. Luchar lo que tenemos que luchar, salvar lo que está condenado, buscar a quien está perdido, amar a quien necesite ser salvado. El Bautismo es un privilegio, es una respuesta a una llamada a la conversión y al servicio pero también es tarea y misión. Ser bautizado implica vivir para darse, llenarse para vaciarse. Dejar que Jesús crezca, aparezca y se manifieste en lo que hacemos y en lo que decimos.

Al comenzar el tiempo ordinario, la oración colecta nos habla de no perder el ser complacencia de Dios. El que no dejemos de dar gusto, de complacer a aquel que quiere serlo todo en nuestra vida. Sabemos que somos amados y que Dios en nosotros se complace pero eso requiere que también tengamos algún gesto para complacer aquel que lo es todo en nuestra vida. Complacer a Dios amando a los demás es lo que se nos pide. Y el Bautismo nos hace capaces. Al fin de cuentas en este sacramento no solo nos identificamos plenamente con el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús sino que nos hacemos otros Cristos, ungidos en el amor del Padre, para los demás.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.