Miércoles, diciembre 07, 2016

PARA ESTA SEMANA: AGOSTO 31 DE 2015.

Lo esencial se lleva al corazón.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo cordial con los mejores deseos de paz y bien en el Señor para la semana que comenzamos. Una semana en paz, con el corazón deseoso de vaciarse de todo aquello que no es de amor, de Dios y con grandes propósitos para vivir en libertad.
 
En el caminar de la fe el pueblo de Israel descubre a Dios se hace el encontradizo; que existe un Dios que salva, que libera, que llena de alegría y de esperanza la vida. Dios de promesas y de fidelidad. Dios que llama, que elige y que respeta la libertad. Dios que en todo quiere la dignidad del ser humano. El Dios del amor que crea, que acompaña y que redime. Dios que se hace fuerza en la debilidad, pan y agua en el desierto. Vida eterna, resurrección y esperanza en Jesús.
 
El pueblo de las promesas; el pueblo de Abraham, de Isaac y de Jacob, tenía que sentirse orgulloso de haber sido llamado, elegido. Había proyectos para el pueblo y desde éste para el mundo. Este pueblo tenía una carta de identidad que lo hacía único. La carta que lo identificaba era la ley de quien le amó y le eligió; viviendo esta ley Dios mismo sabía que el pueblo no tendría de qué preocuparse.
 
La ley era el camino de la plenitud, de la vida, de la alegría. Desde la ley está el hecho de ser auténticos y plenamente felices.  La ley era el marco de referencia, era lo más divino, la expresión del querer de Dios en letras que el pueblo tenía para no perderse, para saber que desde Dios se podría amar, ser fiel, respetar la vida, lo ajeno; amar la verdad y sobre todo ser limpio de corazón.
 
Lo esencial, era claro, se llevaba en la mente, en el corazón, en la vida. Las personas convencidas de Dios obvian los detalles de las normas, van directo al corazón; quien ama sabe bien que los detalles complican lo esencial. La ley tenía un nombre: el ser humano y tenía un lugar: el corazón. La ley no ataba, la ley  iba en contra de nuestras propias envidias y egoísmos, iba en contra del desamor, de la indiferencia, del desprecio por el otro.
 
Algo pasó en la historia y se aprendió a amar e imponer la ley pero se olvidó el sentido y  por eso Jesús encontró la ley llena de leyes. Encontró un ser humano atado por la ley, a muchos condenados y juzgados por la ley. Encontró desprecio e indiferencia hacia los demás y todo justificado en la ley. Encontró la ley pero no al ser humano. El hombre; su capacidad de amar, el perdón, la alegría, ya no estaba. Dios y toda experiencia de Dios habían desaparecido.
 
Para Jesús era claro que la ley era expresión de la sabiduría de Dios y el pueblo, desde la ley de Dios, se comportaba de manera inteligente. En la ley del Señor todos se hacían y se pueden hacer cercanos.
 
Nuestra manera de vivir, de relacionarnos, de comportarnos con los demás, expresa también nuestra fe. Dios nos debe marcar tanto la vida que nuestra vida se convierte en expresión, en presencia de Él para los demás. Al ver cómo nos amamos, cómo somos compasivos, al ver nuestra generosidad, la gente debe descubrir, como también lo hicieron con los primeros cristianos, al Dios que nos ha llenado de paz, de alegría, de amor.
 
Con mi bendición:
 
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd