Jueves, diciembre 08, 2016

PARA ESTA SEMANA: AGOSTO 3 DE 2015.

Tengamos siempre hambre de amor.

 

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Una semana de bendiciones en la que podamos saciarnos del Pan que da la vida eterna y de agua que acaba con la sed. Pan y agua que son Jesús que ha venido para que no tengamos miedo, para que en Él nos sintamos seguros y amados y para  que cuando estemos agobiados o cansados, hallemos en Él alivio y consuelo. Una semana para seguir dando lo mejor porque lo llevamos en el corazón.

Nos dice el Evangelio que lo que Dios quiere es que nosotros creamos en Jesús, enviado por Dios, en su Hijo único (cfr. Jn. 6,24-35); si ponemos en Él la fe, si creemos en Él, no solamente nos descubriremos como seres de amor, hechos para amar, capaces de perdonar, de servir, de tratar con dignidad a los demás, sino que también podremos hacer las obras que Él hace. Irradiar la bondad y la ternura de Dios.

Creer en Jesús es reconocer a un Dios que nos busca, que viene a saciarnos, a quitarnos el hambre y a colmar nuestra sed. Es creer en un Dios que nos reconcilia, que nos ofrece en su amor, el perdón de los pecados y que quiere que nosotros tengamos vida eterna viviendo concretamente la experiencia de la fe.

Conocer a Cristo, encontrarse con Él de corazón, cambia la manera de vivir, de amar y de servir. Jesús nos abre al otro así sea nuestro enemigo y nos invita a orar por ellos y a ser misericordiosos como lo es el Padre. Jesús amplia nuestro concepto de familia porque nos hace, con su vida, hijos en Él que es el Hijo  y nos hace partícipes de la herencia reservada para los que aman a Dios.

Creer en Jesús para llenarnos de vida y la vida de esperanza. Para dejar de caminar por el desierto y meternos en los valles en los que el Señor nos preparará un banquete suculento.  Ya no habrá más Maná, un alimento que sacia y desaparece; ahora tendremos Pan de vida, que entrando en cada uno nos llena de eternidad. Su sabor es a cielo porque en ese Pan se encierra todo el misterio de amor eterno que el Padre siente por sus creaturas. Ahora el hambre es de eternidad y el Pan bajado del cielo es Jesús que es vida eterna. Un encuentro en cada comunión: La eternidad abajada y el ser humano eternizado, divinizado.

Trabajemos por creer en Cristo, por afianzar la fe y también para que Él sea conocido y amado; trabajemos por vivir el cielo en la tierra no perdiendo la conciencia del Pan que nos alimenta y la fe que nos fortalece. Trabajemos por el alimento que transforma el ser desde dentro, que se queda para siempre, que se hace carne en la carne; que se encarna en cada uno sin dejar de ser Él mismo la carne, el Pan que nos nutre. En Jesús somos lo que comemos. Somos en Él y ÉL en nosotros.

Tengamos hambre, pero esa hambre que Jesús puede saciar: hambre de justicia, de amor, de paz. Hambre de Dios. Saciados y llenos de justicia, de amor, de paz, de Dios seremos diferentes y daremos de lo mismo que nos sació el hambre de ser cada día mejores, cada día un poco más eternos, de Dios.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd