Viernes, diciembre 09, 2016

PARA ESTA SEMANA: AGOSTO 10 DE 2015.

Dejemos de amar con un amor gastado.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor; para cada uno la mejor de las semanas y que Jesús Pan vivo bajado del cielo sea el alimento que nos conforte y llene de fuerzas para vivir una semana en paz y en amor.

En el Evangelio de san Juan Jesús se  nos presenta como Pan de vida; Alimento que viene de lo Alto (Cfr. 6, 41-51) Es Cristo que se hace Pan de vida y además Pan que nos acerca a la experiencia de la eternidad, de la resurrección, del darse y también del llenarse del amor que en Él Dios nos ha dado.

Un Pan que es divino, Cristo, y que nos llega en esos momentos difíciles de la vida. Ahora que muchos han perdido el rumbo, que deambulan como ovejas sin pastor, que están o estamos de aquí para allá buscando quien sane, quien libere, quien hable de Dios, quien perdone y nos acoja tal y como somos. Justo ahora en estos tiempos en los que nadie cree pero se cree en todo; tiempos en los que nadie espera pero en los que la ansiedad y los miedos manejan la vida. Justo ahora que estamos viviendo proyectos sin Dios pero en los que todos queremos que Dios se manifieste y nos muestre el camino. En estos tiempos de incoherencia; de hastío y de hambre, de amores y de odios, aparece Jesús, humildemente, como aquella vez diciéndonos: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo y quien come de este pan tendrá la vida eterna”. Nos dice que hay que comer de este Pan hasta saciarse, que Él está dispuesto a calmar nuestra sed para siempre. Jesús mismo se nos ha propuesto como camino, verdad y vida; como la Luz que ilumina las tinieblas y como quien puede aliviarnos en nuestros cansancios. Estamos  en los tiempos de Dios y debemos abrir el corazón para acogerlo.

Es en estos tiempos que Jesús llega a nuestra necesidad, toma la iniciativa, quiere saciarnos. Es verdad que nos pide lo poco que tenemos para que desde nosotros el mundo quede saciado, pero también es verdad que cuando nos damos Él hace que sobre, que haya para todos. El que el amor que se da, se convierte en un manantial que salta hasta la vida eterna.

Jesús ha visto al Padre, lo conoce, sabe de su corazón amoroso que se acerca y nos sana con su misericordia, por eso creer en Jesús es ya sentir la salvación; es descubrir el rostro lleno de amor y bondad del Padre que se revela en Jesús. Y Dios nos ha dado la comida.

Despertemos como lo hizo Elías del sueño que paraliza; dejemos el desaliento y las ganas de no luchar; dejemos de creer en desesperanzas y fracasos. Comamos el Pan de vida eterna que ha bajado del cielo. Ese Pan, Eucaristía, nos llena de fuerza para “levantarnos” y caminar; Y salir de nosotros y cumplir la misión para la que hemos sido enviados, nacidos: la misión del amor.  Nuestros cansancios no son superiores al amor que se hace Pan, comida de salvación. Nuestras desilusiones y tristezas no son superiores al vino, la sangre que nos conforta. Cristo ha venido para quedarse y ahora es también Carne, Sangre, Pan, Vino. Ahora es Eucaristía.

Yo espero que no sea nuestra prepotencia la que siga cerrando caminos de salvación; muchos se siguen cerrando a la experiencia de Dios que trasciende la limitación humana. Nos falta reconocer que muchos de nosotros, teniendo una estructura sólida porque venimos de Dios, fuimos construidos con arena (desamor)  Muchas de las frustraciones no son sino falta de amor; muchas de las expresiones de dureza, de soberbia, no son más que falta de amor; muchos heridas y rencores que se guardan en lo más íntimo son consecuencia de una vida sin amor.

De una vez por todas nos tenemos que abrir a Cristo y al camino por Él propuesto y ser capaces de dejar, de vaciarnos, de convertirnos, y no seguir llevando un Dios sin vida y sin experiencia que solo se ama y se guarda en las tradiciones. Abrámonos al Evangelio y la aventura de amar a los demás con un amor propio y no gastado como con el que hemos amado hasta ahora.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd