Viernes, diciembre 02, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: SEPTIEMBRE 5 DE 2013.

Ser cristiano era tan importante que a nadie le importaba.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo cordial con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que nos invita a seguirlo de una manera mucho más comprometida, renunciando a todo lo que no es él y por lo tanto desdice una forma concreta que tiene el cristiano de vivir y también nos invita a tomar la cruz, que no es otra cosa distinta que la cotidianidad con todas las oportunidades que nos ofrece de crecimiento y de proyección del amor.

El texto que nos viene propuesto en la liturgia de la Palabra para el próximo domingo es de Lc. 14, 25-33 y no puedo negarles que el encontrarme con este Evangelio ha sido de nuevo un confrontarme con mi experiencia de fe y con mi forma de ser cristiano. Yo también, como muchos de ustedes, fui de aquellos bautizados en los que el asunto religioso era tan importante que no le importaba a nadie. Ser cristiano era tan de todos y tan de la sociedad, que no era de nadie ni afectaba a la sociedad de raíz. Una época en la era normal que te bautizaran y en la que no ser bautizado era ir en contra de un pensar de la mayoría y era sinónimo de estar dispuesto a recibir todos los males, las enfermedades. Un cargar con un limbo que sabía a condenación en caso de muerte sin ser este el sentido de un “lugar” que había dejado de existir porque era contrario al amor misericordioso de Dios.

Me hicieron discípulo del Señor, por la gracia del Bautismo; me hicieron cristiano, uno más de las de masas sin levadura. Estaba como aquellos de los que el Señor sentía compasión porque andaban como ovejas sin pastor y porque ni sabían que era lo que pretendían del Señor.

Soy de la época en la que ser cristiano poco implicaba la vida personal. De aquellos de misa dominical que evitaban así pecar mortalmente. De rezos, devociones, procesiones cuando tocaba o se necesitaba pero con una vida en la que lo religioso, Jesús y su mensaje no tocaban la esencialidad del yo. Me tocó la época del cristianismo de ritos, de mucha gente, de costumbres, de imposiciones, de aprender mandamientos y sacramentos, pero que no iba más allá. De la época del cristianismo donde el gran ausente era Cristo y a Dios se le temía por su amenaza constante de venganza, de castigo, de infierno.

Y sigo bautizando niños porque no puedo negar el sacramento a nadie. Y tengo miedo de estar escribiendo la misma historia, quedándome en la misma época, siendo protagonista y propagador de una religión como en la que yo mismo fui formado. No niego que los padres de los niños, cuando aparecen, dicen que se comprometen a educarlos en la fe. Pero me falta, nos falta y les falta calcular. Falta sentarse y pensar las cosas. Nos imponen unas cargas sin ser conscientes de las mismas y después nos quieren pedir cuentas de una fe que sigue siendo ciega y extraña.

La vida en Dios no es como aprender a leer y escribir. Ni siquiera eso es necesario en la fe. La Iglesia no se escoge como los colegios o las universidades por tradición o por lo que ofrecen. Nuestra opción es Jesús, nuestra fe se llama Jesús.

Ser cristiano va mucho más allá de una “formación religiosa”. Es una vida religiosa, marcada por Dios, por su querer, su voluntad. No es saber cosas, mandamientos, normas. Es implicar de tal manera el corazón, que solo viva y sienta amor. Es infundir tal respeto por los demás que todos acaben siendo amados.

Si la semilla es realmente para que crezca, si los bautismos son para injertarnos en Cristo y seamos formados en su Evangelio, en la escuela del amor, de la renuncia, de la humildad, de la cruz… bienvenidos católicos, familias creyentes. Pero si es por santería, por devociones piadosas por miedos a pestes y enfermedades; no hagamos indigno el nombre de Cristo. El Dios de Jesús está por encima de cualquier religión y somos de Dios desde la eternidad. Esta opción es una manera de vivir, de amar, de entregarse. La causa de Jesús es el Reino, eres tú y soy yo dignos todos de amor y de perdón.

Somos seguidores de Jesús, vamos de camino. Démosle importancia, centralidad a Jesús. No podemos seguir viviendo un cristianismo sin Cristo, sin fe, sin cruz, sin renuncias. El cristiano es capaz de desprenderse inclusive de sí mismo. Desprenderse para que Cristo reine en el corazón; que él sea la razón de ser de todo lo que hacemos. El principio y el fin.

Con el cristianismo tenemos que aprender a ser responsables. Tenemos que convencernos que nuestra opción en Jesús es por Dios Padre. Vivir como Hijos, ser conscientes de “llevar su nombre” su grandeza, su dignidad.

Nuestra opción es por Jesús que es el rostro del Padre, es el camino que nos lleva al Padre, es la verdad que nos habla del Padre. Lo mínimo en nuestro caminar hacia Dios es ser como Cristo. Cristificar la existencia de tal manera que Dios se vea reflejado en todo lo que hacemos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd