Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: SEPTIEMBRE 26 DE 2013.

Ser pobre para saber esperar y ser rico para poder compartir.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo y los mejores deseos de paz para el fin de semana.

El próximo domingo nos encontraremos con la parábola del pobre Lázaro y el rico (Lc. 16, 19-31) Parábola que desde siempre nos ha cuestionado sobre el uso de la riqueza y que al mismo tiempo se convierte en una invitación al compartir.

Lo de Jesús no es condenar a unos para salvar a otros. Es invitar a la concreción del amor, al respeto de las personas y a la generosidad. Quien no lo hace tiene los días para hacerlo, para convertirse, y quien lo hace está invitado a perseverar.

El problema no es ser rico ni pobre sino el compromiso que yo tengo, desde lo que soy y tengo, desde mi riqueza o mi pobreza, con los demás.

El centro del mensaje de este Evangelio no es el dinero; el problema es el de la riqueza cuando no nos permite ver o ayudar a los pobres. Esa riqueza que encierra y levanta muros que alejan de la realidad. El mensaje de Jesús nos lleva a pensar en mi relación con Dios, conmigo mismo, con los demás y hasta dónde soy capaz de llegar con Él (El Señor) en la confianza que me pide, en la renuncia.

Estoy seguro que en muchos momentos de la vida nos hemos intercalado los personajes de la parábola del rico y el pobre Lázaro.

Muchas veces nos encerramos tanto en nuestras cosas, en nuestra realidad, en nuestro “palacio” a gozarnos en auto suficiencia de lo que somos y tenemos que nos olvidamos o lo peor, no nos damos cuenta que a la “puerta” alguien necesita de nosotros y/o de lo que podemos compartir. Pero también, estoy seguro, que algunas veces hemos sido nosotros los que nos hemos sentado a esperar “las sobras”, lo que queda de las personas.

Se mendiga afecto, amor, ternura, diálogo; creo que hasta podríamos afirmar que somos unos eternos mendigos, esperamos de los demás lo que nos puede hacer felices. Parte de mi felicidad eres tú y lo que Dios te dio para que lo compartieras conmigo.

Tal vez por eso mismo la importancia de mirar, de ser mirados. Y lo dañino y condenador que es la indiferencia, el pasar de largo, el no querer detenerse.

El Evangelio va a la solidaridad, al compartir, al darse cuenta. Y es que a veces le damos a quien no lo necesita y pasamos de largo o ignoramos a quien lo necesita. No es dar a quien pueda pagarme o devolverme. Es dar a quien solo le queda el corazón para agradecer en amor lo que puedo darle.

Siempre habrá alguien capaz de ponernos en situación límite de miseria y siempre habrá alguien que nos acuse de haberlo llevado al límite de la pobreza.

Rico o pobre es relativo a la cantidad. En la vida encontraremos personas que están mejor y otras que están peor que nosotros.

La pobreza tiene nombre concreto, está a tu lado, en la puerta de tu casa. No te encierres que el rostro de la pobreza es un ser humano. El rico no tiene nombre es un don nadie que solo vive para sí y acumula soledades y necesidades que luego nadie las podrá saciar.

Me queda la inquietud si seremos capaces de llegar al punto de equilibrio. Ser pobre para saber esperar y ser rico para poder compartir. Dar y esperar; compartir y confiar. No encerrarse en la riqueza sino ser capaces de empobrecernos para llegar a ser realmente ricos: herederos del Reino de los cielos; capaces de morir para tener vida eterna. Confiar es la tarea.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd