Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 9 DE 2014.

A las cosas de Dios debemos estar atentos

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo.

Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que nos recrea en constante bondad.

En el Evangelio que nos encontraremos el próximo domingo (Mt. 22, 1-14) veremos que existe un grupo de personas que están invitadas, de manera especial, a la experiencia del Reino, al encuentro con Jesús, al banquete que expresa el vínculo de amor entre él y nosotros, su Iglesia. Banquete preparado por el Padre en el que quiere que estos invitados, gozando de la alegría que se tiene por la presencia del hijo, cuenten; anuncien a los suyos que ya el amor de Dios, del Rey, en su hijo, es verdadero, palpable. ¡Se ha hecho carne!

También existe otro grupo, el de la gente que anda por los caminos, la gente sencilla, trabajadora, que está atenta a lo que ordenan sus señores. La gente abierta, esa gente que para muchos no cuenta, que no eran dignos para la salvación. Esa gente que Dios mira con ternura y bondad. A la que se le anuncia el Reino y cree, la que escucha la palabra de salvación y la pone en práctica. Esa gente a la que Dios le revela sus cosas ante la cerrazón, la terquedad, el desprecio o la indiferencia de los que estaban liderando religiosamente al pueblo o que en la actualidad. Lo puede estar liderando. De aquellos del primer grupo.

No sé de cual grupo seas o te sientas. No sé qué tipo de cristiano seas, si de los que se sienten parte de un proyecto de amor y de transformación de la humanidad desde el Reino de Dios que es justicia y verdad o de los que sencillamente creyendo ser no son, de los que dicen sí cuando la actitud es no.

Y es que hay que caer en cuenta que tanto tú como yo, lo creo, somos de los privilegiados. Hemos recibido la fe como un regalo que se expresó, se concretó en el bautismo; supimos del amor de Dios y del don del Espíritu desde niños. Hemos sido bendecidos con la Palabra al poderla palpar, leer y escuchar, nos podemos alimentar del Pan de vida eterna que es resurrección y vida y si fallamos nos podemos reconciliar, convertir, volver a los caminos de Dios confiados en su amor.

Podríamos también ser del grupo de los pequeños, de los sencillos, de los que, ante el rechazo de los privilegiados nos alegramos y alimentamos con las migajas del amor de Dios que son más que suficientes para ser felices, para alcanzar la plenitud, para satisfacer nuestra hambre de eternidad. Pero claro está que sí hemos de acoger la invitación de Dios, si ahora tenemos el privilegio de ser testigos y de participar del banquete del Reino debemos disponernos. No podemos llegar de cualquier manera.

Dios nos pone un traje de gala, el Rey nos invita al banquete y también se encarga de hacernos dignos. Hay que prepararse. No llegues de cualquier manera, no estés dentro vistiendo como los de fuera. Dios te ha dignificado, te ha engrandecido, te ha mirado con bondad. Te ha llamado y por eso espera también tu respuesta, nuestra respuesta digna. El amor de Dios nos hermosea, nos viste, nos quita la desnudez y nos hace limpios, puros.

Dios nos busca, nos llama. Nos manda a encontrarnos, nos invita. Nos hace dignos de la alegría que siente ante la entrega y el compromiso con la humanidad. No rechacemos la invitación. Dejémonos encontrar por Él y ante esto respondamos con generosidad, dispongámonos de corazón para no hacer indigna la vida y el amor del Hijo de Dios que vino a ponernos el traje del amor.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd