Domingo, diciembre 04, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 31 DE 2013.

La fuerza del Corazón.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo.
Reciban mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús que en su amor no deja de pasar por nuestras vidas, no deja de mirarnos y no deja de invitarnos a nuestra propia casa que es el lugar de encuentro y de conversión.

Nuestra casa siempre será para Jesús el mejor lugar para encontrarnos, para salvarnos; es en la casa donde “somos” lo que somos y es donde mejor nos conocen y donde estamos llamados a ser testigos de la experiencia de conversión que genera Jesús.

Nos cuenta san Lucas (19, 1-10) que Zaqueo quería ver a Jesús. Zaqueo preguntó por dónde caminaría, por dónde pasaría. Zaqueo era jefe de los recaudadores de impuestos, es decir que para los demás era un pecador.

Seguramente muchas cosas le habrían contado sobre Jesús. Y no quiso sacar disculpas para no verlo y por eso es que se esfuerza. Un rico, un jefe, se sube a un árbol para ver a Jesús; esta escena tiene que ser motivo de murmuraciones y de burla de mucha gente pero también estoy seguro que en el corazón de Zaqueo no solo estaba la inquietud por verle sino también esa sensación extraña que se siente en el corazón cuando presiente que algo va a suceder. La fuerza del corazón que rompe todos los esquemas.

Por eso Jesús más que pasar por nuestra vida o nuestra casa debe pasar también por el corazón.  Cuando él nos toca somos capaces de hacer locuras que cambian totalmente la vida sin importar lo que puedan decir o pensar los demás.

Y Jesús se queda esa noche en casa de Zaqueo. Dos miradas que se encuentran, dos proyectos de vida que se miran. Dos hombres distintos en el mismo camino. El pecado y la gracia, la pobreza y la riqueza material. La grandeza y la pequeñez. Todo en cuestión de segundos se transforma. Un perdido que quiere ser encontrado. Un rico que comparte sus cosas cuando descubre que su mayor riqueza es Jesús y que la alegría está en compartir. Uno que es pecador se llena de gracia porque aceptó la propuesta de Jesús y lo acogió en su casa. El corazón se llenó de alegría y se enamoró cuando se sintió mirado y acogido por Jesús. ¡Tenía razón el corazón de Zaqueo! y valió el esfuerzo hecho por ver a Jesús.

Dios no se cansará de pasar por nuestras ciudades, casas; por nuestra propia vida. Siempre nos mirará y querrá quedarse para siempre en nuestras vidas. Y es que Él tiene compasión de todos, nos lleva al arrepentimiento. Dios que nos ha llamado a la existencia es indulgente, amoroso, paciente. Dios nos ha y nos sigue mostrando su amor y el deseo infinito de que seamos libres y felices. Una vida sin ataduras.

El encuentro con Jesús trae consigo un liberarse de todas las cosas que sabemos no están bien; trae un cambio de vida que implica sencillez, apertura y generosidad. El encuentro con él genera confianza y en él descubrimos que se puede vivir con sencillez y con amor. Lo fundamental está siempre en el querer, en la fuerza del corazón. Cuando nos decidimos ver o conocer a Jesús nos damos cuenta que el perdón es ya su primer regalo. Y que el amor es su donación definitiva.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd