Sábado, diciembre 10, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 30 DE 2014.

En el corazón habitan, ellos nunca se han ido.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Nos disponemos desde ahora para iniciar una nueva semana, un nuevo mes. La vida sigue, los días pasan y nosotros no podemos seguir desaprovechando la oportunidad que nos regalan los minutos para dar lo mejor de nosotros, para llenar todo de amor y de paz. Nunca es tarde para comenzar a caminar dejando huellas en los corazones que necesitan de nuestro pasar por sus realidades.

El próximo domingo estaremos orando por todos nuestros difuntos. Seguramente nos sentaremos a recordarlos en un ambiente de silencio y de oración; le daremos gracias a Dios por lo que siguen siendo aún para nosotros desde la eternidad, esa que queda en el cielo, en el corazón, en el recuerdo más íntimo desde donde les seguimos amando. La eternidad, el lugar donde habitan nuestros difuntos, ya es presencia. Ellos son parte de nuestro cielo y el corazón es donde nos habitan. Dios gusta de la intimidad del corazón y ellos están en Dios. La muerte marca otra manera de existir, la misma en la que existen los que para muchos existirán y que desde ya Dios llama por su nombre.

El dos de noviembre es para dar una mirada a nuestros difuntos. Una mirada desde el corazón que es el lugar en el que siguen permaneciendo, en donde experimentamos que nunca se han ido.

Es el corazón el lugar donde se guarda la memoria de las personas que amamos y desde el que oramos por todos los vivos y los difuntos. Y oramos porque tenemos la certeza que aunque no les vemos ni les tocamos siguen vivos, siguen ocupando el lugar que desde el amor siempre han ocupado. Sabemos en fe que con la muerte no los hemos perdido sino ganado para el cielo. Y oramos porque en Dios nos escuchan y acompañan. Ellos ahora son nuestros intercesores.

Este domingo será un gran día para pensar no solo en la muerte sino también en la manera que nosotros, cada uno de nosotros está muriendo, es decir, nos estamos preparando para el encuentro con nuestro Padre.

La muerte nos permitirá gozar de Dios de una manera diferente porque sabremos lo que es sumergirse en la infinidad del océano, en la grandeza incondicional del amor. Ahora viviremos en su corazón, en su Ser. Seremos en Él, semejantes en Él. Santos por el amor. La muerte será el momento culmen del abrazo, la oportunidad de sentir el gozo de los que son perdonados y el momento para disfrutar el sabor de las lágrimas que da el sentir la misericordia del Padre que nos acoge de nuevo en su casa, en su corazón, en su amor.

Reunirnos para orar por los difuntos es hacer cercana la eternidad, sentir su presencia, saber que tenemos un destino que es el mismo: amor.

Con esta conmemoración estamos siendo invitados a tomar conciencia que esta vida es también para vivirla a plenitud. Y es que los años se pasan entre decisiones, amores, desamores, retos, posibilidades de dejar huellas y de construir. La vida se pasa entre alegrías y tristezas, en salud y enfermedad, pero aun en todo esto procuremos que nunca se pierda y siempre se viva en la certeza del amor de Dios y en la esperanza que es la puede llenar los vacíos y las tristezas y nos da la fuerza para seguir, para luchar, para avanzar. La muerte es un acto que si llenamos de esperanza tendrá sabor a victoria, a presencia a eternidad. Sabor de encuentro y de vida.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd