Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: OCTUBRE 24 DE 2013

A mí una religión que me enamore de Dios

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor que se complace siempre en los humildes y sencillos y en su amor nos hace justos para que podamos servir a los demás desde la bondad de un corazón totalmente renovado en el amor.

En el Evangelio de Lucas, que escucharemos el próximo domingo, Jesús nos habla de “los que desprecian a los demás por creerse a paz y salvo con Dios”. ¡Y muchos hemos conocido de este tipo de personas tanto en la Iglesia católica como fuera de ella!

Casi todos hemos conocido personas que en lugar de ayudar al que cae, peca o falla, lo que hacen es hacerlo sentir mal y lo torturan psicológicamente de una manera tan dañina que Dios deja de ser el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios del amor y de la misericordia, “lento a cólera y rico en piedad” para convertirse en el “dios” verdugo que solo perdona y salva cuando perteneces a un Iglesia o a una secta determinada.

Muchos hemos conocido personas que diciendo que aman y quieren ayudar al prójimo, “salvándolo”, y “liberándolo” de pecados y ataduras, lo único que acaban haciendo es condenarlo, sepultarlo, acabarle la estima que podían tener de ellos mismos para crear un mundo de intereses donde el único beneficiado es el detector de diablos, demonios e infiernos. ¡Y saber que el amor a los demás y enseñar a amar a los demás parte de un principio “como así mismo”!

El negocio fundado en las predicaciones sobre el mal, el diablo, Satanás o sobre ataduras, brujerías y cosas por el estilo, han sido bien rentables y quien de veras no ama a Dios necesita estar buscando seguridades y comprando liberaciones y salvaciones por dudar de la bondad y de la misericordia de Dios. Prediquemos el amor a Dios y al prójimo y seremos libres. Para eso ha venido Cristo.

El pasaje del Evangelio (Lc. 18, 9-14) genera también en mí una pregunta: ¿Después de orar y después de haberme encontrado con Dios cómo quedo? Debería quedar fortalecido, lleno de esperanza, iluminado. ¡Transfigurado!

El fin de la experiencia religiosa que es la unión con Dios, no debe hacer de nosotros personas “apartes” sino diferentes en cuanto somos capaces de apostar al amor, a la misericordia y a la acogida. La experiencia real de Dios, debe acercarnos a los demás, no alejarnos. La experiencia de Dios se vuelve acogida, servicio. En un dar y no solo un recibir.

No es que yo no sea como los demás, es permitir que los demás existan y sean en mí desde su diferencia, desde la propia realidad. Si algo acerca y transforma la vida de los demás es el amor, la acogida y la generosidad. Demos razones para cambiar y ser felices y no razones para vivir con inseguridad o desconfianza el amor a Dios, el amor de Dios.

A mí no una religión que me purifique a mí una religión que me enamore de Dios, de mí y de los demás. Que me ayude a confiar pero también a luchar; que me ayude a ser justo pero también amoroso. Que me transforme desde el corazón que es donde anida la maldad que podemos hacer.

No es quedarse a un lado del otro para no contaminarse ni tampoco sentarse resignado a reconocer las culpas. Es un humillarse y ponerse en Dios, en su amor, para volver a la casa, al trabajo, a los amigos “justificados”, capaces de hacer el bien y entender que todo nos viene de Dios para los demás. Volver justificados es regresar con el corazón tan lleno de paz y de amor que ya nadie ni nada sea capaz de apartarnos del amor de Cristo.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd