Viernes, diciembre 02, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: NOVIEMBRE 27 DE 2014.

Tenemos a Dios pero no nos dejamos encontrar por Él. ¡Nos le escondimos!

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo.

Nos disponemos a comenzar el Adviento. Este tiempo que nos habla de la espera y que nos invita a llenar de esperanza nuestra realidad, nuestra vida porque triste es la experiencia y dolorosa la sensación que deja el sentir que Dios está ausente. Que ha decidido permitir que cada uno, con la libertad que le acompaña, elija el destino de su eternidad y así mismo siga siendo partícipe del acontecer del mundo, de lo creado.

Dios ha impreso su ley en nuestro corazón y ha llenado de amor nuestra existencia, pero muchos han decidido vivir matándose y no llegan a adentrarse al corazón para conocer el querer de Dios. Y es que a Dios se llega en silencio, soledad e interioridad mientras que al mundo se llega saliéndose cada uno de sí mismo, descentrándose, para que sean las cosas y hasta otras personas las que llenen el vacío que se deja cuando ya no existimos para vivir. No en vano Jesús habló, en su oración sacerdotal, de estar en el mundo pero no ser del mundo.

Muchos estamos sin Dios y nos vamos dando cuenta que le necesitamos, que este mundo se quedó sin humanismo, sin sentimientos. Que a este mundo, que solo busca el bienestar, se le olvidó ser feliz, se le olvidó el ser humano en su esencia más íntima del amor y de la ternura.

El mundo nos acerca pero nos aleja de los cercanos. Este mundo ya no escribe la historia porque ya no hay quien la lea. Este mundo ya no habla porque está ocupado creyendo hablar cuando escribe letras al aire. Este mundo, tú y yo nos llenamos de amigos y de amores. Pero no sabe ni sabemos el valor de la amistad y la entrega del amor. Ahora hay tantos amigos que hasta nos sobran porque cuando queremos hablar nadie nos escucha, cuando queremos llorar nadie nos consuela. Cuando queremos ser hasta se nos olvida que somos de Dios.

Necesitamos prepararnos para un acontecer nuevo, para dejar escrita, a los que vienen, una nueva historia. Necesitamos, urgentemente, abrirnos de nuevo a la esperanza, a la sencillez, al diálogo ¡A Dios! Y es que como dice el profeta Isaías: “Nadie vio que jamás otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en Él. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos” Dejémonos encontrar por Dios, practiquemos la justicia, vivamos en el amor y en el perdón para que Él vuelva a llenar este mundo (tu vida, tu casa, lo que haces) de su fuerza y su amor.

Que el corazón se llene de la esperanza de los que confían en Dios. De aquellos que saben que Él pasará por la vida como un viento suave, como un murmullo, como un Pastor a pesar de las adversidades, de las tristezas, de la muerte. Dichosos los que esperan en Dios sin cansarse y sin exigir porque saben que cuando se cumpla el tiempo todo se dará. Pero… Como lo pregunta el mismo Jesús “encontrará Dios fe en la tierra” creo que mientras sigamos viviendo tan egoístamente como lo hacemos, mientras perdamos la conciencia de la divinidad, mientras sigamos optando por la soledad y por encerrarnos en los palacios a banquetear espléndidamente, creo y estoy convencido, que no habrá fe sino hombres y mujeres llenos de cosas y vacíos por dentro. Es decir una humanidad que de nuevo debe ser salvada y a la que se le debe anunciar el amor como centro y como meta de una experiencia de felicidad y de justicia.

Eso pasó hace más de dos mil años y desde ahí sigue pasando porque el ser humano aún no entiende que la plenitud de la vida es el amor y un amor que no cansa ni se cansa. Esta humanidad sigue sin ir a la última a cena a recibir el mandamiento que nos dejó Jesús que nos amaramos los unos a los otros y sigue sin leer ni a san Juan en su primera carta ni a Pablo en su primera carta a los Corintios.

Esta humanidad tiene a Dios pero no se deja encontrar por Él. Adviento nos invita a la espera llena de esperanza y ponernos en camino para que Dios nos encuentre en vela.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd