Viernes, diciembre 02, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MAYO 21 DE 2015.

“Como el Padre me ha enviado. Así también los envío yo”
Es Pentecostés, es decir, que han pasado 50 días después de la Pascua y los discípulos están en Jerusalén, algo les hace falta para salir, para atreverse. Ellos, ellas; discípulos y discípulas con María la madre de Jesús, esperan la luz, la fuerza que los haga capaces de vencer los miedos, de anunciar, de perdonar. Les hace falta quien colme de seguridad su fe, quien abra las puertas ante el encierro, quien les done la paz que han perdido.

Y es justo en Pentecostés, en la fiesta de las semanas, de las cosechas, que Dios irrumpe de nuevo en la intimidad de los discípulos. Había que aprovechar que la gente llegada desde tantas partes a Jerusalén para que los discípulos salieran y le anunciaran al mundo el Evangelio, el triunfo de Dios sobre la muerte y la redención actuada por Él en Jesús.

En Pentecostés Dios santificó a todos los hombres y naciones por el don del Espíritu, ahora esperamos que continúe derramando sus dones por toda la tierra y llenando los corazones de las maravillas que produce el amor.

Es Pentecostés y “Como el Padre me ha enviado. Así también los envío yo”, dice Jesús y da el Espíritu Santo a sus discípulos.

Jesús es enviado para salvar, para dar vida, para sanar a los enfermos y perdonar a los pecadores. Jesús ha venido para reconciliarnos con nosotros y con Dios.  Jesús ha venido y Él es Dios con nosotros. Jesús se identifica totalmente con Dios y hace las obras que ve hacer a Dios en favor de los hombres.

Jesús ha venido a mostrarnos a Dios y a decirnos que Él es un Padre que sabe dar cosas buenas a sus hijos, que nos espera cuando nos vamos, que nos acoge cuando regresamos. Un Padre perfecto que da sus dones sin excluir a ninguno y que espera que nosotros demos los frutos. Dios es Padre que nos cuida, nos protege, nos llena de sí en la medida que cumplimos sus mandatos, que nos amamos y que le amamos a Él.

Jesús nos envía como él fue enviado por Dios, por su Padre. Enviados por Jesús llenos de su paz, del Espíritu. Con todo el poder que Dios nos da a través del Espíritu y con una capacidad única de perdonar. Hay identidad en nuestro proyecto y en el de Jesús.

Él ha venido a perdonar y el Padre perdona. Por eso lo primero que llevamos para ofrecer es la paz, el perdón. Espacios de reconciliación y de amor en donde nos ganemos para Dios hasta quien nos hace daño o nos ofende.

Jesús ya les había insistido en la necesidad de perdonar y esto hacerlo siempre sin importar las horas o las ocasiones y es que lo nuestro es enamorar de Dios, llevar a todos a Dios. Y si hay alguien que no merece el perdón que se quede condenado, es decir, privado, ausente de una experiencia de Dios amor. Ya Jesús mismo lo decía el que se resista a creer ya está condenado.

El perdón abre a la esperanza, no tenerlo o no brindarlo nos cohíbe de tal manera que nos perdemos en el propio veneno del odio o privamos a los demás de la alegría de saberse perdonados.  Jesús, solo cuando da el Espíritu Santo, es que invita a perdonar los pecados. ¡Y es que el perdón es divino! Con la gracia del Espíritu, con Dios y desde Dios siempre nos será más fácil el perdón.

Ya no somos barro, llevamos el Espíritu que nos llena de vida y de fuerza. Tenemos vida para dar, amor para amar y Espíritu para santificar.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd