Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 6 DE 2014.

Mirar más allá del propio pecado.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Hemos iniciado la Cuaresma, tiempo que nos invita a mirar un poco más allá del pecado y de la fragilidad, a no quedarnos en el barro o en la añoranza que todo puede ser mejor. Este tiempo es para mirar y poder descubrir la presencia de un amor que nos desborda y nos gana en fidelidad y misericordia. Ese amor que tiene que convertirse en la fuente, en la riqueza y en el recurso más fuerte para poder vivir con claridad y fortaleza nuestra condición de cristianos tan llamados en este momento de la historia a dar testimonio de la verdad en un mundo que clama justicia.

No podemos negar que nuestra vida está llena de tentaciones, siempre estamos anhelando tener más, ser reconocidos, tener poder. Siempre anhelamos dominar. Y que los que son como nosotros sea un poco menos. Esa tentación tan grande que se llama el orgullo, la prepotencia.

Tampoco podemos negar que el mundo está lleno de astutos, de vividores.

Y no es difícil encontrar por el camino, sobre todo en los momentos que nos proponemos ser sencillos, humildes, honestos… a personas astutas que nos estén ofreciendo salvaciones, cosas, premios, grandezas. Gente que sabe jugar con nuestras necesidades tantas veces cargadas de ambiciones y de envidias. Jesús mismo se sorprende de la inteligencia de la gente astuta. Tan capaces de seducir y disfrazar el mal de bien.

El Evangelio del próximo domingo (Mt 4, 1-11) nos presentará las tentaciones de Jesús en el desierto, ese lugar en el que el ser humano toma las decisiones. En el que nosotros debemos también decidirnos.

Jesús es conducido por el Espíritu Santo a ese lugar en donde se encuentra con su propia realidad y necesidad humana pero en donde también él muestra su fidelidad al proyecto de Dios. Es tentado, el astuto aparece en la necesidad y Jesús es capaz de mantenerse y se reafirma en su proyecto de vida. Del desierto sale victorioso, superó la primera y fundamental prueba: mantenerse en las manos de Dios, confiar en Dios, a pesar de la necesidad, sin prepotencias.

Por eso la Cuaresma nos pide también a cada uno de nosotros que, con la fuerza del Espíritu Santo, guiados por Él, nos entremos al desierto.

Y es que el pecado nos ha desnudado, nos ha quitado fuerza, nos ha llenado de temores y de dudas.

El pecado nos ha cambiado de tal manera nuestra vida que ahora todos nos identifican con nuestro mal y no con el bien. Hay que ir al desierto, hay que volver a decidirse por Dios. Nos tenemos que probar a nosotros mismos, ayunar, abstenernos. Hay que orar y volver a la generosidad.

El tentador juega con nuestro orgullo, con nuestro amor propio. Nos desafía, nos hace desobedientes a la Palabra, al proyecto de Dios. Proyecto que se construye sobre la fuerza de la Palabra creadora, Palabra que da vida; Palabra que nos haces felices y dichosos, bienaventurados y familia de Jesús. La Palabra nos une, nos hermana en el Padre y por eso el que nos tienta o nos seduce pretende hacer de la Palabra una mentira.

En el desierto, en este camino de Cuaresma vamos a reafirmar nuestra fidelidad al amor de Dios. Vamos a probar nuestra capacidad de abandonarnos en Él, pero sobre todo, no vamos, ante las necesidades, a forjar la propia tragedia en una historia de amor que Dios ha tenido que escribir y sellar con la sangre. Cuaresma nos recuerda que somos amados, eternamente amados y por lo tanto perdonados y regenerados, nacidos de nuevo en el amor de Dios que por su Espíritu nos sigue guiando por cada desierto que atravesamos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd