Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 5 DE 2015.

“El celo por tu casa me devora”

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien y que Jesús, que sabe lo que hay en el corazón de cada hombre, siga morando con alegría en ese lugar que es nuestra propia casa.

Dios es mucho más sencillo y más cercano de lo que nosotros pensamos o hacemos creer a la gente.

Este domingo nos encontraremos con el texto en el que san Juan nos presenta a Jesús cuando en el templo expulsó a los vendedores, cambistas y comerciantes (Jn. 2, 13-2) Jesús quitando todo aquello que va poniendo limitantes a una relación con Dios limpia, sencilla y sobre todo incluyente.

En el templo Jesús reclama el sentido real de lo que significa este lugar: Casa de Dios, sitio de oración, de encuentro, de intimidad. Lugar de y para ricos y pobres. Espacio en el cual cada uno desde lo que es y lo que tiene se presenta libre ante quien hace historia y camino con el pueblo y todo por el amor que le mueve.

El Templo recuerda el pasar o el caminar de Dios por y con el Pueblo. El Dios que nos salvó, que nos purificó, que nos hizo suyos. El Dios de la alianza y al que nuestros padres le obedecieron y jamás se sintieron defraudados.

El templo es el lugar de Dios. Ahí el pueblo lo siente. El templo recoge todo el acontecer de Dios con Israel. Es la casa de Dios, el referente por excelencia del Dios que libera y que es misericordioso.

Con lo que acaba Jesús ese día que fue al templo y por lo que reaccionó de esta manera, fue con aquellas mediaciones que opacan o ponen precio a la relación con el Padre. Acabó con todo aquello que hacía sentir al rico fuerte y cercano a Dios y al pobre débil y alejado del Padre. Una religión cargada de diferencias y con sabor a dineros, a negocios, a riquezas que hacen de la religión más que una manera de relacionarse un negocio que nace de la necesidad humana del ser supremo que nos ama, nos elige y llama.

A Jesús lo “devoraba” el celo por las cosas de Dios. No le importó lo que podría pasar en ese momento al meterse con tanta gente al tumbarles las cosas o expulsarlos del templo; fue un acto valiente movido por el amor al Padre y por querer recuperar el prestigio de Dios que en la religiosidad de esta gente se había convertido en un “interesado” que se contentaba con signos que podían comprar y que a Él le agradaban sabiendo Jesús que Dios por encima de templos, de lugares, de cosas, gusta del corazón, de la interioridad, de la intimidad del ser humano. Por eso el templo podría ser destruido pero la presencia de Dios en medio de su pueblo y en el corazón de los hombres, jamás terminaría.

Nos dice san Juan que mientras Jesús estuvo en Jerusalén muchos creyeron en su nombre (salvador). Sus palabras, sus actos, su enseñanza… ganaron muchos corazones. Así debe ser nuestra vida. Nuestras palabras y acciones y ojalá el celo por Dios y por las cosas de Dios, ganen corazones para el mundo y este creer en el nombre de Jesús sea sincero porque Él sabe lo que hay en el corazón de cada uno.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd