Domingo, diciembre 04, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 27 DE 2014.

La cerrazón nos vuelve ciegos.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Poco a poco la Cuaresma va llegando a su fin. El próximo domingo es el cuarto y nos trae la noticia de Jesús que va cumpliendo la misión de sanar, de devolver la vista a los ciegos, de predicar la conversión y el perdón de los pecados. Jesús va pasando y nosotros también pasamos delante de él. Jesús se sienta a descansar y nosotros nos sentamos a su lado. Jesús nos habla y se nos va revelando como el Mesías, el Hijo de Dios y nosotros, en el escuchar, vamos sintiendo la necesidad de cambiar y de contarle al mundo que Dios está presente y que nos libera, nos devuelve la luz y nos sacia.

El mundo que andaba en tinieblas vio una gran Luz, nos dice el Evangelio de san Juan.

La alegría de los pastores cuando un ángel les anunció que el Salvador había nacido en un pesebre; la sorpresa de María y de José cuando llegan los pastores y los reyes; las gentes de todo el mundo a adorar a Jesús. La alegría colmada de los ancianos Simeón y Ana cuando Jesús es presentado en el templo… y así muchos detalles que nos muestran como en Jesús el querer, la voluntad, el amor del Padre- Dios- se hace palpable.

Y para descubrir estos misterios, esta grandeza y para recibir los dones y las gracias de Dios solo basta estar abiertos, reconocer que necesitamos un algo más, una fuerza divina que nos ayude a cambiar. Reconocer que estamos ciegos, que tenemos hambre y sed es importante para que el corazón se disponga a cambiar y recibir a plenitud lo nuevo de Dios. Por eso es que ante Jesús puede suceder que los ciegos, los que esperan y confían en el acontecer libre de Dios vean, pero también que los que ven queden ciegos por no querer cambiar los esquemas o por creerse dueños del amor y de la verdad (Jn 9, 1-41)

En cada persona necesitada, en cada enfermo, en cada sufrimiento. En toda frustración Dios se puede y se debe hacer presente a través de nosotros.

En cada gesto de amor, de acogida, de perdón, de bondad, de sanación, de ternura. Dios hace las obras que tiene qué hacer por medio de cada uno de nosotros y es necesario que como Jesús nosotros también hagamos las obras que Dios nos ha encargado. Hay que abrirse a Dios, a sus dones. Él nos hace capaces, junto con Él, de cambiar el mundo.

Es tiempo entonces de volver a la Palabra de Dios, a la intimidad del corazón y a la generosidad frente a lo que el Señor nos está pidiendo. Tenemos que convencernos que todos estamos llamados a involucrarnos con los marginados, los pobres, los necesitados. Todos necesitamos involucrarnos en el plan del Reino trazado por Jesús. Trabajemos todos mientras es de día y dejémonos iluminar por Jesús que es la luz del mundo.

Jesús está dispuesto a transformarnos la vida, está dispuesto a sacarnos de nuestra tinieblas… ¿pero cuántos de nosotros estamos dispuestos a hacer lo que él no dice, nos pide?

Las obras buenas de Jesús están por encima de las normas y de las tradiciones. Las obras buenas están en su corazón y trascienden todo mandato porque son con amor.

Jesús es un profeta en lo que dice y en lo que hace.

En la vida mientras unos consiguen ver y ahora tienen luz. Otros se quedan en sus prejuicios, en sus cegueras y persiguen al que es la luz o se convierte en un desafío para ellos.

Las obras que hace Dios hablan por sí mismas.

Jesús de nuevo se revela. Ahora como el Hijo del hombre, el que cumple la voluntad de Dios. Jesús siempre está generando contrastes, es desconcertante y se sale, con plena libertad, cuando de hacer el bien se trata, de todo esquema religioso que paralice al hombre. El que era ciego acaba viendo muchos más, descubre a Jesús como Hijo de Dios, como Dios. Y el adora. Los que ven, por el contrario, toman la decisión de no creer y se van quedando ciegos. La propia cerrazón los mata.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd