Domingo, diciembre 11, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 26 DE 2015.

Que Jesús no pase de largo, invítalo a tu casa.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo, mi saludo cordial y cargado de bendiciones para este fin de semana en el que nos disponemos, espero de corazón, a celebrar la semana santa.
 
Poco a poco va terminando la Cuaresma y el próximo domingo, que es Ramos, nos pondremos todos de frente a una realidad que viven muchos cristianos o mejor, que vivimos muchos: la de no saber qué queremos, ni qué esperamos de Dios. Esa incertidumbre es la que hace que en momentos aclamemos a Jesús como rey y como salvador y que en otros momentos queramos para Él lo peor o no queremos saber nada.
 
En muchas personas es fácil encontrar esta expresión “ese Dios que no me complace no me sirve” y algunas personas andan desesperadas cambiando de religión, buscando al dios que le complazca y escuchando ofertas que solo juegan con la propia necesidad de las personas y que se disfrazan de religión. Hay tantas propuestas religiosas que no me sorprende que la gente vaya de aquí para allá aclamando un tiempo a Jesús y después perdiendo la fe. La gente quería que el Salvador llegara y llegó en Jesús pero su estilo de salvar, delicado y sutil, como todo lo de Dios, no era de la complacencia de la mayoría y tomaron la decisión de querer eliminarlo.
 
Seguramente si Jesús no hubiese predicado a un Padre, amoroso, cercano y misericordioso la gente, con temor y con miedo, lo hubiera escuchando con gusto. Pero las cosas no fueron así. La propuesta fue del amor. Amemos a Dios, amémonos a nosotros mismos y amemos a los demás pero con misericordia y con paciencia. “Este profeta, este salvador no puede entretener al pueblo y es mejor acabarlo” fue lo que pensaron muchos líderes religiosos de su tiempo.  Triste reconocer que a mucha gente le hace falta un dictador, un tirano, un opresor o tal vez un policía, un vigilante, para sentirse seguro y para caminar por la calle o vereda que debe caminar. Pero Dios no lo es ni lo será y cada uno tendrá que aprender a discernir lo bueno y lo malo y cuando se equivoque está invitado a pedir perdón, a volver al camino y a comenzar de nuevo.
 
Si esperas de Jesús que te reconcilie con el Padre, que te llene de posibilidades, que te alimente con su Palabra y que te regale la fuerza que necesitas para transformar a los demás, una vez transformado tú mismo, en amor. Entonces entiendes lo que Dios quiere.

Si anhelas que Jesús se quede en tu corazón para siempre, que llegue a tu casa y ahí se hospede, que sea el pan que da vida eterna y el agua que sacia la sed de eternidad, entonces has entendido a qué vino Jesús.
 
Si escuchando su Palabra has tomado la decisión de ser amoroso, justo, servicial; has tomado la decisión de amar y de perdonar y de vivir en paz siendo humilde y limpio de corazón, trabajando por la paz en el mundo, entonces Jesús vive en tu corazón.
 
Este domingo de Ramos aclama al Señor y grita bien fuerte “hosanna”, sálvame que para eso has venido. No permitas que pase de largo al lugar de la condena sino invítalo a tu casa, a tu corazón, lugar del amor.
 
Así como Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén sabiendo lo que le podría pasar, pero convencido que valdría la pena amar y ser fiel hasta el final a pesar de los miedos o de las dudas, nosotros también deberíamos tomar la decisión de acoger a Jesús como el Rey de nuestra vida. Tener la certeza en quién ponemos la esperanza es lo que nos motiva a luchar así todo perezca adverso.
 
Con mi bendición:
 
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd