Domingo, diciembre 04, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: MARZO 20 DE 2104

Dios se ha hecho agua viva para los que pensaban que la vida eran estas horas

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor, que se sigue acercando a nosotros para hacernos caer en cuenta que nuestra “sed” puede ser saciada abriendo el corazón a la experiencia de Dios. (Jn 4, 5-42)

Jesús en la misión de anunciar el año de gracia, en la tarea de predicar el Evangelio, de sanar, de reconciliar de ayudar; experimenta también el cansancio del camino, el hambre y la sed. Jesús ha asumido en todo nuestra condición humana y en nada pierde si condición divina. Se abajó para caminar con nosotros y para, desde nosotros, colmar el mundo de las bendiciones del Padre.

El domingo veremos a Jesús, que en su largo caminar por las ciudades anunciando el Evangelio, se encuentra con la samaritana. Una mujer con sed de amor, con sed de Dios. Y Dios que le conoce le ofrece Él mismo calmar la sed con un agua que dura hasta la vida eterna. Agua que es Jesús y que sacia y que hace del interior una fuente de gozo y de plenitud.

En Jesús no hay rivalidades, para Jesús el Padre Dios no puede ser motivo de divisiones ni de odio. Y es que Jesús conoce al Padre que está dispuesto a darse y a ser manantial de agua vida hasta la eternidad. Quien recibe a Jesús recibe al Padre que junto con el Espíritu Santo viene y hace morada en el corazón de las personas. Dios se ofrece, Dios nos sacia. Dios se hace objeto de adoración cada vez que se empequeñece y se hace agua y fuego y camino y verdad y vida.

Jesús nos da el agua viva, agua que calma la sed eternamente. El agua con la que Jesús sacia nuestra sed se convierte en un manantial de vida. Agua que al beberla nos enriquece de tal manera que nos hace capaces de dar, nosotros también, la vida eterna. Eso es dar de beber de esta misma agua

Jesús conoce al Padre que es “adorado”. Al Padre que trasciende todo templo, toda cultura y religión pero que en todas existe, porque donde hay un ser un humano con un aire, con un algo, de trascendencia, Dios se hace presente y el hombre quiere eternizarlo como presencia que da paz y fuerzas para luchar. Dios sigue dando sentido a la vida y llenando de esperanza el dolor, la injusticia y la muerte y de amor el pecado. Los verdaderos adoradores adoran a Dios en Espíritu y verdad, con la vida, con todo el ser. Dios está en todos y donde hay un ser humano allí debería estar Dios. Por eso en nosotros está crear espacios divinos, de vida, de esperanza y de fe o, por el contrario, queriendo vivir sin Dios, crear espacios de muerte y de pecado.

Dios que desde siempre ha sido adorado, que se ha manifestado de muchas maneras, que ha elegido personas para llevar un proyecto de paz y de justicia en el mundo. Dios del que muchas personas y religiones se han querido “apoderar” ahora se nos ha manifestado en su Hijo, se ha revelado a la humanidad, se ha hecho hombre y Mesías y liberador. Así él mismo se ha hecho una buena noticia para todos los excluidos de la salvación, de lo cultual. Se ha hecho agua viva para dar vida eterna a los que pensaban que la vida no era más que estas horas llenas de días. Se ha hecho pan y comida para los que tenían más que hambre. Jesús se le revela a la mujer, a la Samaritana: Es el Mesías, el que tenía que llegar.

Este encuentro con Jesús genera en la mujer la necesidad del anuncio: anuncia, invita a que todos conozcan a Jesús. Le habla a los suyos, a los que la conocen. Ella misma rompe sus miedos, sus vergüenzas y abiertamente dice que ha conocido a quien le conoce.

Jesús aprovecha toda ocasión para dar a conocer al Padre. Muchos creyeron en Jesús al escuchar su palabra.

Pidamos al Señor que nos sacie siempre con el agua viva.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd