Domingo, diciembre 04, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: JUNIO 26 DE 2014.

“Cuando todos me abandonaron el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas”

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo.

Nosotros el domingo estaremos celebrando la solemnidad de san Pedro y san Pablo, apóstoles (en cuanto enviados y testigos de la resurrección, de la presencia del resucitado) pero sobre todo discípulos del Señor (seguidores, que escuchando la Palabra de Dios, se dejaron seducir de tal manera de la misma que dejándolo todo siguieron a Jesús. Escucharon la Palabra y la pusieron por obra)

No fue fácil para Jesús anunciar el Evangelio, mostrar el rostro de Dios, hablar del Padre, de la salvación para todos, del perdón de los pecados. Tampoco llamarse Hijo de Dios y presentarse como tal ante sus conocidos. Pero tampoco lo fue para los discípulos, para los que creyeron en él, para aquellos que al principio pudieron no haber entendido el proyecto del reino pero que al final dieron la vida por el reino mismo. No fue fácil para los que anunciaron sin temor en grandes y pequeñas ciudades, que transformaron y adaptaron las normas, para hacer de Cristo el sacramento del Padre.

Los discípulos también soñaron con que el proyecto de Jesús transformaría la manera de creer, de relacionarse con Dios y de vivir y por este proyecto, por el reino, por Jesús, dieron la propia vida. Todo estaba fundado en la permanencia en Jesús, en la fidelidad al amigo y en la esperanza de la resurrección.

Jesús pide a sus discípulos, antes de morir, que oren por él. Ahora la comunidad ora por Pedro. Todos van comprendiendo que la obra del Señor Él mismo la lleva adelante. Estamos en sus manos y Él sabe bien de los momentos oportunos. Oramos no para librarnos de la muerte o del sufrimiento sino para llenarnos de fuerza, librarnos de los temores, tener luces para las decisiones y mantenernos firmes en la esperanza para que perseveremos en la fe.

El Señor nos hace seguir, seguirlo. El Señor va desatando las ataduras que nos impiden movernos, va abriendo las prisiones que nos paralizan. Hace que nos levantemos y que lleguemos hasta el final porque también en el fin, en el final Él se encuentra como el principio de la vida y de la eternidad.

Esta certeza Pablo la expresó de la siguiente manera: “Cuando todos me abandonaron, el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara claramente el mensaje de salvación y lo oyeran todos los paganos. Y fui librado de las fauces del león. El Señor me seguirá librando de todos los peligros y me llevará sano y salvo a su Reino celestial” (Tm. 4, 17-18)

Después de la resurrección a todos quedó claro en quien habían puesto la esperanza. Sabían que podían esperar con confianza. Estaban ya seguros del amor del Padre.

Valía la pena luchar por un mundo nuevo, sin rivalidades, lleno de seres humanos compasivos, amorosos.

Pablo sabe que va llegando al final pero siente la satisfacción del deber cumplido. Ha perseverado en la fe cosa difícil en los momentos de adversidad y de persecución. A los discípulos como a Pablo los acompaña y lo sostiene la esperanza, la gloria eterna.

Cuando Jesús es para cada uno. Cuando nos convencemos que él es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, entonces nos viene la gracia de ser fundamento y pilar para los que llegan a Jesús y se nos concede el privilegio de reconciliar a todos en Cristo. Pedro y Pablo sean maestros en el seguimiento y sobre todo en el compromiso del anuncio del Evangelio.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd