Sábado, diciembre 10, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: JUNIO 11 DE 2015.

Solo el amor hace posible el cambio, que la cosecha sea abundante.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien para el fin de semana que se aproxima pero también mi deseo, de corazón, que desde la Palabra de Dios crezcamos en tolerancia, en paciencia, en bondad y que no perdamos la esperanza en un mundo que desde nosotros puede ser diferente.

Nosotros ponemos lo que tenemos como terreno, Dios siempre en cada uno desde el amor que nos tiene y la cosecha, nuestra vida nueva, será la hará que posible la experiencia de Dios en el mundo.

He conocido a mucha gente que toma iniciativas para el bien, que sueñan con grandes proyectos a través de los cuales podrían ayudar a muchas personas. Gente que ha invertido capitales, que ha hecho esfuerzos de tiempo, en obras que son para el bien de la humanidad pero que al pasar de los días se han resignado a perder, se han desencantado de la manera cómo las personas han recibido los beneficios. No han perseverado porque de inmediato no hay frutos. En el texto del evangelio que nos encontraremos el domingo (Mc. 4, 26-34) se nos invita a la confianza, a la paciencia y a fiarnos de Dios. “Abandonarnos” con la certeza que las cosas tienen su ritmo y su proceso. Que Dios nos ayuda y que Él hace la obra calladamente, esto hará también de nosotros seres humanos sabios y sobre todo sensatos.

Con las cosas de Dios sucede, generalmente, que cada que nos acercamos a Él, lo hacemos cargados de necesidades y todas “urgentes e importantes”. Realidades que a nuestro entender no dan espera. Siempre esperamos el momento de la angustia para clamar a Dios y así poderlo, en muchos casos, hacer responsable de cualquier “desgracia” o dolor que tengamos.

El Señor también tiene sus planes, sus proyectos para el mundo, para cada uno de nosotros, hay mucha urgencia, hay cosas importantes que Él también quiere resolver, pero ¿quién presta su tierra?, todos quieren la cosecha, pero ¿quién se convierte a Dios?, todos quieren la paz pero ¿quién se compromete? La semilla está sembrada, nosotros somos el terreno, pero el proceso de convicción, de conversión, de apertura, el que depende de nosotros, está lento. Lo hacemos lento.

Es con el tiempo que las cosas de Dios, las del Reino, se hacen palpables, tangibles. Hasta que la palabra no cale lo más profundo del ser, empape la tierra que somos nosotros y se genere todo un proceso de conversión que implica el cambio no solamente de comportamientos sino también de mente, no veremos los frutos. Estamos muy acostumbrados a los demás, a que sean los otros los que cambien, pero en la dinámica del Reino de Dios soy yo quien cambiando ayudo a cambiar en cuanto no devuelvo mal por mal o insulto por insulto; en cuanto soy paciente y tolerante; comprensivo y generoso. Es del amor de Dios del que se llena el corazón y éste es el que hace posible el cambio; con mis actitudes y con mi manera de comprender la vida, la persona y el mundo, haré posible que toda experiencia de Dios se haga creíble y por tanto contagiosa.

Los resultados toman su tiempo,  no nos cansemos. No podemos perder la esperanza de una humanidad nueva y menos porque los frutos del esfuerzo que hacemos de bien no llegan. Debemos tener la esperanza en nosotros y también en que cada uno, a la medida de sus posibilidades, irá entrando en la dinámica de la salvación. Lo nuestro por ahora es dar, perseverar y esperar con fe, con alegría, que la cosecha sea abundante.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd