Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: JULIO 31 DE 2014

El amor es compasivo

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Bendiciones para el fin de semana y que en el nuevo mes que comenzaremos sintamos la protección amorosa de Dios que sale al encuentro de nuestras necesidades. Dios que se compadece, se hace uno con nosotros y nos invita a compartir nos dé la fuerza que necesitamos para perseverar siempre en el compartir generoso de la vida.

En el texto del Evangelio que encontraremos el domingo (Mt. 14, 13-21) nos encontraremos con Jesús que busca un espacio de soledad.

Seguramente Jesús, más que nunca, necesitaba estar solo, aparte de la gente. Había muerto Juan Bautista; habían decapitado a quien le había preparado el camino, con quien inicia su ministerio o vida pública y que lo había presentado como el Cordero de Dios.

El corazón le reclamaba como a nosotros, cuando la tristeza nos embarga, un momento de soledad y de silencio. Parar un poco. Quería orar. Juan había muerto por la necedad de un pecado, por la obsesión del mal, por no haber callado la verdad. En ese mismo camino estaba Jesús. Ya sabía de enemigos, de críticas, de burlas. Jesús necesitaba un tiempo, un lugar, un espacio para pensar.

Pero la gente llega, la gente también siente vacío el corazón, también está ansiosa de Palabra, de Dios, de paz en la vida. La gente enferma le sigue, le siguen los tristes, lo pecadores, los que tienen hambre y pasan necesidades. Jesús quería un poco de paz y soledad; la gente quería paz y sentirse amados. El uno busca a Dios su Padre, la gente busca a Jesús para muchos un gran ser, un profeta, un hombre que sana y cura y da paz. Para otros el Mesías.

Y Jesús que está también sintiendo lo que la gente siente, se compadece. Sabe lo importante que es sentirse escuchado y acogido. Compadecerse le hace a uno olvidar el amor propio para hacerse uno con la otra persona. Es tomar sobre los hombros, meterse al corazón la necesidad del otro y hacerla propia. El que se compadece actúa con libertad y solo piensa en dar, en darse. Jesús es compasivo, lo tiene por esencia porque el amor es compasivo. El Padre por compasión se metió en nuestra historia y en nuestra vida por medio de su Hijo. Jesús se hace carne, vida, muerte, resurrección, historia y presencia porque se dejó llevar por el amor. Ese amor que asume por y con compasión nuestro sufrimiento.

Pero hay otra realidad, la de aquellos que como los discípulos, no se compadecen y quieren desentenderse de la realidad. Para ellos tanta gente con problemas es un problema; además es tarde, no hay comida, por eso, para ellos lo mejor es que se vayan.

Tenemos o encontramos razones para desentendernos de la necesidad de los demás. “Son muchos, es tarde, tenemos poco, no se puede, no me alcanza, no soy capaz…” son frases que usamos en ese desentendernos de las necesidades del otro.

Pero Jesús quiere ayudar, quiere alimentar a la gente, no quiere que se vayan sin nada. Pero de nuestra parte hay que poner los panes y los peces que tenemos.

Los milagros suceden cuando estamos dispuestos a darnos, a compartir. Cuando ponemos lo poco o lo mucho al servicio, en las manos de Jesús. Dar de lo que tenemos puede saciar y satisfacer a mucha gente, de lo demás: de recompensar y de multiplicar se encarga Dios.

Que nuestro corazón se haga compasivo en el amor y generoso en la necesidad de los demás. Procuremos no desentendernos de los que sufren y pasan necesidades. En el Reino el ayudar es de todos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd