Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: JULIO 3 DE 2014.

La alegría de sentirse amado.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien y con una invitación muy clara desde el Evangelio: descansen en Jesús. Vayamos a él, dejémonos confortar y consolar con quien sabe que el amor es lo único que llena de sentido todo lo que hacemos.

Aprendamos de él que es manso y humilde de corazón y que nos ama con ese amor que se da, que se llena de ternura y se hace compasivo. Ese amor con el que todos quisiéramos ser amados y con el que todos podemos amar. Ese amor que es de Dios y que ha sido dado como un tesoro que tú vas compartiendo o que estás invitado a compartir. Ese amor que hará sentir libre y lleno de paz a quien es amado.

Desde el Evangelio con el que nos encontraremos el próximo domingo, muchas cosas tendrán que cambiar nuestra religiosidad, la manera de relacionarnos con Dios. Los católicos debemos aprender que lo central es Jesús, que hay que hacer experiencia de él y todo por una sencilla razón: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 26)

No conocemos nada del Padre sino en su Hijo, no sabemos nada del Padre si no lo que el Hijo nos ha revelado. Por eso él mismo se define como verdad, como vida, como camino. Jesús es el punto de encuentro. En él vemos al Padre, en él escuchamos al Padre y en él nos sentimos amados y salvos por iniciativa del Padre.

En Jesús lo divino y lo humano se funden para que lo humano viva su plenitud y lo divino se goce con todas las cosas maravillosas del ser humano. Nos tenemos que acercar a Jesús, conocer más a Jesús, permitir que él llene nuestro corazón. Recordemos que de Jesús es la iniciativa. Él ha sido el que nos ha elegido; él ha salido a buscarnos y ha recorrido nuestras ciudades. Él mismo ha dicho que el que guarde sus palabras y cumpla sus mandatos él vendrá y lo habitará junto con su Padre y el Espíritu. Lo hará morada “trinitaria”.

A Jesús hay que darle la vida y eso equivale a darle vida a la vida, humanizar la divinidad que llevamos esencialmente por ser de Dios, creaturas suyas. Darle la vida a Jesús significa hacer de esta tierra algo más que un suelo, es llenarla de esperanzas y de plenitud.

Retos grandes nos trae la palabra y que implican fe: - Convencerse que la verdad es Jesús, que no hay necesidad de ir en busca de otros dioses, ni de adivinos, ni de hechiceros o de magos para querer encontrar lo que Jesús te ofrece. - Que en nuestros cansancios él está para confortarnos; - que en nuestros agobios él está para iluminarnos y fortalecernos; - que cuando ya no podamos más él nos cambiará el peso de las tribulaciones. Y además… sabemos que nos ama. Que ha venido a que tengamos vida y en abundancia; que el Padre no permitirá que nos perdamos. Que él es la resurrección y la vida.

Vayamos a Jesús, aprendamos de él que es manso y humilde de corazón. La mansedumbre y la humildad nos darán descanso, nos permitirán ser felices y no estar calculando el mal ni pensando en la venganza. En la humildad y en la sencillez siempre encontraremos razones para ayudar, para perdonar, para no guardar rencores. El humilde y el manso generan paz y son dueños de la tierra, les pertenece el cielo por esencia y son mirados siempre con amor y además se les tiene en cuenta para cualquier proyecto de bien que nace del corazón y sobre todo del corazón de Dios.

El yugo de Jesús es el amor, enamorarnos de tal manera de la vida, de cada uno, de los demás, que seamos capaces siempre y en todo momento de hacer las cosas solo pensando en el bien y en la alegría que experimenta quien se siente amado.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd