Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: FEBRERO 12 DE 2015.

Dejemos de pensar y de creer que Dios es la causa de la tragedia y del dolor y de la enfermedad.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Mi saludo, en esta oportunidad, quiere ser una invitación a que nos acerquemos a Jesús sin miedos, llenos de confianza, aunque estemos sintiendo que muchas cosas de la vida nos están sucediendo por su causa. “esas cosas de Dios” que nos enseñaron y acabaron desenamorándonos de Él.

Muchas cosas hacen que pensemos en Dios como el responsable de las tragedias y desgracias: la enfermedad, el destino, la familia y sus tradiciones religiosas.

Ese Dios que nos enseñaron los antepasados y que poco enamoraba y mucho temor, pánico y miedo generaba. Dios vengador, escritor de un libro inmisericorde lleno de pecados de cada uno y que nos vigilaba de tal manera que nada nos podría salvar de su castigo bien en esta vida y en la “otra”, la eterna.

Pero en el Evangelio que nos encontraremos el domingo (Mc. 1, 40-45) y leído desde el corazón, desde el amor, siento que se limpia el nombre de Dios y su culpabilidad.

Todo nace de un gesto, primero, de amor de Dios que se ha encarnado y ha venido a estar con nosotros y por lo tanto pasa por nuestras vidas, ciudades, experiencias y luego se complementa con un acto de humildad de una persona que se acerca a Dios con la certeza de estar en sus manos.

Saber y entender el querer de Dios sobre nosotros hace que nos acerquemos a Él con confianza o desconfianza. Desde lo primero siempre se obrarán milagros desde lo segundo o desconfianza estaremos permitiendo que Dios pase de largo. Porque hay fe hay milagros. La fe es la que va haciendo posible, en el encuentro con Jesús, que nuestra vida sea nueva.

Acercarse a Jesús con humildad y con la confianza cierta que él puede sanarnos, restituir nuestra humanidad; hacernos dignos ante Dios y ante la sociedad, es el reto que la fe nos impone. Jesús ha venido a curarnos, a sanarnos, a quitarnos todo aquello que nos ata, que nos impide vivir en paz y con libertad. De todo aquello, que como la lepra, nos aleja de una experiencia de comunidad, de cercanía y de presencia.

Jesús se compadece de nuestra debilidad, de nuestra enfermedad, de nuestro pecado.

Jesús siempre querrá nuestro bien; es su proyecto y no solo a nivel social en un Reino fundado y predicado por Él que está cimentado en la justicia y la paz sino también a nivel personal en donde los frutos de un corazón sano y perdonado, de un ser amado y redimido, brinden paz y gozo y hagan posibles unas relaciones fundadas ahora en un amor misericordioso y lleno de ternura.

Para Dios, para el amor de Dios, nada imposibilita una relación personal. Nada imposibilita el tocar y el sanar del Señor. Su toque es delicado y liberador. Pero hay que acercarse, hay que arrodillarse como gesto de humildad. Hay que pedir pero abiertos al querer de Dios. Solo quien puede decirle al Señor en confianza, en fe “si tú quieres”, podrá sentir su toque amoroso y escuchar de corazón ese “Si quiero”. Dejemos de lado la rebeldía con Dios. Dejemos de pensar y de creer que Él es la causa de la tragedia y del dolor y de la enfermedad. Más bien pensemos y creamos que Él es quien nos puede sanar y liberar; creamos que así como Él todo lo puede nosotros también todo lo podemos en Él.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd