Sábado, diciembre 10, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: ENERO 9 DE 2014.

“Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (Papa Francisco. Exhortación Evangelii Gaudium No 114)

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo, mi saludo con los mejores deseos de paz y bien. El próximo domingo terminamos el tiempo de la Navidad y estaremos celebrando la fiesta del Bautismo de Jesús.

El evangelio nos habla que en el bautismo de Jesús se abren los cielos y se escucha una voz, la del Padre, que de nuevo nos presenta a Jesús. Él es el esperado, el Hijo de Dios Nos corresponde a nosotros escucharlo (Mt, 3, 13-17). Ahora el cielo se hace cercano a la tierra; ahora se escucha la voz de Dios. Con el bautismo Jesús es ungido por el Espíritu para la misión. Jesús se encargará de mostrar el querer de Dios sobre la vida y la creación. Y no será con gritos, ni con castigos ni venganzas. Será con el testimonio de la vida, con la fuerza de la palabra. Jesús siendo justo, humilde, fuerte se abandona en obediencia a Dios y se deja conducir por el Espíritu. Donde está Jesús hay paz, libertad, sanación.

En el bautismo nosotros también hemos recibido el Espíritu de Dios y hemos nacido en fe a una vida nueva, aquella del Espíritu y estamos siendo invitados a dar testimonio con la vida misma de lo que significa ser un elegido de Dios. Fermento de Dios, presencia de Dios.

Desde el bautismo el Padre Dios se complace en cada uno y el cielo sigue abierto; cada uno de nosotros debe tener la firme convicción que el bautismo es el comienzo de una vida en la que conscientemente se vive inmerso en la aventura del amor de Dios que quiere conducirnos, por su Espíritu, a ser testigos de una vida nueva y de un cielo que son posibles. Ungidos por Dios para sanar, para perdonar, para liberar, para dar vista y para iluminar. Hemos sido bautizados con fuego de amor que ha transformado el pecado en gracia, la oscuridad en luz. Hemos sido bautizados en Espíritu Santo para ser fuertes y capaces del bien y de la bondad que parecen imposibles.

Le pido a Dios que como Juan Bautista sintamos la necesidad de ser bautizados por Jesús y que como Jesús sintamos la necesidad de hacer lo que Dios quiere. Solidaridad, sencillez, entrega pero sobre todo que nos amemos los unos a los otros.

El bautismo nos hará testigos, discípulos. Con el testimonio de vida nosotros podemos dar alegría y paz a muchas personas. Podemos incluso hacer que vuelvan a Dios y que también se unan al proyecto de hacer lo que Dios pide. Hagamos experiencia del amor que nos salva pero sobre todo que esta experiencia marque de tal manera nuestra vida que el amor llene y contagie a los demás. Un mundo construido desde el amor de Dios se llena de futuro, de esperanza, de compromiso.

Y como escribe el papa Francisco en su exhortación apostólica: “En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hc. 9,20). ¿A qué esperamos nosotros? (Evangelii Gaudium. No 121)

Fraternalmente:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd